Para disfrutarlos

La sirena de San Marcos

A la memoria de Hernando Rivera

Humanista, maestro y pescador

Los dos carros llegaron hasta el final de la carretera y fueron parqueados debajo de los frondosos árboles para protegerlos del calor infernal de ese día de marzo en que por primera vez viajaba a esta alejada aldea a cumplir con mis obligaciones de funcionario del departamento de recursos naturales. Me acompañaban cinco subalternos que se encontraban tan emocionados como yo de visitar la selva tropical del pacifico colombiano. La verdad es que no estábamos muy lejos de la civilización, pues Buenaventura quedaba sólo a dos horas de distancia, sin embargo nos sentíamos a miles de kilómetros de la civilización. Una vegetación tupida con todos los tonos de verdes y amarillos, el canto de las chicharras, las ranas  y los pájaros era algo incomparable y hermoso y en las cercanías el rumor de las aguas del río que corrían suavemente hacia su destino final, el mar.

Después de unos minutos de espera, apareció Rafael nuestro guía, y pasados los saludos del caso, nos echamos las mochilas a la espalda, nos subimos a la canoa e iniciamos nuestro recorrido de cinco kilómetros viajando rio arriba hacia San Marcos que era la aldea a la que nos dirigíamos.

Perdonen ustedes, pero no me he presentado. Soy Emiliano Moreno, ingeniero de minas de profesión y en este caso particular, les estoy narrando las hechos que ocurrieron en esta región cuando fuimos a estudiar la posibilidad de explotar comercialmente oro en el río Munguidó, gracias al descubrimiento casual de una rica veta de oro por uno de los habitantes de esta aldea. Era nuestra labor la de recomendar la mejor manera para que los habitantes de San Marcos se beneficiaran económicamente de esta inesperada riqueza que les cambiaría su forma de vida radicalmente, pues hasta el momento ellos dependían de la tala de los bosques, vendiendo la madera a compañías papeleras y vivían felices sin afanes ni preocupaciones como lo habían hecho sus antecesores desde los tiempos de la esclavitud, cuando fugándose de las haciendas y de las minas, buscando la libertad, vinieron a vivir a estas selvas que les recordaban sus paraísos africanos y como ellos, los habitantes de hoy en día, viven de la abundante pesca de los rios y quebradas, los cultivos de plátanos, yuca y frutas, especialmente el chontaduro, que en la época de cosecha vendían a los comerciantes que los llevaban a las ciudades. Dicen las malas lenguas que debido a la fama de esta última fruta de ser un  afrodisiaco, la población de la aldea aumentaba en un buen número de negritos nueve meses después de la cosecha.

Al salir de un recodo del río divisamos la aldea, un buen número de casas de bahareque unas con techos de láminas de zinc oxidadas por el tiempo y otras con techo de palmas típicas de los sitios donde viven las comunidades negras de la costa del pacifico, gente buena y alegre que ha desarrollado una cultura muy particular, especialmente en el folclor que lo vive, lo canta y lo baila con el alma, el cuerpo y el espíritu. En el playón del río, un buen número de personas nos esperaban, entre ellas Emilio Buitrago el inspector de policía que había sido la persona que solicitó nuestros servicios y Jesús María Ocoró, el baqueano que descubrió la veta de oro en la quebrada Valenzuela.

En las horas de la tarde recorrimos todos los ranchos y conocimos la mayoría de los habitantes, todos ellos muy simpáticos, alegres, dicharacheros, en fin con una alegría contagiosa que nos hizo sentir en casa. Cuando el sol empezaba a ocultarse, varias personas organizaron unos fogones en la playa y nos regalaron una deliciosa comida de pescado frito con arroz, fríjoles, plátanos y yuca. La noche llega temprana en la  selva y de pronto desde una de las casa salió un grupo de músicos  seguida de un grupo de bailarines y hasta muy tarde en la noche presenciamos el más extraordinario desfile musical al son de currulaos, la juga, el berejú y el patacoré, ritmos que esta gente lleva en lo más profundo de sus almas contándonos las tradiciones que se han venido transmitiendo de generación en generación desde los tiempos de la esclavitud. La música de la marimba y los tambores creaban un ambiente mágico acentuado por las fogatas que iluminaban a los bailarines en esa danza sensual y cadenciosa donde los cuerpos se acercan y se alejan incitando e invitando al amor en un juego en el cual el hombre propone y la mujer dispone. Habían cuatro parejas jóvenes bailando y una de las chicas se distinguía por su hermosura. Su piel de ébano, su rostro hermoso, su sonrisa, su porte y el movimiento de sus brazos, sus caderas y pies llevando con absoluta perfección el ritmo del baile y un algo en toda ella que no se puede describir ya que simplemente lo único que un ser humano desearía hacer al encontrársela, sería morir de felicidad haciéndole al amor.      

