Para disfrutarlos

Cuento de pescadores

Se conocieron en el baile de cumpleaños de Domitila. Carmen era atractiva, bien parecida y un cuerpo con suaves redondeces que invitaban de inmediato al coqueteo.

 

Sonaba un vallenato y la invitó a bailar. Además de ser bonita resultó ser una gran pareja, llevaban con sus pasos el ritmo lento y cadencioso de los buenos bailarines y poco a poco sus cuerpos fueron acercándose, uniéndose en un  acople perfecto de música y baile.

 

Carmen se sintió bien, su pareja era atractiva, varonil, irradiaba una simpatía arrolladora y se veía seguro, confiado y optimista. Se llamaba Carlos y hacía poco había terminado sus estudios de ingeniería. Había venido al pueblo a pasar vacaciones con su familia.

 

Sonó una salsa y una vez más se entendieron a la perfección en los intricados pasos de este baile. Sus cuerpos empezaron a tener un contacto más estrecho y de una manera espontánea se entregaban al placer de bailar como si fueran los únicos en el salón, moviéndose al son de la música con rápidos y diestros movimientos de sus cuerpos que podían hacer creer que habían ensayado previamente.

 

Desde la puerta de la sala, Joaquín miraba a las parejas bailar y seguía con recelo los movimientos de Carlos y Carmen quienes, disfrutando inmensamente de la música, conversaban animadamente y reían. Tenía que contentarse con ver bailar ya que las muchachas del pueblo lo evitaban por ser un pésimo bailarín. Estaba enamorado de Carmen y se sentía incómodo de verla tan dichosa bailando con el forastero.

 

Al terminar la pieza musical, Carmen se sentó y él buscó otra pareja. Joaquín se dirigió a ella y le pidió que bailaran a lo cual se negó, diciéndole que estaba cansada. Se sintió rechazado y le dijo:

 

Parece que solo estás disponible para los forasteros.

 

Ella ignoró el comentario y buscó la compañía de sus amigas, dejándolo parado.

 

Con los dientes apretados y el ceño fruncido fue al bar. De mala manera pidió un trago y se lo tomó de un golpe. Con rabia dio un puñetazo en el mostrador y regresó a la sala parándose en la puerta con  una mirada sombría y recelosa.

 

Sonó un bolero y Joaquín se dirigió nuevamente hacia Carmen para invitarla a bailar, sólo para verla alejarse hacia la pista con el forastero. Se sintió haciendo el ridículo y tratando de hacerse invisible, regresó a su puesto y se sentó mordisqueando la rabia que sentía hacia ella y su pareja. Los vio bailar muy despacio, hablando y mirándose a los ojos y moviéndose cadenciosamente a lo largo y ancho de la pista.

 

Él la dirigía en el baile como todo un maestro, en uno de sus movimientos juntó su cuerpo más estrechamente y suavemente la atrajo hacia sí, logrando un contacto más íntimo de sus muslos con el bajo vientre de Carmen. Sintió que ella se estremecía ligeramente y esperó unos segundos por un rechazo a sus avances. Supo que era aceptado ya que solo se sonrojó, le miró a los ojos y en vez de retirar su cuerpo, con la presión de sus brazos y reclinando el rostro en su hombro le indicó que estaba a gusto en esa danza sensual que se había iniciado.

 

Rozó suavemente con los labios su cabello y el cuello y le acarició el rostro de una manera lenta y deliberada. Carmen sintió que se quemaba internamente y se sintió húmeda por dentro. Algo presionaba contra su cuerpo y sentía un deseo inmenso de ser amada hasta la locura. Desde ese momento se olvidaron de todo. Esta danza íntima continuó por un largo rato, y las demás parejas los miraban y comentaban sobre la manera como bailaban.

 

Luisa, una de las amigas de Carmen, le hizo señas con disimulo, para que al terminar el baile fuera donde ella. Cuando terminó se dirigió hacia ella, y ésta tomándola de la mano la llevó a un rincón y le dijo:

 

Parece que estás muy contenta bailando con tu pareja. Mi mamá está furiosa y otras señoras dicen que tú eres una desvergonzada. Ten más cuidado con lo que haces para que no hablen mal de ti. Por otra parte, si no te has fijado, Joaquín está que trina de la rabia y dice que eres la putica del pueblo.

 

No me importa lo que la gente diga. Y en cuanto a Joaquín, yo no tengo ningún compromiso con él. Mil veces le he dicho que nunca podré quererlo, lo siento mucho pero no siento nada por él. Quiero disfrutar el momento. Estoy feliz y nadie tiene por qué meterse en mi vida.

