Para disfrutarlos

Ese hombre...

 

Al mediodía llegaron los helicópteros. Como gigantescas libélulas se posaron en la mitad de la plaza de la aldea y los soldados empezaron a cargar en sus vientres a los muertos y heridos. El capitán García se veía demacrado y de mal humor. Gritando órdenes acosaba a sus muchachos para que se apresuraran y así poder alejarse lo más pronto posible de ese maldito lugar. No entendía como había sido posible que tan pocos guerrilleros le hubieran matado treinta soldados. En el fondo sabía que era su culpa, se había confiado en la información que le suministraron el inspector de policía y algunos campesinos de la región. Se había dejado acorralar en la hondonada sin forma de defenderse de la lluvia de balas cuando los guerrilleros los sorprendieron.

 

Pero sus muchachos, sus soldados niños, lucharon a brazo partido y se defendieron causando unas cuantas bajas a los guerrilleros. Le había dolido en el alma verlos morir. Hubiese querido que una bala perdida acabara con su propia vida y no tener que ver que de un pelotón de cuarenta y dos soldados sólo sobrevivieran una docena.

 

Le parecía como si el destino le hubiese puesto una coraza invisible para protegerlo de la muerte y a la vez castigarlo, ya que fue el único que salió del combate completamente ileso. Era una enorme pérdida para las fuerzas armadas y para las familias. Sus órdenes eran las de acabar con el grupo guerrillero que se había apoderado de la región y había fallado porque desestimó la capacidad del enemigo y cayó incautamente en la celada que le tendieron. Hasta allí había llegado su carrera militar.

 

Antes de subir de último al helicóptero, le gritó con rabia al inspector de policía:

 

Allá arriba en la hondonada, hay varios guerrilleros muertos. Si le da la gana mande al sepulturero a que haga una fosa común y los entierre y si no, déjelos que se pudran donde están.

El inspector hizo buscar a Sandalio, el todero del pueblo y le encargó la tarea de enterrar a los guerrilleros muertos en el sitio donde se encontraban los cadáveres. Éste preparó su carreta y las herramientas y azuzando a su viejo caballo, lentamente inició la subida hacia el sitio indicado acompañado por el monótono y triste chirriar de los hierros oxidados de las ruedas que sonaban como si fueran cantando un réquiem por los muertos.

 

Cuando llegó a la hondonada, desde el pescante pudo contar siete cuerpos entre los arbustos. Los bajó a un pequeño llano e inició la excavación de la fosa. Hora y media más tarde decidió descansar un rato y con la calma y la resignación de quien ha sufrido demasiado y ha visto muchos muertos, se sentó en una piedra, tomó un poco de aguardiente y prendió un tabaco. Se asustó cuando escuchó un gemido. Miró detenidamente los cuerpos tratando de encontrar una señal de vida. No, todos estaban bien muertos. De eso estaba seguro cuando los bajaba al hombro. Volvió a escuchar el gemido. Se aproximó y revisó detenidamente a cada uno. Para estar más seguro aproximó su oído al rostro de los guerrilleros tratando de detectar algún aliento, una señal de vida. Nuevamente escuchó el gemido, pero esta vez supo con certeza que no era ninguno de ellos. Venía de otro lugar. Mientras caminaba buscando de donde provenía, se tomó otro aguardiente, le dio varias chupadas al tabaco y se internó en un pequeño bosquecillo que seguramente los guerrilleros utilizaron para emboscar a la tropa.

 

 En medio de unos arbustos de zarzamoras encontró la persona que gemía, yacía bocabajo, semi- inconsciente, enredada entre las ramas espinosas. Con dificultad logró sacarla y pudo ver que había sangrado profusamente ya que en su ropa se notaban costras de sangre reseca en un muslo y un poco más abajo de la clavícula izquierda. Tenía el pelo corto, casi rapado y su rostro camuflado con pinturas negras. Fácilmente cargó al herido en sus brazos y lo llevó a la carreta, Sandalio era un hombre fuerte acostumbrado a los trabajos duros del campo. Cuidadosamente lo colocó en el piso y lo cubrió con unos costales, regresando a terminar su labor de sepulturero. Cuando estuvo listo para regresar, cortó unas cuantas ramas de los árboles aledaños y los colocó cuidadosamente en la carreta, cubriendo el cuerpo para que nadie se percatara de que llevaba a un sobreviviente del combate.

