Para disfrutarlos

Un santo varón

 

Don José María de la Fuente, era lo que podríamos llamar un santo varón. Doña Josefina, su madre, había inculcado en él desde su más temprana edad una profunda devoción por la religión, que lo había convertido en un creyente ferviente que atendía devotamente la misa dominical, la confesión mensual de sus pecados y la comunión. Terminó sus estudios de bachillerato más por las donaciones que su acaudalada familia hacía al colegio católico que por sus capacidades intelectuales.

 

Obviamente, cuando llegó a adulto se casó y cumplió responsablemente sus obligaciones de crecer y multiplicarse para gloria de Dios y de la iglesia, embarazando seis veces seguidas a su esposa en ocho años, hasta que ella no aguantó más el trajín y se le murió al dar a luz al último de sus hijos.

 

Al quedar viudo, sin dársele nada, traspasó el cuidado de sus hijos a sus hermanas solteronas y se fue a vivir a la capital de la provincia olvidándose de sus obligaciones de padre. La vida de la ciudad lo convirtió rápidamente en un hombre sofisticado de buen vestir, asiduo cliente de los mejores restaurantes de la ciudad y atendiendo cuanto evento cultural se presentaba. A pesar de este cambio de vida, nunca se olvidó de atender puntualmente la misa dominguera de las siete de la mañana y luego acompañar el grupo de oraciones para visitar enfermos en el vecindario.

 

Vivía solo en un  lujoso apartamento de tres alcobas en una unidad residencial en una de las colinas que dominaban la ciudad. El apartamento, como todos los de este moderno edificio, tenía dos balcones, uno interior con vista a un hermoso jardín y otro exterior con una magnífica vista panorámica de la ciudad.

 

Apartamento de por medio vivía Jacinto Rodríguez, había sido un ilustre profesor universitario de filosofía y literatura en sus buenos tiempos, poseía una extensa cultura, buen gusto musical, gran aficionado a la culinaria, muy buen conversador y fama de buen escritor. Ahora que estaba retirado pasaba la mayor parte del tiempo, bien fuera entretenido preparando sus propias comidas, escuchando música clásica, escribiendo o leyendo cuanto libro caía en sus manos. Su mejor entretenimiento era visitar las librerías donde pasaba largas horas departiendo con sus amigos y discutiendo los últimos acontecimientos que habían cambiado el mundo desde el infame ataque a las torres gemelas de Nueva York y la guerra contra el terrorismo que había servido de excusa para declararle, basándose en mentiras, la guerra a un país que fue la cuna de la civilización, destruirlo, matar miles de seres inocentes y hacer el mundo menos seguro, porque lo único que se había logrado era aumentar el terrorismo. Siempre terminaba sus peroratas sobre la situación mundial diciendo: “Hemos llegado a un punto tan avanzado en nuestra civilización que lo único que nos quedaba por hacer era acabar con ella”

 

Difería enormemente de su vecino Don José María en el sentido de ser un libre pensador y rechazar enfáticamente la existencia de Dios. Por razones que nadie conocía, a los sesenta y cinco años de edad seguía siendo un apetecido solterón. A pesar de tan contradictorias formas de ser y de pensar, ambos hombres sostenían una sólida amistad desde el día que se conocieron en la unidad residencial.

 

Un sábado en las horas de la mañana, ambos hombres observaron movimiento en el apartamento que los separaba de por medio. Había estado desocupado por dos semanas y seguramente alguien se pasaba a él. Desde sus respectivos balcones, se entretuvieron mirando a los nuevos inquilinos. Una hermosa mujer muy joven, acompañada por un joven de configuración atlética subiendo y bajando continuamente las gradas del edificio para subir los muebles y enseres que traían. Hacia las tres de la tarde terminó el movimiento y la calma usual retornó al edificio.

 

En las horas de la noche cuando Don José María se aprestaba a conciliar el sueño, sintió ruidos extraños. Le pareció escuchar que un tren lejano se aproximaba, luego el ruido se fue intensificando y sintió que todo el apartamento se sacudía. Sólo cuando unos gemidos y grititos de éxtasis se escucharon, pudo nuestro buen hombre darse cuenta que por esos lados no pasaba tren alguno y que los ruidos prevenían del apartamento vecino. Para su tormento, los ruidos se repitieron cinco veces durante la noche.