 

Regresó al salón, se dirigió a Carlos y le dijo que quería seguir bailando con él.

 

*   *  *  *  *

Joaquín salió a la calle y se dirigió a su casa. Entró sin hacer ruido y se encerró en su alcoba. Se tiró en la cama y trató inútilmente de dormir. Con los brazos cruzados, detrás de su cabeza, se dedicó a pensar. Sabía que era un perdedor, en el colegio había sido siempre un estudiante mediocre, a duras penas pasaba las materias. Pésimo para el deporte, siempre se había sentido echado a un lado por su falta de destreza, para cualquier juego.

 

A pesar de ser bien parecido, las muchachas del pueblo lo hacían a un lado por aburridor y cansón, además, desde que se había metido en una de esas nuevas iglesias que aparecen por todas partes, se la pasaba hablando de que Jesús era la salvación y había que ser puro y sin pecado para ganar la recompensa eterna. Se había enamorado desde hacía mucho tiempo de Carmen, quien le había dicho con toda franqueza que no lo quería y que no perdiera su tiempo insistiendo.

 

Esto lo hizo un poco insociable, evitaba en lo posible otra gente. Quizás por esta razón, se dedicó a la cacería y a la pesca, que son actividades que requieren muy poca compañía. Con Roberto, a quien conocía desde chico, llevaba una amistad más íntima y era su amigo de aventuras. Vivían en tierra fría y los campos aledaños eran fructíferos en las expediciones de caza y pesca de trucha en las cuales habían logrado convertirse en verdaderos maestros.

Pensó una vez más en Carmen y la vio en su imaginación haciendo el amor con el forastero. “maldita, maldita putica”, dijo para sus adentros. Sin poder dormir, se dedicó a dar vueltas en la cama mientras que por su mente cruzaban ideas de cómo castigarlos. Era casi la madrugada cuando logró conciliar el sueño.

*   *  *  *  *

Al día siguiente, Joaquín, conversando con Roberto le preguntó qué quién era el forastero y éste le dijo que se llamaba Carlos Arango. Acababa de graduarse en sistemas y estaba pasando tres meses de vacaciones con la familia en el pueblo. Habían alquilado la finca “La Leona” en el camino al páramo. Había conversado con él durante la fiesta y era muy simpático y además le gustaba la pesca. Parece que estaba de novio con Carmen pues toda la noche habían bailado muy arrimaditos y muy felices y habían salido juntos cuando terminó el baile. Al oír esto a Joaquín se le revolvieron todos los hígados.

 

¿Juntos, para dónde? -preguntó irritado.

 

Bueno, eso si se lo tienes que preguntar a ellos -le replicó Roberto riéndose.

 

Oye Roberto, por qué no lo invitas a una pesquería en uno o dos días, ahora que estamos de vacaciones podemos llevarlo y ver qué tanto es que sabe el pretencioso ese de la pesca de trucha.

 

 Bueno, hablaré con él y te aviso.

 

Dos días más tarde, Joaquín y Roberto llegaron a la Leona a las seis de la mañana con sus equipos de pesca. Carlos los estaba esperando, se saludaron, tomaron desayuno tempranero y se dirigieron al río que pasaba no muy lejos de la finca.

 

Carlos quedó impresionado. Aguas rápidas, color chocolate, indicio de su origen paramuno. Grandes rocas dando nacimiento a hermosos charcos. La corriente se veía muy fuerte y Carlos supo de inmediato que era perfecto para la pesca de la trucha.

 

Joaquín lo conocía como la palma de su mano. Cada caída de agua, las rocas, las orillas difíciles de caminar por las zarzamoras que exigían vadear el río. Este tenía una sucesión de charcos tranquilos con aguas profundas y frías, que desembocaban en una fuerte caída, una especie de cascada de uno a tres metros de altura de ruido ensordecedor al precipitarse al siguiente charco.

 

La pesca fue todo un éxito y Carlos se destacó con la pesca de la mosca, que era desconocida para Joaquín y Roberto, que utilizaban cucharas metálicas como señuelos. Después de seis horas de caminar río arriba, llegaron a un pozo que se curvaba y alcanzaba unos diez metros de ancho. Joaquín sabía lo difícil que era, debido a la fuerte corriente que empujaba hacia un paredón de rocas todo lo que cogía y lo hundía en unos remolinos que se formaban al final. 