 

Era casi de noche cuando pasó de regreso por el pueblo. Paró en la estación de policía e informó al inspector donde había sepultado a los guerrilleros y se dirigió a su rancho en las afueras del pueblo.

 

Con mucho cuidado bajó al herido de la carreta, que estaba inconsciente por la pérdida de sangre, lo acomodó en su propio catre, luego sacó agua del aljibe y después de hervirla empezó, primero a limpiarle el rostro y luego a quitarle la ropa para lavar sus heridas. Al remover su camisa, se sorprendió enormemente al darse cuenta de que era una mujer. Dos hermosos y firmes senos quedaron descubiertos ante sus ojos. Por unos segundos se sintió confundido y sin saber qué hacer. Hacía muchos años no veía los senos de una mujer. Prosiguió su tarea de desvestirla. Era joven, le calculó entre veinticinco y treinta años, su rostro de facciones finas y agradables, el color de su piel trigueña y su cuerpo bien proporcionado. A su memoria volvió el recuerdo de la esposa. Desde su trágica muerte nunca había visto una mujer desnuda. Sacudió la cabeza como espantando malos pensamientos, apuró un buen trago de aguardiente y con unos trapos que cortó de una de sus camisas, empezó a limpiar las heridas que no se veían nada bien, especialmente la  que tenía cerca del hombro que, la bala, en su trayectoria debía haberle destrozado la clavícula dejando un boquete grande por donde salió. La herida del muslo no tenía señales de salida, clara indicación que el proyectil estaba todavía incrustada en sus carnes. Aprovechando que la guerrillera estaba inconsciente sacó su navaja, la puso un buen rato en las llamas del fogón y luego la limpió con agua hirviente. Palpó en el muslo hasta que localizó la bala y con un corte firme hundió el acero y extrajo el plomo.

 

Salió al patio de su rancho y ayudado por una linterna buscó matas de llantén y yerbabuena. Preparó un emplasto con esas hierbas, se las aplicó en las heridas y las cubrió con vendas que cortó de la misma prenda. Escogió su camisa dominguera, la vistió lo mejor que pudo, la cubrió con una cobija y nuevamente salió del rancho sentándose en una rústica silla. Tomó un largo trago de aguardiente y prendió un tabaco. Al aspirar el humo, miró hacia el cielo, contempló las estrellas y dijo para sí, “¿hasta cuándo tenemos que sufrir  esta locura colectiva?”. Estaba ayudando a una guerrillera, le había salvado la vida. ¿Y qué iba a pasar cuando el ejército o los paramilitares se enteraran? No faltaría quien les soplara que él estaba colaborando con la guerrilla. Sería su fin. ¿Pero, no era su obligación tratar de salvar la vida de un ser humano?. Dio una larga chupada a su tabaco y empezó a recordar sus desgracias personales, las desgracias de la aldea, las desgracias del país.

 

Todo había empezado doce años atrás cuando el genocidio de Caño Claro. Se había salvado porque con su hijo mayor y cuatro compañeros habían ido al monte a cortar madera. Cuando regresaron en la tarde al pueblo, la guerrilla lo había destruido. Su mujer, la esposa adorada y compañera por veinte años y su hijo menor estaban muertos. Muertos también veintidós campesinos y los cinco policías del pueblo víctimas inocentes del ataque de un grupo guerrillero, que sembrando de cruces los cementerios de los pueblos pregonaba  que de esta manera le hacía la guerra al gobierno para salvar la patria.

