Para disfrutarlos

Ni se compra ni se vende

 

A media mañana del viernes, estalló el alborotó con la llegada de los gitanos. Hacía muchos años que no venían a este pueblo lejano y olvidado. Cuando el barco recaló en el puerto, una caravana larga de carretas multicolores descendió y atravesó la población para sentar sus reales en los potreros de don Venicio Sotomayor quien había sido contactado previamente.

 

El desfile estaba encabezado por una carreta con cuatro hombres que lucían pañoletas rojas en la cabeza, rasgando las cuerdas de guitarras y violines, acompañados por un apuesto joven que tocaba un tamboril, entonando la pintoresca música tradicional de los gitanos, seguido por seis niñas que cantaban y bailaban al son de sus panderetas. Seguían ocho carretas con adornos multicolores, pailas de cobre, alambiques, y toda la parafernalia propia de los gitanos. En la segunda venían al pescante Baudelino el rey de la tribu, quien vestía pantalón rojo, chaleco azul lleno de lentejuelas que dejaban sus brazos musculosos y su pecho descubiertos como para que todo el mundo admirara sus tatuajes, acompañado por  su mujer, Paulina. Ella se distinguía ampliamente de sus compañeras de la tribu porque rebasaba ampliamente cualquier descripción de lo que es una mujer grande y abundante de carnes y su esposo, a pesar de ser un hombre alto y fornido, se veía insignificante al lado de ella.  Cuando cruzaban la plaza, la voz inconfundible de Agustina Mejía paró de un sopetón el desfile.

 

— ¡Mujeres de Arbolete, mejor abran bien los ojos porque los maridos y cosas tienden a desaparecer misteriosamente cuando los gitanos y sus concubinas, que son unas perdidas, nos visitan!

 

Paulina la inmensa, parándose en la carreta para hacerse más grande, le contestó:

 

— ¡Cállate mujer y deja quieta esa lengua viperina, que nosotros los gitanos somos gente de bien y no le hacemos daño a nadie! Déjanos acomodar tranquilos y tendrás la oportunidad de ver por tus propios ojos los últimos adelantos de la tecnología y la ciencia. A eso hemos venido, a beneficiar este pueblo abandonado por Dios y sus gobernantes.

 

— ¡Ustedes los gitanos nacieron para ser vagos, ladrones y estafadores! - le gritó Agustina.

 

—Acuérdate mujer que dios no castiga ni con palo ni con rejo, sino en el propio pellejo ¡Mejor te entras antes de que se derrumbe ese balcón con tu peso! - replicó Paulina.

 

No había acabado de pronunciar esas palabras, cuando, con un estruendo ensordecedor el balcón se desplomó y Agustina cayó encima de un grupo de personas que presenciaban la llegada de los gitanos y que, para su fortuna, amortiguaron la caída. Lastimada más en su amor propio que en su cuerpo, Agustina se sacudió el polvo, le gritó a la gitana: “gorda mal nacida” luego entró a la casa cojeando y sobándose la cintura, dejando en el andén dos descalabrados y seis contusos.

 

Entre risas, silbidos y aplausos de la concurrencia continuó el alegre desfile. Los gitanos siguieron su marcha hacia los predios designados para armar el campamento.

 

Más tarde, cuando Juvenal, el nieto de Agustina, que había presenciado lo ocurrido entró en la casa, encontró a su abuela encamada. Cleotilde, su fiel sirvienta, le aplicaba compresas de hierbas y árnica, mientras le daba masajes a su adolorido cuerpo.

 

—Lo que no entiendo abuela, es por qué tú, sin motivo alguno insultaste a los gitanos. Me parece que no había razón alguna para decirles esas cosas.

 

— Ay hijo, tú eres muy joven y no sabes qué tan mañosos y corrompidos son los gitanos. Ese balcón se cayó no porque estuviera viejo sino porque esa gorda me lanzó un maleficio. Y es hora de que sepas que las desgracias de esta casa se las debemos a los gitanos. Tu madre murió cuando naciste, pero lo que la mató fue el amor. Mi hijo la abandonó cuando tenía tres meses de embarazo por irse detrás de una gitana que lo embrujó y mi nuera, que lo amaba profundamente, entró en un estado de melancolía y mal de amor del cual no se pudo recuperar. Es por eso que yo tuve que criarte a ti. Así es que no me hagas reclamos ni me llames injusta.

