Para disfrutarlos

Los amantes del rio

Cuando Marisoledad de la Milagrosa llegó a este mundo, el abuelo Martiniano la miró y dijo:

 

Parece una lombricita, qué pesar, yo no creo que ésta niñita vaya a vivir.

 

Sin embargo, el abuelo estaba equivocado. Marisol, como tuvieron que llamarla porque el nombre que le pusieron era demasiado largo y rimbombante, se levantó sana, linda y con la tendencia de hacer preguntas que causaban malestar a los adultos. -Qué por qué esto, qué por qué aquello, qué quién lo dijo, qué de dónde vienen, hasta que tenían que decirle que se callara, que no fuera tan cansona y que no jodiera tanto. Su padre era un hombre bueno y cariñoso, aunque autoritario y apegado a los pergaminos de la familia; una de las más antiguas y tradicionalistas del pueblo. Su madre era una mujer hermosa y soñadora que, desde la edad más temprana, llenó la mente y el corazón de la niña con las historias de los patriarcas de la biblia y las de los caballeros andantes que recorrían el mundo deshaciendo entuertos, impartiendo justicia, rescatando princesas y haciéndolas felices.

 

A los cuatro años tuvo la primera gran frustración de su vida cuando el hermanito mayor, que se llamaba Sebastián en honor de un santo que murió a flechazos, salió llorando del inodoro con el pipí en la mano a decirle a la mamáque esa cosa ya no servía para nada, porque apuntaba a la taza y el chorro le salía para un lado, a lo que ella le respondió que no se preocupara que ese era mal de todos los hombres. Cuando Marisol vio lo que su hermano tenía en la mano se levantó la falda y estiró el resorte de su pantaloncito y  mirándose le preguntó a la madre que por qué ella no tenía lo mismo y empezó a llorar pidiéndole que le comprara uno porque ella quería tener pipí como su hermanito. De nada valieron las explicaciones de que ella era una niña y que ellas  eran distintas a los niños. Durante dos semanas peleó y amenazó que no se tomaba la sopa hasta que no le comprara uno. Finalmente, la mamáperdió la paciencia y le dijo que si seguía molestando con lo del pipí  hablaba con el   papá para que le diera una pela. 

 

Y así transcurría la vida de Marisol con esas alegrías y tragedias que tienen todos los niños de su edad hasta que a los seis años llegó el día de su primera experiencia sexual. Habían ido de visita a la finca de su tío Ramón. Cuando jugaban a los buenos y los malos en el jardín, su primo Carlitos, que era uno de los bandidos,  la llevó presa a ella que era la heroína, a una cueva que formaban los arbustos y le dijo que para recobrar la libertad tenía que acostarse en el piso y mostrarle la cosa. Ella obediente y deseosa de recobrar la libertad para matar a todos los bandidos, se bajó los calzones y Carlitos, después de darle una escrutadora mirada, delicadamente se la cubrió con una rosa roja y le dijo que no entendía por qué sus papás hacían tanto escándalo cuando estaban en la cama. -que esa cosa era muy fea.

 

La segunda experiencia sexual ocurrió cuando estaba en quinto año de primaria y  estando en recreo, un compañero de clases le dijo que cerrara los ojos y ella de pura tonta lo había hecho y él abusivamente la había besado en la boca. Anduvo preocupada pensando que había quedado embarazada y que iba a ser mamá hasta que una amiga le dijo que uno era mamá por la parte de abajo y no porque la besaran. Le explicó en forma minuciosa y científica que las mujeres para tener hijos, tenían que casarse y luego el papá contagiaba a la mamá con unos animalitos como renacuajos, pero mucho más chiquitos que eran babosos y transparentes y que se llamaban protozoarios o algo parecido y que la mamá entonces se enfermaba y vomitaba y se le hinchaba la barriga; que luego, después de muchos días le decían que tenía que irse a quedar a la casa de una tía y cuando  regresaba ya tenía otro hermanito.

 

Llegó el tiempo de ir al colegio de bachillerato y cuando Marisol andaba por los trece años le ocurrió la gran tragedia. Llegó del colegio y se encerró en un closet. No valieron ni las súplicas ni las amenazas de la madre. A todo le que le decía le respondía que la dejara sola que quería morir en paz. Finalmente, después  de muchos ruegos salióy, abrazándosea su madre, le dijo llorando que creía que se iba a morir porque la sangre se le estaba saliendo del cuerpo por sus calzoncitos. Acariciándola la mamá le dijo que no se preocupara que todo eso era un proceso natural y que a partir de ese día ella ya no era una niña sino toda una mujer.     