 

Además, la orilla opuesta estaba llena de matas espinosas impenetrables. Terminaba abruptamente saltando por entre las rocas y caía unos dos metros sobre una cama de rocas redondas y resbaladizas. Por otra parte, y sólo él lo sabía, allí estaba la trucha más grande y hermosa y a la vez la más maliciosa y elusiva, a la que había tratado inútilmente de pescar cientos de veces y nunca lo había conseguido.

 

Mejor nos regresamos -dijo Joaquín -aquí no hay nada y el río se hace muy difícil de caminar por las orillas tan resbaladizas y enmontadas.

 

Carlos escudriñó cuidadosamente las aguas con sus lentes polarizados y cuando se aprestaba a creer que efectivamente allí no había nada, descubrió la trucha. Estaba majestuosa debajo de las sombras que producían los arbustos.  Era difícil distinguirla, pero allí estaba, reina absoluta del río. Sólo la ventaja de los lentes polarizados le había permitido descubrirla por el leve movimiento de su aleta caudal.

 

Espérenme un momento -dijo. -Voy a probar por si acaso. Ensayó dos de sus falsos lanzamientos para asegurarse de llegar hasta la trucha.

 

Joaquín pensó para sus adentros: “Este forastero de mierda me quitó a Carmen y ahora me va a quitar mi trucha. Me las va a pagar todas juntas, por Dios bendito que me las va a pagar”.

 

El primer lanzamiento que hizo no tuvo respuesta, se preparó nuevamente y esta vez la mosca se posó suavemente en el agua y él la dejó que se fuera con la corriente hacia la otra orilla donde había visto la trucha. Un borbotón de agua le indicó que había tomado el engaño, esperó un par de segundos y levantó la caña de pescar rápidamente. La línea se tensó y se inició la más sensacional pelea entre el pescador y la trucha. Ella saltaba, se elevaba sobre el agua, corría locamente toda la extensión del agua, volvía a saltar con sus iridiscentes colores lastimando las retinas de Joaquín y Roberto, testigos de esa lucha titánica. Joaquín rezaba mentalmente para que se escapara porque esa era su trucha, no la del forastero. “Dios mío, Dios mío, ayúdame, haz que se ahogue, no dejes que saque mi pescado”.  

 

Carlos se movía ágilmente, recogiendo y soltando línea para no perder la trucha, se metió al agua hasta la cintura para evitar unos arbustos y de pronto, como si Dios escuchara los rezos de Joaquín, se dio cuenta que perdía la firmeza de sus pies, empezaba a resbalarse, trató de caminar hacia atrás buscando algo firme pero el fondo del río se inclinaba agudamente hacia las rocas, una corriente poderosa lo empujaba y en su esfuerzo por no perderla, se dejó llevar. Estaba en peligro, lo supo intuitivamente, trató de nadar, pero no pudo hacer nada contra la corriente que se lo llevó aguas abajo. Soltó la caña de pescar y nadó con todas sus fuerzas. Todo fue inútil. Como un muñeco fue arrastrado contra las rocas del final del pozo, la velocidad y fuerza del agua era impresionante y sintió un golpe seco al chocar contra las rocas. Se sumergió inconsciente en las frías aguas.

 

Joaquín y Roberto corrieron detrás de él, llegaron al otro charco y Roberto, sin pensarlo dos veces, se lanzó al agua a rescatarlo, mientras Joaquín que era un excelente nadador se quedaba en la orilla indeciso. No sabía qué hacer, de todas maneras, ese hombre que estaba en peligro era “su enemigo”. Roberto salió a la superficie a tomar aire y viendo a Joaquín parado en la orilla le gritó:

 

¡Y tú qué haces allí, carajo, ven ayúdame a sacarlo!

 

Joaquín reaccionó ante el grito y se lanzó al agua. Mientras buceaba buscándolo, Joaquín pensaba que era extraño que él estuviera arriesgando su vida para salvar a alguien que solo amarguras le había dado durante los últimos días. “Quizás el Señor tenga otros designios para él o para ellos”. Salió a la superficie, tomó aire y se sumergió nuevamente. Esta vez sintió su cuerpo. Estaba aprisionado entre dos grandes rocas, lo tomó del pelo y lo sacó arrastrándolo hacia la orilla.

 

Carlos no respiraba y sangraba profusamente de la cabeza. Lo voltearon un poco y le hicieron vomitar el agua que había tomado, Joaquín sabía lo que había que hacer, lo puso boca arriba, le dio respiración artificial hasta que, finalmente, Carlos respondió. Cuando su pulso y respiración se hicieron rítmicos, lo volteó de costado, recogió una de sus piernas y lo dejó reposar. Le revisó la herida de la cabeza y con un vendaje improvisado de su camisa le cubrió la herida, suavemente presionó hasta que dejó de sangrar y le pidió a Roberto que fuera a buscar ayuda en alguna de las fincas próximas.