 

Desde el pueblo se escuchaba la música y la bullaranga de los gitanos. Habían llegado a los terrenos alquilados y formado un amplio círculo con las carretas, en el centro armaron el campamento con vistosas carpas. Poco a poco toda la gente menuda del pueblo y algunos adultos empezaron a llegar a curiosear y se sentían fascinados de oírlos hablar en una jerigonza que ninguno entendía. Cuando la tarde moría y el sol se ocultaba detrás de las montañas, prendieron varias fogatas que creaban un hermoso ambiente, mientras las guitarras, violines y tamboriles llenaban el aire de canciones gitanas milenarias transmitidas de generación a generación desde su éxodo de la India.

 

Después de la hora de la comida, atraídos por la música que se escuchaba en todo el pueblo, todos los habitantes se acercaron a noveleriar los gitanos. Entre los curiosos se encontraba Juvenal, era un hombre de veintidós años, buen mozo y de mirada ensoñadora como la del padre que nunca había conocido.

 

Cuando los músicos empezaron a tocar una melodía nacida cientos de años atrás en las cuevas moras de España, empezó a escucharse en alguna parte una voz de tonos lastimeros cantando en un idioma desconocido. Mientras las notas danzaban en espirales sobre las fogatas, la figura de una hermosa joven gitana fue emergiendo de la oscuridad, hasta llegar al centro del campamento e iluminada por las llamas inició una danza sensual y voluptuosa acompañada por una hermosa voz de soprano. Como bajo hipnosis, gitanos y curiosos, guardaron un silencio reverencial mientras presenciaban algo que parecía más un sueño que una realidad. Bañada por las luces y sombras que producían las fogatas, con un rostro hermoso y un cuerpo armonioso que movía sinuosamente al ritmo de la música, la gitana dejaba salir de su garganta sonidos que hablaban de la nostalgia y el amor a la tierra de sus antepasados.  De la misma manera como había llegado, lentamente, aun cantando y danzando, se fue retirando hasta que desapareció al terminar la canción.

 

Juvenal sintió algo nuevo; como si su cuerpo fuese invadido por una extraña sensación que no podía definir; un nudo en la garganta, un deseo de llorar y de reír al mismo tiempo y un dolor profundo en su corazón. Sin poder dar crédito a lo que había presenciado, corrió detrás de la gitana, para ser detenido bruscamente por Baudelino, quien, agarrándole del brazo, le dijo:

 

— ¡Cuidado jovencito, ella es mi nieta y es fruta prohibida para quienes no llevan nuestra sangre! Devuélvete por el mismo camino por donde viniste. Si quieres ver nuevamente a la Minela, regresa mañana a la misma hora, pero te advierto, desde lejos.

 

Esa noche, Juvenal no pudo dormir. La imagen de la gitanilla lo acompañó toda la noche, cantando y danzando sólo para él. La veía moverse al ritmo de las llamas de una fogata que la envolvían y le parecía que ella salía como una extensión del fuego, acariciándolo con sus manos, mientras en su canto le decía suavemente en sus oídos: soy tuya, soy tuya. Finalmente, trastornado por el mal de amor, se levantó a la madrugada a caminar a la orilla del mar hasta que el sueño lo venció y se quedó dormido en una canoa que encontró varada en la playa acompañado por la imagen sonriente y amorosa de la gitana.

 

*  *  *

Al otro día, desde muy temprano, las gitanas recorrieron el pueblo adivinando la suerte y vendiendo abalorios y baratijas a los curiosos. A media mañana el pueblo fue sorprendido con un inmenso globo de colores deslumbrantes que se elevó, llevando en su canastilla un grupo de niños del pueblo que felices saludaban a sus padres desde las alturas. Poco a poco se perdió en la distancia y cuando los padres preocupados pensaban que eran artimañas para robarse a los muchachitos y que los habían perdido para siempre, el globo retornó y se posó suavemente en el centro del campamento. A partir de ese momento, todos los habitantes del pueblo hicieron una cola larga, para pagar cinco pesos y disfrutar de algo que jamás habían experimentado en su vida y les parecía imposible que el ser humano pudiera hacer: volar. De esta manera todos tuvieron la oportunidad de ver desde cien metros de altura todos los alrededores de Arboletes. Desde el globo podían divisar todas las casas, el parque, las tierras de los alrededores y a la distancia las montañas azules del gran nevado y la inmensidad del océano. Fue tal la emoción de los pobladores que los que terminaban el vuelo, inmediatamente volvían a hacer la cola para volver a ver el pueblo desde el espacio, sin importarles gastarse la plata en aventuras aéreas así se quedasen sin dinero para la comida del día siguiente.