Cómo voy a ser una mujer madre, si yo no tengo tetas grandes como tú, le replicó mirándose el pecho y volvió a llorar desconsoladamente.    

 

Cuando Marisol llegó a la pubertad, se convirtió en una mujer tan hermosa, que las otras chicas de su edad la trataban con un poco de recelo porque se sentían disminuidas y ofendidas en su amor propio, ya que su presencia las opacaba, pues ella era siempre el foco de atención de la gente.

 

Para los mozos del pueblo, la historia era diferente. Desde el mismo instante que la veían, sus almas se trastornaban y empezaban a sufrir delirios de amor y males de poetas. Todos desfilaban por el andén de la casa tarareando y silbando canciones de amores desesperados con la ilusión de llamar su atención y se asomara a la ventana. Otros más arriesgados, escribían  sus poemas que colocaban en mazos de flores que lanzaban a su balcón.

 

Y así, en medio de las ocurrencias de la vida, con su familia y grupo de amigos y amigas, transcurría la vida feliz de Marisol. A los diez y siete años su corazón no se conmovía por  ninguno de sus pretendientes. Fueron muchos los que le juraron amor eterno, otros le decían que si no les paraba bolas se suicidarían -aunque a la hora de la verdad ninguno lo hizo- y otros, al final, decidieron conseguirse otra novia porque Marisol era como el tesoro al final del arco iris: inalcanzable.

 

Un buen día, llegó al pueblo un extraño. Era un hombre joven cuyo origen nadie pudo averiguar. Su piel color de ébano, sus facciones de dios menor caído del Olimpo. Se llamaba Reinaldo y era buscador de tesoros perdidos, oro y otros metales nobles. En una casa, no muy lejana de la plaza principal, montó su oficina de cazatesoros y se dedicó a recorrer los alrededores tratando de arrancarle a la tierra sus bien guardados secretos.

 

Un día, al regresar Marisol del colegio, su madre le dijo que tenían un invitado a comer. Una persona estaba hablando con su padre en la oficina y comería con ellos al terminar la charla. Minutos más tarde, el padre le presentó a Reinaldo, y les explicó que le había concedido permiso para que hiciera exploraciones en las tierras que la familia poseía en las afueras del pueblo. Durante la cena, Marisol se sintió cautivada, no sólo por lo atractivo que era Reinaldo, si no por la manera fluida y agradable de conversar, dando indicaciones de poseer una cultura general bien por encima del común de la gente. Por otra parte, al mirarle sus ojos verdes de laguna encantada, sintió una sensación que nunca había experimentado y  un dulce dolor muy adentro de su corazón.

 

Cuando Reinaldo se despidió dos horas más tarde, el padre de Marisol comentó que estaba muy bien impresionado con ese joven con pinta de gitano que hasta un postgrado en geología tenía y que de pronto era tan de buenas que descubría oro en sus tierras. Para terminar dijo:

 

Es una lástima que sea negro.

 

Marisol sintió rabia y le replicó:

 

No sabía padre que tú eras uno de esos bastardos que discriminan por el color de la piel.

 

No le permito que me hable en esos términos señorita, ¡yo no soy racista! Lo que pasa es que usted debe darse cuenta que en este país existe un racismo velado. Por esa razón no hay obispos, ni congresistas, ni coroneles, ni presidentes negros. Cuando encuentra uno, si acaso lo encuentra, es simplemente la excepción que confirma la regla. Es por eso que dije que era una lástima que fuera negro. ¿Por qué cree que él anda de buscador de tesoros? Me contó queno encuentra trabajo en ninguna parte como geólogo. Nadie lo contrata, a pesar de lo bien preparado que está.

 

Esa noche Marisol soñó con el mancebo de los ojos verdes que la libraba de las acechanzas de los hombres malos que querían secuestrarla y llevarla al castillo del ogro para que la violara. En su sueño él, vestido de árabe, después de matar a todos con su espada, la rescataba y montándola en su blanco corcel, la llevaba a vivir a su palacio que quedaba arriba en la montaña, donde vivirían para siempre felices.

