Para disfrutarlos

Delirios

 

Me miran. En sus ojos hay temor, angustia. Deben ser de mi familia, pero no los puedo identificar. No me puedo mover, me duele todo el cuerpo. Trato de hablar y de mis labios sólo salen sonidos inarticulados, sé que no son palabras porque me siguen mirando tratando de encontrar significado a lo que digo. Sus rostros empiezan a esfumarse como volutas de humo. Desaparecen. Creo que me estoy durmiendo.

 

Empiezan los ruidos, taladran, desclavan, oigo murmullos. Empiezan a mover las paredes, hacen el cuarto más pequeño. Ponen una ventana que no mira a ningún lado. Está ciega, contra un muro de ladrillos. Ponen la puerta donde está el abismo. Quieren que salga por ahí, que caiga al vacío.

 

Los constructores terminan su trabajo y se marchan. Es el turno de los roedores. Alguien empieza a roer las paredes, oigo sus dientes mordisqueando la madera de la pared. Sus horribles hocicos aparecen por el hueco. Comen la madera con desespero, se paran en sus patas traseras y redondean el hueco y lo hace más grande. Los roedores inmundos me miran y sonríen, en sus ojos veo la maldad. Se marchan satisfechos, han hecho su trabajo.

 

Ahora es el turno de los otros. Los hombrecillos retuercen sus cuerpos y salen por el hueco. Tienen vestidos de cirujanos, sus mascarillas me impiden identificarlos. Se acercan a la cama. Trato de esconderme debajo de las cobijas. Me las quitan, me desnudan. Tienen manos fuertes. Me levantan los brazos, me examinan, me doblan las piernas, me voltean, doblan mi cuerpo, violan mis carnes con sus agujas que penetran profundamente, me inyectan un veneno dulce. Oigo que dicen “tranquila, tranquila, todo salió bien. Ahora duerma”.

 

Me llevan por corredores interminables. Un ascensor, más corredores. Entro a cirugía. Me cortan, me chuzan. Me regresan a la sala. Salto de la cama y corro desesperadamente, los hombrecillos me persiguen. No puedo respirar del cansancio, me asfixio, caigo al suelo, resbalo, ruedo por una pendiente sin fin. Me levanto y sigo corriendo, estoy desnuda, hace frío, ventea. Grito, nadie me escucha, nadie me ayuda. Los hombrecillos me alcanzan, se ríen, me toman de los brazos y las piernas, me arrastran por el piso hacían el hueco. Entran ellos primero y me tiran de las piernas. Soy muy grande, no paso, siguen tirando, me estiran como si fuera de plástico. Finalmente con un ¡Plof! paso al otro lado del hueco. Se ríen a carcajadas y me dejan allí, al otro lado del mundo, al otro lado de la vida.

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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