 

Al día siguiente, después de regresar de la misa y hacer el recorrido con los grupos de oración visitando enfermos, José María, al subir las escalinatas, se encontró con la nueva vecina que bajaba. Vestía unos pantaloncitos cortos y una breve blusa que dejaba casi al descubierto sus bien proporcionadas y generosas formas y unas magníficas piernas que hacían temblar las escaleras con su firme caminar. Cuando nuestro hombre empezó a abrir la boca para reclamarle por no dejarlo dormir, ya ella había desaparecido escaleras abajo. Continuando su camino, lo único que se le vino a la mente fue “tiene pura pinta de putica”. Cuando abría la puerta del apartamento, su vecino Jacinto salía. Dirigiéndose a él, le preguntó:

 

¿Vio usted a nuestra nueva vecina?

 

No, no he tenido la oportunidad todavía, ¿cómo le pareció?

 

Acabo de verla fugazmente cuando yo subía y ella bajaba, pero por la manera como camina y se viste, creo que deja mucho que desear.

 

Vamos, vamos José María, no juzgue por las apariencias. Recuerde que ella no vive sola. Creo que es casada, porque durante el trasteo estuvo acompañada todo el tiempo por un joven muy apuesto. Debe ser el marido.

 

No tiene necesidad de decírmelo, no me dejaron dormir durante toda la noche. La alcoba de ellos da contra la mía. No se alcanza usted a imaginar el daño físico y espiritual que produce dormir al lado de una pareja de fornicadores que no saben controlar sus emociones.

 

Jacinto dejó salir una amplia sonrisa escuchando las quejas de su vecino y se despidió de él, excusándose porque tenía algo urgente que atender esa mañana.

 

Cuando regresó unas tres horas más tarde a su apartamento, se encontró a la joven, que con cara de desconsuelo, estaba sentada en el piso al pie de la puerta del apartamento. Aproximándose Jacinto le preguntó que le ocurría.  

 

    Cómo le parece que he perdido las llaves del apartamento, o en algún descuido las dejé adentro.

 

—No se preocupe señora, yo soy Jacinto Rodríguez y vivo en seguida de su apartamento, el muro que divide los balcones interiores no es muy alto y si usted me permite, yo con mucho gusto, podría abrirle la puerta.

 

—No sabe cuanto se lo agradezco, es usted muy amable.

 

Unos minutos más tarde, Jacinto le abrió la puerta y le entregó las llaves que ella en su prisa había dejado olvidadas en la mesa del comedor.

 

Martina, que así se llamaba nuestra chica, después de presentarse, lo invito a tomarse un café y le contó que había venido de la provincia para hacer sus estudios de periodismo, ya que su mayor ambición era trabajar en uno de los diarios de la capital. Cursaba su último semestre y estaba a punto de graduarse.

 

Picado por la curiosidad, Jacinto le preguntó si el joven que la había acompañado durante el trasteo era su esposo, a lo cual ella le respondió sinceramente que no, se trataba de un compañero de estudios y que eran amantes ocasionales. Que él era un hombre casado y se había quedado a pasar la noche con ella. Ambos eran jóvenes y se sentían atraídos mutuamente sin que eso significara compromiso alguno. Consideraba que su prioridad número uno era terminar su carrera profesional y que los lazos emocionales por el momento eran una barrera para triunfar en la vida. Quizás en unos cuantos años más tarde podría pensar en matrimonio, pero por el momento lo descartaba.

 

—Entiendo perfectamente lo que usted me dice, cuando yo era joven en más de una ocasión pasé por la misma situación. Entre otras cosas, yo no estoy en capacidad de juzgar los actos de otras personas. Es usted y nadie más que usted la única persona que decide en su propia vida, sin embargo debe aceptar la responsabilidad que dichos actos conllevan.

 

De alguna manera, durante esta breve conversación se estableció un puente de comunicación y simpatía entre ellos, se sintieron a gusto y surgió un nexo de amistad entre dos seres que podrían tomarse como padre e hija. Jacinto aprovechó la oportunidad para invitarla a cenar al día siguiente en su apartamento.

 

Cuando ella llegó, Jacinto se quedó sin aliento. Con un vestido rojo ceñido al cuerpo y un escote que permitía ver unos senos erguidos y desafiantes. Era una chica simplemente sensacional, hermosa y sensual. Fue una velada deliciosa en todos los sentidos. Un par de copas de un buen vino como aperitivo, una delicada y deliciosa cena donde el salmón canadiense se combinaba armoniosamente con una ensalada marinera que el más exigente chef de cocina hubiera calificado de extraordinaria, música clásica ligera, todo ello acompañado por una entretenida conversación de temas varios que causaron una gran impresión en Jacinto por la agudeza intelectual de Martina, el buen hablar y un sutil sentido del humor y el calor humano que irradiaba. Sin embargo el centro de atención era la hermosura, el porte y la sencilla elegancia de su invitada que hizo que esa noche fuera para Jacinto un evento muy especial. Alrededor de las once de la noche, la acompañó la hasta la puerta del apartamento, sin condición de ninguna clase le prometió que el sería a partir del momento su tutor y que haría todo lo posible para ayudarla en sus estudios, luego se despidió dándole las gracias por la agradable compañía que había cambiado por completo su rutina.