 

Pocos días después de esta tragedia, su hijo que frisaba los diez y ocho años desapareció; jamás volvió a saber de él. Nunca supo si vivía o si había sido otra víctima de esta guerra sucia. La tragedia de Caño Claro lo había dejado solo en el mundo. Durante mucho tiempo lloró la pérdida de los seres queridos hasta que su dolor se transformó en rabia y frustración contra dios, la iglesia, el gobierno y los políticos. Todo aquello que le habían inculcado desde niño era mentira. Sus estudios de bachillerato nocturno por la radio, aunque le habían enseñado muchas cosas no lo habían servido para nada, ya que  siguió amarrado al campo y a la pobreza y ahora no entendía por qué ellos, los campesinos buenos y honestos que trabajaban  de  sol a sol tratando de sobrevivir de lo poco que la tierra les daba, eran  las víctimas inocentes de una guerra inhumana y sin sentido entre guerrillas, paramilitares y el ejército. Esta guerra se extendía por todo el país como un cáncer maligno destruyéndolo todo. Quienes no morían tenían que abandonar la tierra y sus escasas pertenencias y buscar refugio en los extramuros de los pueblos y las ciudades viviendo en casas de cartón donde sufrían una especie de muerte en vida que los condenaba al abandono, el hambre, la miseria y el olvido. 

 

Fue esa guerra sucia la que lo impulsó a marcharse en un largo peregrinar de pueblo en pueblo alquilando sus servicios en cualquier oficio, tratando de olvidar la tragedia de su vida y encontrar un sitio donde vivir en paz. Llevaba dos años establecido tranquilamente en esta pequeña aldea, hasta que la guerrilla llegó a las montañas de la región y empezó a incursionar en el pueblo, exigiéndoles colaboración a los campesinos con alimentos, medicinas y ganado. El inspector de policía, informó a las autoridades sobre la presencia guerrillera en el área y todo había culminado con la llegada del ejército y la trágica emboscada y muerte de los militares ese día.

 

Sus reflexiones fueron interrumpidas por un gemido fuerte, la guerrillera había recobrado el sentido. Corrió a atenderla, le tocó la frente. Ardía de la fiebre. Pasó la noche en vela, aplicándole compresas de agua fría. Así transcurrieron tres días en los cuales la chica herida se debatía entre la vida y la muerte. Finalmente los remedios caseros empezaron a rendir sus frutos y la joven empezó a recuperarse.

 

Dos días más tarde, ayudó a la guerrillera, todavía débil a salir al patio, la sentó en una silla para que se asoleara y mientras le servía una taza de café negro y un pedazo de pan, le contó brevemente quien era él y como la había encontrado y traído al rancho.

—Le agradezco mucho su ayuda y espero que no tenga problemas por mi culpa. Conozco perfectamente lo que le puede pasar. Tan pronto me recupere me voy nuevamente a la montaña.

 

Cuénteme de usted. ¿Por qué está metida en la guerrilla?

 

—Es muy simple, mi nombre de guerra es Olga. Mientras mi mamá se quebraba la espalda lavando ropa para los ricos de mi pueblo, el degenerado de mi padrastro me violó cuando yo tenía nueve años. Cuando le conté a mi madre, me dio una bofetada y me llamó mentirosa. Me fui a vivir con una tía. Desde ese día juré vengarme de los miles de individuos que abusan de los niños sin que nadie haga nada para castigarlos. Mientras estudiaba el bachillerato me uní a las juventudes comunistas y cuando tenía diecisiete años me fui al monte con la guerrilla. Después de mi entrenamiento militar, la primera incursión en la que tomé parte, fue en mi pueblo. Yo misma ajusticié a ese infeliz.

 

—Bueno, supongo que usted tenía una razón personal. Pero tenga en cuenta que el que a hierro mata, a hierro muere.

