Para disfrutarlos

El tren de las ilusiones

Odio ir a la ciudad en el carro. Me siento frustrado en mitad de la congestión de tráfico sin poder avanzar, sin encontrar en la calle un sitio donde dejarlo, lo cual me obliga a buscar un parqueadero que cuesta un ojo de la cara. La verdad es que los dueños de esos sitios son unos atracadores que nos roban con el beneplácito de las autoridades. Por esa razón, cada vez que debo ir, prefiero tomar el tren como lo hice esta mañana.

 

A las nueve tomé el tren en Gosford  que es el pueblo donde vivo. Ya ha pasado la hora pico, así es que hay menos pasajeros y podemos darnos el lujo de viajar cómodamente sentados. Como siempre busco la ventanilla del lado izquierdo porque, a los pocos minutos de marcha, el tren bordea el mar y nos regala un hermoso paisaje de la costa de la región donde vivo. Diez minutos más tarde para en el próximo pueblo con nombre aborigen “Woy Woy”. Unos pocos se bajan y un ruidoso grupo de estudiantes con sus profesores se suben felices porque los llevan para el zoológico en la ciudad. Estoy de buenas, esos ruidosos muchachos pasan derecho y se mueven al siguiente vagón del tren dejándonos en paz disfrutar del viaje.

  

Seguimos el viaje, el tren deja brevemente el mar y se desliza como una gigantesca serpiente de plata entre los bosques de eucaliptos. Luego entra en un túnel y a la salida nos encontramos en el inmenso estuario del rio Hawkesbury que desemboca al mar en una villa de ensueño llamada “Patonga”. La vista es simplemente extraordinaria. Un inmenso espejo de agua reflejando el paisaje, unos patos de colorines que pasan volando en fila india y me dicen adiós con su cua cua, de cuando en cuando peces saltando en el agua cazando insectos. Los habitantes de esta región tienen sus criaderos de ostras, que son de una enorme demanda en los restaurantes de Sydney. Sigo disfrutando de este lindo paisaje, hasta que pasamos un largo puente  sobre el rió y el tren para en la estación de un hermoso y pequeño pueblo turístico llamado Brooklyn y al reiniciar la marcha empieza a ascender la montaña.

 

A partir de este momento, vamos a viajar entre los bosques hasta que subimos a la cima y se inicia el descenso hacia la ciudad. Como el paisaje cambia y es menos interesante, saco mi libro de los maestros latinoamericanos y me dedico a releer a Borges. No sé cuantas veces he leído al maestro, pero cada vez me gusta más esa manera magistral de llevarnos al mundo de los sureños de la pampa argentina con su forma primitiva y ruda de vivir sus sueños, sus realidades y sus amores desgraciados. Leo “La intrusa” En este cuento me fascina la manera como Borges describe la vida de los Nilsen y esa frase machista y dolorosamente hermosa cuando Cristián le dice a su hermano Eduardo “Yo me voy a una farra en lo de  Farías. Ahí tenés a la Juliana; si la querés usala”.

 

Sigo absorto dedicado a disfrutar de cada palabra, cada frase que sale de la inspiración de este gran maestro. Siento que el tren disminuye la marcha, para en otra estación, sigo leyendo. Alguien pasa por mi lado y se sienta al frente. Un perfume de gardenias y jazmines entra hasta lo más profundo de mí ser. Dejo el libro y levanto la vista. Y allí, allí al frente mío, está esa hermosa criatura. Por tres segundos me mira con ojos  llenos de promesas de amor y un esbozo de sonrisa a manera de saludo que me deja sin respiración.

 

Cierro el libro y a partir de ese momento me olvido del maestro, y con el mayor disimulo posible me dedico a disfrutar de esta  obra de arte que se ha sentado al frente mío. Tiene un rostro perfecto de madona del renacimiento, unos senos enhiestos desafiantes y provocativos. La verdad es que me faltan palabras para describir su belleza, porque es esa clase de mujerque  nació para amar y ser amada. Creo que es amor a primera vista. Para evitar molestarla con mi mirada, la enfoco a través del reflejo de la ventanilla, allí está de medio perfil y se ve más hermosa todavía.

 

Cierro los ojos y empiezo a imaginar cómo este viaje fortuito podría cambiar mi vida para siempre si me atreviera a dirigirle la palabra para decirle que desde el momento que sentí su perfume embriagador me enamoré perdidamente de ella. Debo confesar que soy un hombre mayor y casado y mirando a esta mujer siento una especie de crisis interna porque no sé cómo voy a decirle a mi mujer de cuarenta y tres años de matrimonio, que en este tren he encontrado el amor de mi vida y que estoy pensando seriamente en separarme. Me imagino que se va a poner furiosa que a estas horas de la vida vaya a cambiarla por una chica que parece ser menor que la menor de nuestras  cuatro hijas. 

 

El tren hace otra parada. Una mujer excedida de kilos se sienta al lado mío y prácticamente me aplasta. No me cambio de asiento porque prefiero morir asfixiado que dejar de contemplar a la mujer de mis sueños. Sigo soñando despierto que este ha sido el día más afortunado de mi vida y que de ahora en adelante todo va a ser felicidad. Ahora contemplo seriamente que lo que debo hacer es presentarme debidamente a esta criatura. Claro está, que debo escoger el momento oportuno, si mi vecina de asiento se baja del tren y me deja respirar. Como si Dios me hubiera escuchado, la señorase baja del tren en Asquith. Respiro a mis anchas por unos momentos y después de recobrar mi compostura me dedico a soñar despierto y contemplar mi princesa encantadora.

 

El tren disminuye su marcha al aproximarse a la estación de Hornsby. Mi amor se pone de pie y se dirige hacia la salida. Pasa por el lado mío sin mirarme, me ignora por completo. Su actitud me disgusta. Cómo es posible que no se haya dado cuenta que estoy perdidamente enamorado de ella y no se digne a darme una mirada. Deja el tren y camina por la plataforma con pasos firmes buscando la salida de la estación. A último momento y en un impulso atrevido, me levanto del asiento rápidamente y salgo del tren un segundo antes que las puertas se cierren. Corro detrás de ella y la alcanzo cuando sube las escalinatas. Camino al lado de ella, debo hablarle, tengo que decirle que ella ha cambiado mi vida, que deseo vivir con ella para siempre. Respiro profundo tres veces para controlar los latidos de mi corazón y cuando voy a abrir la boca para decirle que la amo, un hermoso y corpulento joven la abraza y la besa apasionadamente en los labios. Se alejan felices sin darse cuenta que me han herido de muerte. Me siento desfallecer, creo que me voy a desmayar. A los pocos minutos me recupero, me devuelvo cabizbajo y humillado, compro otro tiquete y espero el siguiente tren para continuar mi viaje a la ciudad. Creo que mi esposa es una mujer muy afortunada. Hoy casi me separo de ella.

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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