 

A la mañana siguiente, cuando don José María salió al balcón interior a regar sus orquídeas, al llegar al muro divisorio, desde el cual se podía ver parte de la sala y el comedor del apartamento contiguo, pudo ver a la chica que limpiaba los muebles. Casi se desmaya porque caminaba completamente desnuda, tarareando alguna cancioncilla despreocupadamente mientras hacía el oficio. Escondiéndose para que ella no lo notara, pasó más de diez minutos espiándola. Sentía algo nuevo que le preocupaba, la extraña sensación de que lo qué hacía era indebido y pecaminoso, su respiración era agitada y sentía que su corazón palpitaba aceleradamente. Cuidadosamente regresó al interior de su apartamento, se sentó en su cómoda silla reclinomática y respiró profundamente hasta que su pulso regresó a su estado normal.

 

En la soledad de su vivienda pensó en su fallecida esposa. A pesar de haber tenido seis hijos, nunca la había visto desnuda a la luz del día, ni sentido esa extraña sensación que la mujer del apartamento vecino había despertado en él. Su noviazgo y posteriormente su matrimonio había sido convencional, contando con la aprobación de las familias, ya que de esta manera ambas partes se beneficiaban consolidando el poderío económico en la región. En su vida íntima, se comportaron normalmente dentro de las convenciones sociales, viviendo en el santo temor de la iglesia con una vida íntima que nunca les dio gratificación sexual  porque fue un amor frío y desapasionado y el contacto de sus cuerpos obedecían a los preceptos establecidos de crecer y multiplicarse. Haber dejado sus hijos a cargo de sus hermanas no le causaba remordimiento alguno, porque sabía que ellas cumplirían la misión de educarlos y levantarlos dentro de un ambiente religioso y conservador, lejos de las tentaciones, la corrupción y la violencia de las ciudades. Cuando llegasen a su mayoría de edad, cada uno sería libre de escoger su propio destino de la misma manera como él lo había hecho en el momento oportuno. El único problema que tenía ahora, era una atrevida mujer que andaba desnuda por el apartamento vecino y había despertado sensaciones que nunca había sentido antes. En solo cuatro días, habían ocurrido demasiado cosas que empezaban a perturbar la tranquilidad de José María. Para aumentar su preocupación, recordó que no había vuelto a ver el hombre que estaba con ella el sábado, confirmando su sospecha que ella era una putica que iba a cambiar la vida de quienes vivían en esta decente unidad residencial. Prueba de ello eran los ruidos que lo atormentaron la noche del sábado, la forma vulgar como se vestía y ahora la manera inmoral de andar desnuda todo el día por su apartamento. “Voy a tener que hacer algo para sacar a ese demonio de aquí, antes que convierta este edificio en un burdel”, pensó nuestro hombre.

 

Rompiendo su rutina, durante las horas de la tarde salió a caminar un buen rato, visitó la iglesia del barrio y durante un buen rato meditó sobre los últimos acontecimientos, los cambios que se presentaban en el mundo, el decaimiento de la conducta moral de los seres humanos, la violencia, el terrorismo, las drogas y el sexo que corrompía la juventud actual. Definitivamente era hora de iniciar una cruzada para recuperar los valores y tradiciones familiares e impedir que personas indecentes como su vecina, fueran a contaminar el oasis de paz y tranquilidad en que vivía.

 

Al llegar al edificio, se encontró con Jacinto en la portería y sin pensarlo dos veces le dijo que necesitaba hablar con el urgentemente. Llevándolo hasta el jardín para que el conserje no los escuchara,  le dijo que iba a recoger firmas entre los residentes para expulsar lo más pronto posible a la nueva inquilina del apartamento vecino.

 

—¿Y se puede saber las razones que tienes para hacerlo? —preguntó Jacinto un poco molesto por tan inesperada acción.

 

—¿Te parece poco lo que ha pasado a nuestro alrededor en solo cuatro días que esa mujer lleva viviendo aquí? Durante la noche del sábado no me dejaron dormir con los ruidos infernales y concupiscentes propios de los pecadores, tiene un marido que desapareció desde el domingo y como si fuera poco es una mujer pervertida que anda desnuda todo el día por el apartamento.