 

Como si se hubiese abierto una válvula de escape, las palabras que durante doce años habían permanecido entre pecho y espalda oprimiéndolo y que él no había sido capaz de decir, empezaron a salir a borbotones por los labios de Sandalio que en frases entrecortadas por los sollozos, le dijo a la guerrillera:

 

—Sin embargo creo que ustedes los de la guerrilla perdieron sus ideales desde hace mucho tiempo, si acaso los tuvieron, cuando no contentos con el secuestro y la extorsión, empezaron a financiar sus operaciones contra el gobierno con los dineros del narcotráfico. Por otra parte las únicas víctimas de este conflicto armado somos los campesinos. Nosotros no contamos ni para ustedes ni para los paramilitares ni para el ejército y mucho menos para el gobierno. Simplemente somos los que ponemos los muertos y perdemos nuestras tierras porque no tenemos alternativa. O nos matan ustedes o nos matan los paramilitares que al fin y al cabo son sus hijos naturales. Porque fueron ustedes, la guerrilla,  los que forzaron a la gente con la ayuda de los militares a crear los paras para defenderse de sus extorsiones, secuestros y asesinatos. Lo que no previeron los del gobierno es que  ellos se le salieron de las manos y se convirtieron en narcotraficantes y asesinos despiadados como ustedes. Yo soy una víctima como lo fue usted, la guerrilla acabó con mi familia, mataron a mi mujer y a mis hijos pero jamás pensé en tomarme la justicia por mi propia mano. Lo único que deseo fervientemente es que algún día esta puta guerra se acabe y que todos podamos vivir en paz. ¡A mí no me venga a decir que ustedes son la salvación del país porque eso es mentira! Uno no salva la patria matando a los campesinos inocentes, haciéndolos abandonar sus ranchos, enterrando minas quiebra patas en nuestro sembrados, destruyendo las torres eléctricas y volando los oleoductos para polucionar los ríos con petróleo y acabar con los pocos recursos naturales que nos quedan. ¡Malditos sean ustedes, los paramilitares, el ejército, los políticos corruptos que desde sus curules negocian nuestras vidas y nuestras tierras y se llenan los bolsillos de plata y los intelectuales que desde sus cómodos escritorios avivan esta guerra infame y lo único que han logrado hacer es acabar con nuestra Colombia!... ¡A mí no me vengan a hablar de derechas o de izquierdas, todos son iguales, porque a nosotros los pobres cuando no nos matan con balas fratricidas, comemos mierda y nos morimos de hambre porque los campos han sido fumigados con algo peor que los pesticidas; la violencia, el odio, el rencor, el deseo de venganza, las mentiras cuando hablan de negociaciones de paz haciendo la guerra  y cada grupo envuelto en este conflicto seguirá justificando sus acciones y crímenes, culpando a los otros de los males del país. Hasta cuando… ¿Hasta cuando tenemos que sufrir esta desgracia, dios mío?

 

Escondió la cara entre las manos y mientras su cuerpo se sacudía, lloró amargamente por un buen rato.

 

Al verlo en ese triste estado, las lágrimas empezaron a rodar por la mejilla de la guerrillera. En ese momento entendió el significado de la palabra dolor en toda su extensión. Durante unos minutos, ambos guardaron silencio como si no hubiese nada más que decir.

 

De repente el aire empezó a llenarse con el agudo sonido de los motores de propulsión a chorro. Señalando hacia el cielo y secándose las lágrimas con el dorso de su otra mano, Sandalio le dijo a Olga:

 

—Mire, allí vienen los aviones a acabar con sus compañeros. Ustedes les mataron mucha gente y ahora vienen a desquitarse.

 

 Durante el resto del día vieron como los aviones de caza sobrevolaban una y otra vez las montañas de los alrededores del pueblo, dejando caer sus “palomas de la paz”.

 

Al día siguiente, mientras se asoleaba después del desayuno, Olga le dijo a Sandalio:

 

—Quisiera bañarme, ¿Me puede ayudar?

 

Diligentemente sacó agua del aljibe, la tibió en el fogón por unos minutos y luego vertiéndola en un aguamanil se la llevó, también le llevó jabón y estropajo. Trató de retirarse pero ella se lo impidió diciéndole que tenía que ayudarla ya que sus heridas le impedían echarse el agua y jabonarse.  Tomó una vasija y cuando le iba a  echar el agua, ella lo detuvo y le dijo con toda tranquilidad:

 

—Sandalio, tiene que desvestirme primero.