 

*  *  *

 

Cuando Juvenal empezó a despertar, se sintió meciéndose y al abrir los ojos vio que estaba bien adentro en el mar. La marea se había llevado el bote. Por el sol supo que eran las horas de la tarde. Para su desconsuelo, el bote iba a la deriva y no tenía remos. Nacido en un pueblo costero, supo que era inútil gastar sus fuerzas luchando contra el mar y que, al no divisar la costa, era un riesgo muy grande tratar de nadar. Se acostó nuevamente y dejó que las corrientes marinas se lo llevaran para alguna parte. El hambre y la sed lo acosaron, pero sabía muy bien que no podía tomar agua salada. Para mitigar las necesidades del cuerpo, decidió sumergirse nuevamente en el encantamiento de pensar en la gitana y poco a poco entró en estado de sopor y perdió conciencia de la realidad.

 

Un constante golpear del bote contra un tronco despertó nuevamente a Juvenal, no sabía si habían transcurrido horas o días. Sentándose en el bote, solo supo que era de noche por la oscuridad y que estaba en medio de los manglares en algún sitio de la costa. Asiéndose de las ramas caminó por los lodazales de la marisma buscando tierra firme. Las ramas y los horcones de los mangles lo lastimaban y le cortaban la piel de los brazos y piernas. En el barro pútrido perdió los zapatos y finalmente completamente agotado encontró tierra seca. Se tiró al suelo a dormir y nuevamente soñó con la gitanilla que se había apoderado de su alma.

 

Al amanecer, trató de orientarse sin ningún resultado y decidió caminar bordeando el mar hacia lo que creía era el occidente. Cruzó marismas, bosques y pedregales tratando de llegar a algún sitio habitado. Lo hizo así por muchos días retrocediendo a los tiempos ancestrales de sus antepasados, alimentándose de hierbas y las escasas frutas salvajes que encontraba en el camino. El único faro que lo guiaba por esas soledades era la imagen de Mínela la gitana, que le decía que no desfalleciera que ella lo estaba esperando. Poco a poco su cuerpo se fue debilitando y entró en estado de delirio hasta que finalmente se desplomó cuando cruzaba unas salinas a la orilla del mar. Quedó tendido en un charco, mirando el cielo y antes de que la imagen de Mínela se diluyera en su conciencia, vio aparecer en el cielo un grupo de ángeles que desde una canastilla dorada le decían adiós.

      

*  *  *

 

Cuando Juvenal abrió los ojos, después de varios días, vio el rostro hermoso de Minela inclinándose hacia él, limpiándole las heridas, al fondo el rostro cobrizo y sonriente de Baudelino y más atrás, sentada en una poltrona Paulina la inmensa con cara de consternación por el estado lastimoso en que se encontraba el joven rescatado de la muerte.

 

—No te muevas, déjate que te limpien las heridas que están muy infectadas. –Le dijo Baudelino en tono amistoso, y continuó:

 

—Es la segunda vez que nos encontramos. La primera fue en Arboletes hace mes y medio, cuando viste cantar a Minela. Luego te desapareciste hasta la semana pasada que por un golpe de suerte te encontramos moribundo en los desiertos de la guajira. Perdimos el camino a Uribia y por pura casualidad elevé el globo para buscar la ruta y así te encontramos. ¿Quién eres?

 

Juvenal le dijo como se llamaba y le contó como se había encontrado a la deriva en el bote y luego los muchos días que caminó perdido por los montes y llanos costeros tratando de encontrar el camino de regreso a su pueblo. Guardó silencio en relación al embrujo que Minela había producido en él.

 

Con el paso de los días, el joven se recuperó y cuando estuvo en mejores condiciones físicas pudo recorrer el campamento y los alrededores acompañado por Minela que se había convertido en su ángel de la guarda y enfermera. Sentirla y estar a su lado era la mayor felicidad de Juvenal. No solo era una chica que acababa de abrirse como una hermosa rosa a la pubertad, sino que era inteligente, vivaz y bondadosa. Aunque habían parado en descampado ante el insólito rescate de Juvenal, por las noches, acompañada por los músicos a la luz de las fogatas, la gitanilla cantaba canciones que llegaban hasta lo más profundo del corazón del joven enamorado.