 

—Pues la verdad es que no veo como diablos tú estás juzgando a una persona que no conoces y a propósito, ¿Cómo sabes que ella anda desnuda en su propio apartamento?

 

—Eso fue algo que ocurrió sin yo quererlo, cuando regaba mis plantas en el balcón, pude verla caminando completamente desnuda por su apartamento. Estuve allí varios minutos y creo que una persona normal y bien educada no hace eso.

         

—Yo creo que eso de espiar a alguien es una violación al derecho de privacidad que tenemos los seres humanos. Vamos mi estimado amigo, creo que tu estás imaginándote cosas que no corresponden con la realidad. —Le respondió Jacinto, agregando —es mejor que no te precipites, espera a conocer a esa chica y después, la juzgas y haces lo que consideres pertinente. Por parte mía, me opongo rotundamente a firmar papel alguno y así se lo manifestaré a los demás habitantes de la unidad. Creo que no tenemos más que hablar sobre este asunto.

 

Disgustado por la conversación con José María, Jacinto regresó a su apartamento y pensó que lo mejor que podía hacer, era organizar una reunión con las dos personas en cuestión para que se conocieran mejor. Sin decirles nada, los invitó por separado y con media hora de diferencia para cenar el siguiente sábado. Una vez tuvo confirmación, el viernes visitó los almacenes e hizo las compras necesarias para la velada. El día indicado, se levantó temprano, arregló perfectamente el piso, puso unos cuantos floreros para adornar el comedor y desde media tarde se dedicó a preparar con el mayor esmero los  platos con lo mejor de su extenso repertorio culinario, de manera tal que a las siete de la noche todo estaba preparado para recibir a sus invitados.

 

José María llegó puntualmente con un par de botellas de buen vino francés. Los dos hombres se sentaron en la sala y mientras escuchaban música clásica, conversaron animadamente mientras disfrutaban del vino. Media hora más tarde sonaron unos golpecitos suaves en la puerta. José María casi deja caer el vaso de la enorme sorpresa que se llevó cuando vio entrar a Martina. Estaba simplemente sensacional. Turbado, colorado, balbuceante, casi que no se puede poner de pie para saludarla. La había visto fugazmente dos veces, la había espiado cuando estaba desnuda en su apartamento y sin embargo nunca la había tenido frente a frente y mucho menos acercándosele para darle un beso de saludo, mientras un sutil perfume lo embriagaba. ¡Era una aparición divina! No sabía si desaparecer o gritar de la emoción de tener semejante monumento junto a él. De reojo miró a Jacinto quien sonreía maliciosamente, como disfrutando  enormemente del momento.

 

Le tomó varios minutos tranquilizarse y otros tantos mientras salía de la sorpresa para poder participar en la conversación que sus dos acompañantes sostenían. La verdad es que no sabía qué hacer o decir. Finalmente con la ayuda de otro vaso de vino pudo sentirse cómodo y se animó a participar en la conversación. Rápidamente se dio cuenta que ella era una chica vivaz, inteligente, curiosa y muy buena conversadora. Sin darse cuenta empezó a sentirse intensamente interesado y cautivado por la chica, quien además de despierta era diabólicamente atractiva, especialmente con ese sentado con las piernas cruzadas que le mostraba unos muslos y unas curvas que le quitaban la respiración y un escote que dejaba ver el nacimiento de unos senos firmes y provocativos.

 

Para su alivio, pasaron al comedor y mientras cenaban, conversaron animadamente. Después de la cena, Jacinto cambió la música y al ritmo de los sones del Caribe pasaron una velada inolvidable ya que Martina con su simpatía y desparpajo, los invitó a bailar y ambos revivieron sus años juveniles. Al tener a esta hermosa chica en sus brazos, José María se sintió llevado al paraíso, al infierno y al purgatorio simultáneamente. La verdad es que no supo cómo pudo controlarse para no besarla y  acariciarla mientras bailaba.

 

Pasadas las doce de la noche se despidieron de Jacinto y caminando un poco tambaleantes por los muchos vinos, José Maria la acompañó hasta la puerta del apartamento y al despedirse le dijo torpemente “Cuánto quisiera tener veinte años otra vez. Creo que voy a soñar contigo”. Sonriendo Martina le dio un beso en la mejilla y le dijo “eres un viejo picarón, el único problema es que tú no eres mi tipo ¿entiendes? que pases buena noche”.