 

Sus manos le temblaban cuando le quitó la camisa. Mientras le echaba agua y la jabonaba, al sentir la piel suave y tersa de la guerrillera, extrañas y olvidadas sensaciones revivieron. Aumentando su inquietud, los recuerdos de la mujer que amó con toda su alma giraban como torbellinos en su cabeza. Hacía tantos años que no hacía el amor. Suavemente pasó sus manos por la espalda, más que limpiando, acariciándola, luego por sus pechos y vientre. Mientras la secaba, miró a la guerrillera detalladamente, contempló su rostro atractivo, sus ojos que lo miraban con dulzura, sus senos firmes, sus muslos y luego cerrando sus ojos dijo para sí “De verdad que es bonita la morochita, como me gustaría que se quedara a vivir conmigo.”

 

La vistió con las prendas militares que él había lavado dos días antes, la ayudó a caminar hasta el catre para que reposara. Cuando se retiraba Olga le dijo sonriendo:

 

—Me parece que estaba usted muy nervioso, Sandalio. Muchas gracias de todas maneras. No sabe cómo me hizo de bien sentir sus manos en mi cuerpo. Debo confesarle que por primera vez en mi vida he sentido que un hombre bueno acariciaba mi cuerpo sin forzarme a hacer algo en contra de mi voluntad. Usted me ha hecho sentir como si fuera una mujer limpia y pura que quisiera alejarse para siempre del mundo infame en el que he vivido por tantos años. No sabe cuánto le agradezco que me haya ayudado y como me siento de feliz de haberlo encontrado en mi camino. Quizás el destino nos está dando otra oportunidad.

     

Él se sonrojó y cerró la puerta del rancho. Caminó hasta el corral, preparó su destartalada carreta y se fue, apurando al caballo que inició un alegre trotecillo haciendo que los hierros oxidados de las ruedas sonaran como una tonadilla de amor, mientras se dirigía al pueblo a comprar provisiones para la semana. Iba contento y por primera vez en muchos años sonreía. Sentía algo nuevo, como si después  de andar mucho tiempo sin rumbo por la oscuridad de la selva, la luz del sol empezaba a filtrarse entre los árboles, indicándole que muy pronto encontraría el camino de salida a sus pesares y sufrimientos.

 

En un recodo del camino se encontró con un campesino que con un gesto de preocupación en su rostro,  caminaba apresuradamente en sentido contrario y al pasar por su lado se detuvo y le dijo que tuviera cuidado, los paramilitares estaban en el pueblo y habían matado al inspector de policía y buscaban las personas que colaboraban con la guerrilla.

 

Sintió miedo y angustia. Inmediatamente se devolvió, tenía que decirle a Olga que se fuera del rancho y se escondiera en el monte, que estaban en peligro. Esta vez acosaba al caballo con el látigo haciéndolo galopar al límite de sus fuerzas. Demasiado tarde, cuando llegó, se encontró con seis individuos en trajes militares, con los rostros cubiertos por pasa montañas para ocultar su identidad. La guerrillera yacía desnuda en un charco de sangre, acribillada a bala. Violentamente lo bajaron de la carreta y una lluvia de puños y culatazos lo derribaron, luego lo maniataron y arrastrándolo por el suelo reseco lo llevaron a la presencia de un individuo quien se identificó como el comandante Rogelio.

 

—Usted ha escondido y cuidado a una guerrillera en su rancho y este es un delito grave que nosotros no perdonamos.

 

Dirigiéndose a sus hombres, les dio la orden de amarrarlo a un árbol y fusilarlo. Uno de los paramilitares se dirigió al comandante y pidió hablarle en privado.

 

—Compañero Rogelio, quiero solicitarle que me exima de ser parte del pelotón de fusilamiento.

 

—Usted está desobedeciendo una orden. ¿Tiene alguna razón justa para solicitarme eso?

 

—Si comandante, ese hombre…  es mi padre.

 

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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