Con disimulo le pregunté al inspector por ella y me dijo que llamaba Josefa y era la chica más popular de la aldea y por consiguiente la más pretendida. Que su belleza era conocida por todos los negros de la región que querían llevársela para sus ranchos, pero la muy condenada solo tenía ojos para su novio Ramiro, que era el apuesto y musculoso negro que estaba bailando con ella. Bien tarde en la noche terminó la fiesta y en la playa solo quedaron tres o cuatro personas durmiendo la borrachera.

Al día siguiente, a eso de las nueve cargamos las canoas con todo lo necesario y los bogas iniciaron la marcha río arriba hacia la quebrada donde estaba la veta de oro. Alegres cánticos salían de las gargantas de los negros llevando el ritmo de la música con los remos. 

“Cuando dos se están queriendo... oí... ve...
y no se alcanzan a hablar... oí... ve...
por el ojo de una aguja... oí... ve...
se mandan a saludar... oí... ve...”

En medio de la alegría de todo el grupo y los cantos, contemplamos un paisaje de fantasía, aguas puras transparentes en charcos de engañosa profundidad ya que el fondo parece que se pudiese tocar  con la mano y en realidad es de cuatro o cinco metros de profundidad. De vez en cuando podíamos ver pescados enormes pasar a toda velocidad.

Unos minutos más tarde, llegamos al primer raudal, que los negros llaman “Chorros”, son sitios donde se hace más fuerte la pendiente y el río adquiere gran velocidad golpeando las rocas y el fondo, el agua da a las rodillas y es necesario bajarse y empujas las canoas río arriba en medio del ruido ensordecedor de la corriente. De esta manera alternándose los charcos y los chorros, después de cuatro horas llegamos a la quebrada. Los bogas limpiaron con sus machetes el sitio escogido para campar y en el término de dos horas armaron el campamente donde estaremos por una semana diseñando y organizando la mejor manera de explotar el oro aluvial.

Jesús María nos llevo al sitio donde descubrió la veta de oro. Mientras caminábamos vadeando la quebrada, nos contó como al estar cortando madera, una noche mientras dormía cayó una fuerte tormenta y la quebrada se creció llevándose varios árboles de la orilla. Al otro día mientras pasaba por uno de los árboles caídos vio la roca con la veta de oro y en el fondo una pepita de oro unos tres centímetros de tamaño. Olvidándose de la madera, pasó el resto de la semana buscando y recogiendo pepitas que pesaron 6 gramos de oro puro que le dieron unos cuantos miles de pesos. Con la inocencia propia de quienes viven en estas selvas, compartió su hallazgo con los compañeros de la aldea y en unos cuantos días lograron cambiar completamente sus condiciones de vida. Fue el inspector de policía, un hombre honrado y cauteloso quien les recomendó asesorarse del gobierno para legalizar la situación y lograr explotar adecuadamente la riqueza aurífera de la quebrada. Esta es la razón por la cual viajé a este sitio con personas de mi absoluta confianza para establecer el más conveniente sistema de explotación  del oro.

En el transcurso de la semana recorrimos el área y determinamos los sitios donde se abrirían los canales para lavar el oro, recomendamos el sistema del bateo como el más apropiado que aunque se hace a base del lavado manual, no contamina como es el caso de sistemas mecánicos de separación y el uso de cianuro y mercurio que son altamente contaminantes y peligrosos para la salud.