 

El sábado siguiente, temprano en la mañana, Marisol vio pasar a Reinaldo por la calle rumbo a las afueras a buscar sus tesoros. Lo siguió a la distancia y vio cuando se internó en las cuevas formadas por el río  que cruzaba el pueblo. Algunas ranuras en las rocas de la bóveda, dejaban entrar rayos de sol que formaban una cortina de luz y creaban un  ambiente de claroscuros que permitían distinguir las formas y figuras en la cueva. Sigilosamente, Marisol entró y se sentó en un promontorio que la dejaba oculta pero que le permitía ver claramente lo que Reinaldo hacía. Él  golpeaba las rocas con su piqueta desprendiendo lajas que examinaba con una linterna y una lupa. Descartaba la mayoría y, de vez en cuando, guardaba una en la mochila que cargaba.

 

Hacia media mañana, Reinaldo caminó unos pocos metros hasta la orilla de uno de los pozos del río, se desnudó y entró en las aguas cristalinas. Con sus dos manos se mojó el pelo y luego se deslizó en el agua. Los claroscuros dibujaban las líneas de un hermoso y poderoso cuerpo. Marisol se sintió confundida y avergonzada porque sabía que estaba violando la privacidad de un ser humano, sin embargo, se sintió clavada en el sitio en que estaba. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo y no podía quitar su mirada porque se encontraba como en una especie de trance, presenciando un rito íntimo acentuado por las luces y sombras de la cueva que le daban un aire místico y surrealista a la escena. Marisol caminó lentamente hacia atrás buscando la salida de la cueva. Conocía desde niña todos los recovecos de esa área y, como en estado hipnótico, se dirigió al sitio donde el río entraba a la cueva y, despojándose de la ropa, se sumergió en las aguas dejándose llevar por la corriente hasta donde estaba Reinaldo. Fue un momento mágico cuando los dos cuerpos se encontraron y se entregaron mutuamente en comunión y ofrenda de amor sin pronunciar una sola palabra.

 

Esa noche, Marisol no pudo dormir tranquila. En su mente se dibujaba una y otra vez la silueta  de ese  hombre desnudo que se le aproximaba, la acariciaba y le hablaba de amor. Dando vueltas en la cama trataba inútilmente de borrarla, pero la figura en blanco y negro volvía a aparecer susurrándole al oído que la amaba, que la amaba, que la amaba.

 

Desde ese momento, Marisol entró en estado de ensoñación y sólo deseaba volver a encontrarse con Reinaldo. A duras penas comía y pasaba las mayoría de las horas encerrada en su alcoba espiando por la ventana, esperando ver a su amor dirigirse hacia las cuevas. Tan pronto él pasaba por la calle, ella lo seguía procurando que nadie la viera. De esta manera los amantes del río pasaban el día buscando tesoros inexistentes y haciendo el amor en las aguas cristalinas.      

 

La tormenta estalló el día que su padre fue informado por el director del colegio que su hija llevaba dos semanas sin asistir a clases. Furioso llegó a la casa y llamó a Marisol para que le explicara qué estaba pasando. Incapaz de mentir, ella con su manera clara y directa de decir las cosas le contó a su padre que desde días atrás, pasaba el tiempo acompañando a Reinaldo en sus exploraciones y que además eran amantes y que nadie iba a impedir que se quisieran porque  tenían el propósito de casarse.

 

¡Esto era lo que nos faltaba! Que usted enlodara nuestro apellido. Arregle sus ropas y sus cosas que nos vamos para la capital mañana mismo. Voy a internarla en un colegio de monjas y olvídese de ese tipo. ¿Qué clase de vida le puede dar una persona que no tiene trabajo y se dedica a soñar con encontrar tesoros? Mi decisión es irreversible, así que empiece a empacar.

 

De nada valieron las protestas y los lloros, el padre se mantuvo firme y aunque no lo dijo, por temor a que lo volviera a llamar racista, dio a entender que no quería saber de Reinaldo por el resto de su vida.

 

Esa noche a la madrugada Marisol se escapó de la casa por la ventana del balcón, buscó a Reinaldo  y, en su compañía se dirigieron a las cuevas. Alrededor de las once de la mañana, el pueblo fue conmocionado con la noticia de que los cuerpos de los dos amantes, adornados con guirnaldas de flores en las cabezas, habían bajado por el río rumbo al cercano mar a vivir su amor en una cueva submarina formada por corales y tapizada de caracolas y madreperlas.

 

 

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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