 

Dos días más tarde, Carlos completamente recuperado, bajó al pueblo y buscó a Joaquín en su casa.

 

Quiero agradecerte mucho por tu ayuda, realmente me salvaste la vida.

 

No te preocupes -contestó fríamente -Hubiera hecho lo mismo por cualquier persona, lo único que hice fue aplazar tu muerte. Algún día te llegará, lógico, como a todo el mundo.

 

Después de unos días, todo regresó a la normalidad, la relación amorosa de Carlos y Carmen se hizo más íntima, algunos decían que los habían visto bailar muy apretaditos en el bailadero de Agapito, alguien más dijo que los habían visto entrar a un motel. Como todo pueblo que se respete, los chismes iban y venían acerca de este par de novios o amantes, según quien los mirara.

 

*   *  *  *  *

 

Faltando pocos días para terminar la temporada de vacaciones los muchachos del pueblo organizaron un paseo a la Laguna Verde, sitio donde nacía el río, allá arriba en el páramo. Todos aceptaron, excepto Joaquín, quien se disculpó por estar ocupado ese fin de semana en una excursión de cacería. Carlos y Carmen se apuntaron al paseo, igualmente se formaron otras parejas de amigos y novios dispuestos a disfrutar de esta aventura. Se pusieron de acuerdo en la comida que iban a llevar y prepararon viaje para el sábado siguiente.

 

Muy temprano salieron siete parejas hacia la laguna. En un recodo de la carretera dejaron sus carros y emprendieron a pie el ascenso hacia el páramo. El camino hacia la laguna era escarpado y difícil, turnándose en la llevada de los avíos para tres días de permanencia. Después de varias horas de ascenso llegaron a la zona conocida como el fangal. Eran unos dos kilómetros de una área semiplana que recogía las aguas del páramo y formaba una serie de ciénagas continuas, difíciles de caminar. Los paseantes se hundían hasta las rodillas en el fango, la presión del lodo en sus piernas hacía que muchas veces perdieran los zapatos que se quedaban enterrados y tenían que ayudarse mutuamente para sacarlos. Finalmente, después de unas dos agotadoras horas, llegaron a tierra seca y todos se acostaron a descansar en el suelo.

 

Carlos y Carmen estaban abrazados contemplando el paisaje y, de pronto, éste descubrió que perfilándose en una colina a unos cuatrocientos metros de distancia, alguien los observaba. Se dirigió al grupo y les dijo:

 

Muchachos, parece que tenemos compañía, allá arriba hay alguien que nos está vigilando.

 

Todos dirigieron sus miradas hacia el sitio indicado y comprobaron que una persona, al parecer con unos binoculares estaba mirándolos y además parecía armado.

 

Roberto, que estaba en el grupo le dijo:

 

No te preocupes, debe ser uno de los vigías de la guerrilla, tú debes saber que ésta es tierra de guerrillas, pero no nos van a hacer ningún daño. Algunos de los muchachos del pueblo se han unido a ella, nosotros no los denunciamos y ellos no se meten con nosotros. Quédate tranquilo y no tengas ningún temor.

 

Sin embargo, Roberto pensó para si mismo, que era extraño que el supuesto vigía estuviera solo. En ocasiones anteriores había visto que ellos marchaban en grupos de tres o cuatro, quizás como medida de seguridad. Además, le parecía ver un aire familiar en el supuesto guerrillero.

 

Cuando el grupo reinició el ascenso, Carlos vio que el guerrillero hizo lo mismo. Para su asombro, la velocidad con que ese individuo se desplazaba por las lomas era increíble. En cuestión de minutos ascendía las lomas y de pronto estaba a la derecha de ellos y minutos más tarde desaparecía y reaparecía al lado izquierdo, siempre manteniendo la misma distancia del grupo, distancia que no permitía identificar su rostro.

 

Finalmente, tras otras dos horas de ascenso, Carlos se encontró el paisaje más hermoso que sus ojos habían visto: el Nevado del Huíla en toda su majestuosidad, despejado, desafiante e inaccesible sirviendo de fondo a una laguna que dejaba caer sus aguas a través de una cascada de unos cuatro metros de altura y unos quince metros de ancho en otra más pequeña pero tan hermosa como la primera. Realmente había valido la pena llegar hasta allí. Habían sido siete horas de ascenso desde que dejaron los carros y todas las dificultades quedaban olvidadas con el paisaje, aún con guerrilla y todo.