 

Una tarde, Baudelino invitó a los dos jóvenes a volar en el globo por los alrededores y se sorprendió enormemente de ver que Juvenal después de una hora de vuelo le había pedido que lo dejara manejar el aparato y con solo haberlo mirado a él, se había convertido en un experto en las difíciles artes aeronáuticas que a él le había tomado meses aprender. Esta insólita proeza le ganó la admiración de toda la tribu a quién Baudelino no se cansó de contarles de las alturas y distancias que habían recorrido en el globo bajo la intrépida dirección del joven piloto.

 

Durante los siguientes días, Juvenal y Minela se volvieron inseparables. A ella le gustaba estar con él, le fascinaban las historias que le contaba y sobre todo la forma amorosa como la miraba. Empezó a notar la diferencia entre un hombre bien educado, amable y cariñoso, completamente opuesto a la ordinariez y vulgaridad de sus hermanos de tribu. Poco a poco las arañas del amor empezaron a tejer los hilos invisibles de sus redes y sentimientos y afectos especiales empezaron a nacer en sus corazones, que se fueron intensificando con el paso de los días. Una tarde cuando estaban a la orilla de un riachuelo, se besaron por primera vez. Desde la distancia Baudelino los observaba y en su rostro se reflejó la preocupación.

 

A la hora de la cena, Baudelino anunció a la tribu de que al día siguiente levantarían campamento y continuarían la jornada hacia Uribia. Después de la comida, se dirigió a Juvenal y llevándoselo aparte le dijo:

 

—En el primer cruce de caminos que encontremos mañana, usted se devuelve para su pueblo. Ya está bien de salud y es hora de que retorne a su hogar.

 

—Por favor, déjeme seguir con ustedes, yo no quiero regresar al pueblo. Quiero volverme gitano, estoy dispuesto a hacer cualquier oficio; manejar el globo o las carretas, cuidar de los caballos, lo que sea, pero no me pida que me vaya.

 

—Se olvida de una cosa jovencito, uno nace gitano, no se hace. Es algo que llevamos en la sangre y por otra parte, no quiero verlo todo el día al lado de Minela. Eso no le conviene a ella porque está destinada a ser la mujer de un gitano. Su matrimonio fue arreglado hace varios meses de acuerdo a nuestras leyes. Así es que lo mejor que usted puede hacer es irse y no interferir en nuestra forma de vida.

 

—En eso se equivoca Baudelino. Según entiendo, mi padre se unió a una tribu gitana hace muchos años. ¿Por qué no puedo hacerlo yo? Además, si no lo sabe, Minela y yo nos amamos y yo deseo vivir con ustedes. ¿Sabe ella que usted arregló su matrimonio? ¿Conoce a su prometido? –preguntó Juvenal.

 

— ¡Ella no necesita saber nada! Nosotros los mayores sabemos que es lo que más le conviene. Vamos a darle una buena dote y en el momento de su boda conocerá a su marido.

 

—Lo que usted me está diciendo es que ustedes los gitanos negocian las hijas como si fueran mercancía. –Respondió Juvenal con rabia. – Ahora usted le da una dote y después recibe el pago. ¿No se da cuenta en qué tiempos vivimos? Es ella como ser humano quien tiene que decidir su propia vida.

 

— ¡No le permito que me hable así! Usted jamás podrá entender nuestra forma de vida. ¡No tenemos nada más que hablar! Yo soy el que tomo las decisiones en esta tribu y deseo que se vaya porque usted no tiene nada que ofrecerle a mi nieta.

 

*  *  *

 

Esa noche Juvenal esperó que todos se recogieran a descansar. Deslizándose bajo la carpa de la abuela, se aseguró que todos estuvieran dormidos, luego arrastrándose en los codos se aproximó a Minela y cubriéndole la boca con sus manos, muy suavemente llamó su nombre hasta que la despertó. En susurros le dijo que necesitaba hablarle y la hizo seguirlo. Le contó lo que había hablado con Baudelino y le preguntó si ella sabía de su compromiso matrimonial.

 

—Claro que lo sé. Así se ha hecho por tradición entre los gitanos. Si estamos de suerte nos toca un buen marido, si no, mala suerte. Es algo que no podemos cambiar así no nos guste.

 

— ¿Y yo? ¿No cuento para nada?