 

Mientras caminaba tambaleándose hacia su apartamento, José María repetía disgustado “tú no eres mi tipo, tú no eres mi tipo, tú no eres mi tipo, ¿quién diablos se habrá creído que es la putica esta?

 

Tal como lo dijo al despedirse, esa noche al acostarse, la imagen de Martina empezó a atormentarlo con imágenes eróticas que no había tenido desde su pubertad muchos años atrás. La veía llegar desnuda en todo su esplendor, y mientras le decía frases amorosas, se metía en su cama y empezaba a acariciarlo desvergonzadamente hasta que perdía completamente el control y sentía esas terribles urgencias que hacía tantos años no experimentaba. Las horas pasaron desesperadamente hasta que finalmente al alba se levantó ojeroso y desanimado y pensó que lo mejor era ir a la misa de las siete de la mañana para olvidar sus debilidades.

 

Durante la misa, las cosas pasaron de castaño a oscuro porque José María hacía esfuerzos sobrehumanos para olvidar a la chica, pero ésta se le aparecía en medio de las oraciones y se le metía muy adentro por entre el yo pecador, los padrenuestros y las avemarías, susurrándole frases de amor y acariciándolo descaradamente hasta que no pudo aguantar más y tuvo que regresar corriendo a su apartamento a darse una larga ducha de agua fría para calmar sus malos pensamientos. Ese día canceló las visitas con los grupos de oración y se pasó todo el día, oculto por las matas, mirando por el balcón con la esperanza de ver a Martina. Las horas trascurrieron lentamente mientras el desespero llenaba de angustia a José María. Finalmente en las horas de la tarde, ella apareció acompañada por el joven que le había ayudado en el trasteo. Furioso por la presencia del muchacho a quien ahora consideraba su enemigo, salió de su apartamento y caminó muchas horas sin ningún destino.

 

La caminata tampoco le sirvió de nada, porque mientras vagaba por las calles de la ciudad, pensaba que en esos momentos, ese par de desvergonzados estaban haciendo el amor. Finalmente, frustrado y aburrido regresó al apartamento, justo en el momento en que el joven enemigo salía del apartamento de Martina. Mirándolo de arriba abajo, dijo para sí “Ahí va el fornicador de mierda”. Por un instante quiso devolverse para empujar al muchacho escaleras abajo para que se matara. Abrió la puerta en el momento en que el teléfono sonaba. Era una de las devotas feligreses preguntándole porque no los había acompañado en las visitas a los enfermos a lo que José María le respondió de mala gana:

 

−Yo no creo que vuelva a salir con ustedes. He tenido una serie de problemas encima y la verdad es que necesito tiempo para resolverlos. Por favor déjenme tranquilo que a su debido tiempo les informaré si continúo o no con el grupo.

 

A partir de ese momento, José María de la Fuente, se dedicó a espiar desde el balcón y esperar ansiosamente la aparición de Martina, bien fuera desnuda o vestida. Para lograr una mejor vista del apartamento sin que ella lo descubriera, armó cuidadosamente un juego de espejos entre las matas y así podía verla sin preocupaciones desde su silla reclinomática. En estas ocupaciones se la pasó varios días hasta que se dio cuenta que estaba profundamente obsesionado con una chica que debía ser de la misma edad o menor que sus propios hijos. No sabía cómo evaluar los sentimientos que esa muchachita creaba en su ser. Se sentía desesperado y ansioso de verla, de tocarla, de acariciarla y disfrutar hasta el frenesí  de su cuerpo. Era consciente de que el deseo sexual era lo único que lo atraía de ella.    

 

El siguiente domingo madrugó como siempre a la misa de siete y arrepentido de todos sus malos pensamientos de la semana, al terminar la misa rezó siete veces el “Yo pecador” dándose fuertes golpes en el pecho tratando de alejar la imagen de Martina, y luego se dirigió al altar de la virgen del Carmen, que era su favorita, para pedirle que le ayudara a olvidarla. Al mirarla mientras le rezaba, se dio cuenta que el rostro de la virgen se transformaba y en su lugar apareció resplandeciente el rostro de Martina que le sonreía. Luego moviéndose como si estuviera bailando, se despojó de su manto y lo dejó caer al suelo. Al empezar a desabotonarse coquetamente la blusa, José María no resistió más y se desplomó en el suelo como si hubiera sido fulminado por un rayo.

 

Una de las feligreses que asistió a la misa y que era compañera de los grupos de oración, más tarde le comentó a sus amigas, que Don José María había muerto en estado de santidad porque en su rostro tenía una sonrisa angelical, propia de aquellos que mueren en la gracia de Dios.

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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