En las horas de la tarde de cada día, disfrutábamos de la pesca, nos reuníamos a comer y terminábamos con una alegre velada donde los negros nos deleitaban con su buen humor, sus historias y canciones que han pasado de generación en generación. Una vez definida la manera de desarrollar la minería regresamos a San Marcos y luego a nuestras oficinas dando por terminada nuestra labor en la costa del pacífico y con la creencia de que todo iba a funcionar bien.       

Cinco años más tarde tuve la oportunidad de regresar a San Marcos en un viaje de pesca y me encontré un panorama desolador: La fiebre del oro al igual que en Norteamérica trajo gente extraña al poblado, gente cuya ambición superaba la hermandad imperante en ese villorrio, gente cuyo objetivo era enriquecerse rápidamente, atropellando las costumbres e idiosincrasia de los nativos de San Marcos. Aparecieron las casas de lenocinio en las cuales los hombres dejaban el fruto de estar toda una semana con el agua a la cintura moviendo una batea en busca de unos brillantes pedacitos de polvo de oro, hombres y mujeres que tumbaban parte de la ribera del río en busca del precioso pero dañino metal. Dañino por que las peleas estaban a la orden de día, terminaban con la mutilación de alguno de los miembros de uno o varios contendientes e incluso con difuntos que dejaban huérfanos  familias con numerosa prole. Aparecieron los paisas comerciantes como ellos solos, que fiaban a los mineros las provisiones de la semana para luego cobrar con gramos de oro lo fiado con balanzas arregladas a favor suyo.

Muchas parejas se dejaron  influenciar por el brillo del oro, y así, cada día San Marcos se descomponía más socialmente y todos estaban preocupados hasta el punto de que tanto los sacerdotes como los pastores que visitaban el caserío, hacían sus mejores esfuerzos con los feligreses para que regresaran a la paz y temor de Dios que en otra hora imperaba en el villorrio. Tanto invocando el amor mutuo como con el temor del más allá, el infierno y Satanás se oían las prédicas de los representantes del Supremo para que los nativos y extraños cambiaran su ligereza en la vida. Incluso Camila que era una negra que tenía fama de bruja sentenció “si este pueblo no se compone vendrá una avalancha y se lo llevará, pero además aparecerán monstruos que cobrarán ese desordenado vivir a todos”

Tuve la suerte de encontrar a Emilio Buitrago, que todavía ejercía las funciones de inspector de policía contándome como todo había cambiado por la ambición, causando un terrible daño ecológico con el uso de técnicas no recomendadas, tales como ácidos y mercurio que habían degradado el río de tal manera que el pescado había desaparecido  y me contó la triste historia de Ramiro y su novia, la hermosa y sensual negrita Josefa, que un buen día le dio la buena noticia de que estaba embarazada. Con el transcurso de los días, la exuberancia y sensualidad de Josefa dio paso a las bellas formas de una futura madre, su lujurioso caminar se volvió cansino, pero en sus ojos brillaba la felicidad y  sus perfectos y blancos dientes seguían  riendo con gracia sin par.

Llegado el día, las parteras del poblado se alistaron y a los primeros dolores de Josefa, estuvieron prestas a auxiliarla. Negros, paisas y todo tipo de gente estaba pendiente del parto de Josefa. Dentro del rancho, Josefa seguía las indicaciones de las comadronas y cuando ocurrió el nacimiento, un grito desgarrador rompió el silencio, Ramiro y las parteras no podían  creer lo que veían, una hermosa criatura con la belleza de su madre, pero con los pies unidos semejando una sirena.

Cada uno cobró su predicción, la bruja Camila reclamó para sí la predicción de que nacerían monstruos, el sacerdote católico, el pastor protestante argumentaban que era castigo del Supremo, mientras el rio moría por los altos contenidos de mercurio que tenía.

El inspector terminó la historia, diciéndome que la sirena de San Marcos, había muerto a los cinco días de nacida y Ramiro y Josefa se habían marchado del pueblo rio arriba a buscar el hogar de sus ancestros en las profundidades de la selva del pacífico colombiano.

 

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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