 

—La verdad es que te quiero mucho, me gusta estar a tu lado, pero no sé si me atrevería a desafiar a mi abuelo. Las tradiciones gitanas pesan mucho y nos exigen sacrificios.

 

— ¿Y qué tal si huimos? ¿Serías capaz de seguirme? Mira allá en la mitad del campamento, el globo ¿Te atreverías a venir conmigo?

 

—No lo sé, tengo miedo por ti. No sé cómo reaccionarían mis abuelos. Aunque son muy buenos conmigo, podrían hacerte daño. No te olvides que mis hermanos de tribu obedecen ciegamente las órdenes que el rey les dé.

 

—Deja el miedo, camina vámonos, es la única oportunidad. En caso contrario, mañana nos tendremos que separar forzosamente. Baudelino fue enfático en decirme que tenía que irme.

 

Tomándola de la mano, Juvenal se la llevó hacia el globo y prendió los quemadores de gas.

 

En mitad de su sueño, Baudelino escuchó el siseo y le tomó unos minutos mientras salía del aletargamiento, darse cuenta que algo estaba ocurriendo con el globo. Cuando se asomó a la entrada de la carpa, sólo vio las llamas mientras el globo se elevaba y se perdía en la distancia. A los gritos de Baudelino toda la tribu se despertó y después de unos minutos, se dieron cuenta de que la gitanilla y Juvenal se habían fugado.

 

*  *  *

Guiándose por las estrellas, Juvenal dirigió el globo hacia el oriente y después de cuatro días de navegar a lo largo de la costa, reconoció los alrededores de Arboletes. Era media tarde cuando ante el asombro del pueblo los dos jóvenes aterrizaron en la mitad del parque y se dirigieron a la casa de Agustina.

 

Al ver llegar a su nieto con la gitana, Agustina exclamó:

 

— ¡Hijo, yo creía que te habías muerto! Y fíjate, me llegas hasta con mujer ¡Esto era lo que nos faltaba! Y si no me equivoco, por la pinta que tiene esa flacuchentita, es gitana. ¡Definitivamente los hombres de esta casa son todos locos de remate! Yo no sé qué pecado cometí para que esta gente me persiga. Y usted hija, no se quede ahí parada como si fuera boba, camine yo le doy un buen baño que eso es lo que necesita y luego se acuesta a descansar.

 

*  *  *

 

Dos meses más tarde un forastero joven con una pañoleta roja en la cabeza, gruesas pulseras de oro en sus muñecas y arete en una oreja, llegó en un barco al pueblo. Eran las dos de la tarde y el sol azotaba con toda intensidad las calles de Arboletes. Los habitantes del pueblo dormían la siesta en las hamacas colgadas en los árboles de los patios, refugiándose del calor bajo las sombras.

 

El forastero caminó bajo la resolana hasta el café localizado al frente de la plaza principal. Entró y pidió una cerveza fría. Al atender su pedido y servirle, Metodio el cantinero, lo miró detenidamente y al regresar al mostrador le susurró a Luduvina su mujer:

 

—Me parece que ese mozalbete ha llegado a este pueblo a crear problemas, por su pinta es fácil saber que es gitano y tengo el presentimiento de que viene a reclamar la novia de Juvenal.

 

—Ojalá estés equivocado –le respondió la mujer.

 

Unos minutos más tarde el forastero pidió otra cerveza, y al atender su pedido, Metodio le preguntó:

 

— ¿Qué lo trae por estas tierras forastero?

 

—Eso es asunto mío –respondió secamente. Y a continuación le preguntó al cantinero:

 

— ¿Conoce usted a una gitanilla de nombre Minela que está viviendo en este pueblo?

 

—Sí, vive un poquito más abajo en la casa de Agustina. No tiene pérdida porque es la casa de puertas verdes. Llegó hace poco tiempo con su novio y parece que se casan pronto. ¿Tiene usted algo que ver con ella?

 

—No creo que eso le interese a usted –volvió a responder.

 

Pagó la cuenta y salió del café, dirigiéndose bajo el sol canicular hacia la casa de puertas verdes. Desde la puerta, Metodio y su mujer le siguieron con las miradas, mientras rostros intrigados aparecían en las ventanas de las casas circundantes.

 

*  *  *

 

Juvenal fue despertado de la siesta por tres golpes secos de la aldaba. Aun medio dormido abrió la puerta y se encontró con un gitano quien le dijo en tono seco:

 

—Sé que Minela vive en esta casa, vengo por ella y no quiero problemas.