 

A la margen izquierda había un refugio que se veía atractivo e invitador. Carlos se sorprendió de lo bien construido, si bien era rústico, tenia un salón amplio y cuatro amplias habitaciones que acomodaban perfectamente a unas quince, quizás veinte personas. Un balcón con una vista espléndida de las lagunas y el nevado. Se veía ordenado y limpio, seña de que alguien vivía allí. ¿Quizás el guerrillero?  “Bueno por esos tres días iba a tener que dormir en el monte”, pensó Carlos para sus adentros.

 

Después de unos breves minutos de descanso reparador, se distribuyeron las tareas de cocina y limpieza, todos se encontraron listos para iniciar un reconocimiento del área. Roberto le prestó una caña de pescar a Carlos que había perdido la suya en el incidente del río y decidieron que esa noche cenarían truchas frescas.

 

Pasaron el resto de la tarde caminando por los alrededores y luego los dos pescadores del grupo se dedicaron a su tarea. La pesca era magnífica, truchas enormes y luchadoras les dieron largos minutos de placer y muy pronto tuvieron la cantidad que necesitaban para la cena. De vez en cuando Carlos miraba hacia las colinas y podía ver al guerrillero que seguía agachado, enruanado y sin perder detalle de lo que el grupo hacía.

 

Carlos demostró que no sólo era buen pescador sino que era un maestro para la cocina y al caer de la noche sirvió un verdadero banquete para todos los integrantes del grupo.

 

Alguien había traído una radio portátil y cintas con música bailable. Destaparon una botella de aguardiente y se dedicaron a conversar, contar chistes y unos minutos más tarde todas las parejas bailaban y se acariciaban como si cada una de ellas estuviera en privado. Alrededor de la diez, alguien apagó las lámparas y las parejas se retiraron a dormir.

 

Carlos invitó a Carmen a dormir en su talego de campar en la orilla del lago. A pesar de la altura, la temperatura estaba agradable y se podía tolerar. Carmen aceptó gustosa y en medio de caricias, frases amorosas y risas dejaron el grupo y se dirigieron al lago.

 

Después de desnudarse, se metieron en el saco de dormir e iniciaron una lenta y minuciosa exploración de sus cuerpos jóvenes y hermosos, besándose apasionada y suavemente.  Finalmente empezaron a hacer el amor.

 

*   *  *  *  *

Un tiro se escuchó muy cerca del refugio. Sobresaltado Roberto se levantó rápido de la cama, se puso los pantalones y prendió una lámpara, llamó a sus compañeros, se vistieron y salieron a buscar a Carlos y Carmen. Caminaron por la orilla del lago, se distribuyeron por parejas y buscaron por secciones, cuidándose de no alejarse mucho del refugio. Después de dos horas se reunieron con resultados negativos. Nadie los encontraba.

 

Al día siguiente y bien de madrugada reanudaron la  búsqueda. Finalmente, al pie de la cascada y oculto por unos arbustos encontraron el saco de dormir y dentro de él, desnudos los cadáveres de Carlos y Carmen. Un agujero se destacaba en el saco de dormir. Un solo tiro a quemaropa había acabado con sus vidas cuando hacían el amor.

 

*   *  *  *  *

Lo que siguió fue una pesadilla, enviar mensajero a avisar al pueblo, la llegada del inspector de policía y sus agentes, las investigaciones y recolección de pruebas, las interrogaciones y el doloroso traslado de los cadáveres de dos jóvenes hermosos y llenos de vida, que se había evaporado por un disparo asesino. Bajando el páramo, Roberto pensaba en el guerrillero que los había seguido y le parecía imposible que él los hubiera matado. ¿Por qué? ¿Qué razón tenía para seleccionar dos personas de un grupo de catorce? Esa no era la manera de actuar de la guerrilla. Ellos atacaban y acababan con todo el mundo. Cometían un genocidio sin dárseles nada. Así de simple.

 

Al llegar a casa tomó un baño reparador, decidió olvidarse de sus sospechas y durmió profundamente.

 

*   *  *  *  *

Transcurrieron los días y poco a poco la tragedia de los amantes del páramo fue pasando a un segundo plano. El pueblo retornó a su rutina diaria para ser sacudido violentamente veinte días más tarde cuando encontraron a Joaquín ahorcado en su casa. No había ninguna nota explicativa y nadie supo por qué lo hizo.

 

En la noche del velorio, mirando el cadáver en el ataúd, Roberto pensaba en  la figura elusiva del guerrillero que le había parecido tan familiar cuando subían al páramo.

 

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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