 

— ¿Y quién es usted y con qué autoridad viene a llevársela?

 

—Me llamo Martín de los Hierros y soy su prometido. Mi padre arregló nuestro matrimonio con su abuelo Baudelino hace varios meses.

 

Viendo que la gente del pueblo empezaba a arremolinarse a su alrededor, Juvenal le dijo al visitante que entrara y cerrando la puerta lo llevó a la sala ofreciéndole un asiento. Sentándose, Martín continuó:

 

—Como le dije, vengo de buenas maneras, espero que usted entienda que vengo a reclamar a Minela porque ella me fue prometida en matrimonio de acuerdo a las leyes gitanas. Baudelino nos informó de la manera como usted la secuestró y por eso he venido, a reclamar lo que me pertenece.

 

—Por la manera como lo dice, usted la trata a ella como si fuera un objeto, algo que se vende y se compra.

 

—Puede interpretarlo de la manera que le dé la gana. Usted no conoce las tradiciones gitanas. Para nosotros ellas tienen el mismo valor que tienen para ustedes las leyes. Así ha sido por cientos de años y nadie va a cambiarnos ahora. Por otra parte, hay cosas que usted no conoce acerca de Minela.

 

—Creo que usted está equivocado, lo único que yo puedo asegurarle es que ella y yo nos amamos y vamos a casarnos muy pronto. Soy un hombre de bien, y aunque ella vive en nuestra casa, la he respetado y de ello da garantía mi abuela. Ellas no demoran en regresar y es mejor que las esperemos para que sea la misma Minela quien le confirme lo que yo le he dicho y a la vez le indique como debe regresarse porque ella se queda aquí.

 

Por unos minutos los dos jóvenes se miraron de cabeza a los pies, sin animosidad, luego Juvenal trajo un par de cervezas frías y mientras las bebían continuaron examinándose, como si midiesen sus fuerzas. Se trataba de un desafío entre dos rivales que iba a ser resuelto por la decisión que tomara la gitanilla. Media hora más tarde ellas entraron a la casa extrañadas del grupo de personas que se habían reunido en la puerta. Se sorprendieron de ver al visitante. Juvenal les explicó de manera breve cual era la razón por la cual ese desconocido estaba en la sala conversando con él. Después de dar dos vueltas en torno al visitante, mirándolo detenidamente, Minela le dijo:

 

—Entiendo las razones para venir en mi búsqueda, sin embargo, ha de saber que yo estoy aquí por mi propia voluntad. Amo a Juvenal y pensamos casarnos muy pronto. Usted para mí, es un completo desconocido. Conozco muy bien las tradiciones gitanas, pero también sé que los seres humanos tenemos la libertad de escoger nuestro futuro. Lamento profundamente si lo lastimo con mis palabras y confío que usted entienda que vivimos en otra época y que somos nosotros y sólo nosotros quienes decidimos que hacer de acuerdo a nuestra forma de pensar y nuestros sentimientos. Por lo tanto, le pido que regrese a su tribu y nos deje en paz.

 

Guardando silencio por unos minutos, el gitano se puso de pie, caminó lentamente por la sala pensando en las palabras de Minela  y finalmente le dijo:

 

—Sí, usted tiene toda la razón, entiendo perfectamente que se aman y me piden que renuncie al compromiso que hicieron nuestros mayores y yo lo haré gustoso. Estoy de acuerdo que los tiempos han cambiado, esa costumbre gitana de obligarnos a casarnos con la persona que nuestros mayores escogen, tampoco cuenta para mí. Esta tarde me regreso en el mismo barco en el que llegué. Sin embargo, antes de irme quiero decirles algo que ustedes no saben. Señalando a la chica, dijo lentamente:

 

—La madre suya se llamaba Minela como usted y su padre se llamaba Juvenal Mejía como su novio. Si ustedes no me creen, vayan a ver a su abuelo Baudelino que los espera en Uribia. Él les contará en detalle sobre los desgraciados amores de una gitana que renegó de la tribu y se fugó con un amante. Dos años más tarde fueron asesinados por un gitano que nunca perdonó haber sido traicionado por la mujer que le había sido prometida en matrimonio.

 

Sin decir más, Martín salió de la casa, se abrió paso entre los curiosos y caminó bajo el sol abrasador por la calle principal de Arboletes, rumbo al embarcadero.

 

 

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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