Para disfrutarlos

Tribulaciones de una pareja afortunada

 

A

l terminar la entrevista en la embajada de Estados Unidos,  Marino Marín se dirigió directamente al aeropuerto para regresar a Cali. Le habían rechazado su solicitud de visa para viajar de vacaciones al país del norte. No logró demostrar que tenía el dinero suficiente y le dijeron de frente que su intención era la de quedarse de manera ilegal, como tantas personas que tienen la ilusión de encontrar un mejor futuro emigrando. Sus estudios de ingeniería no le habían servido para nada, estaba desempleado y manejaba un destartalado Renault 4, que utilizaba como taxi, de contrabando, en los centros comerciales.

 

Después de una breve demora en el terminal, mientras esperaban los pasajeros de un vuelo internacional que hacían conexión a Cali, se dirigió a su puesto en el avión. Se consideró afortunado porque, al menos, le habían asignado un puesto en la ventanilla como le gustaba. Acomodó su maletín de ejecutivo varado donde tenía los papeles que había presentado en la entrevista, en el compartimiento superior y se sentó, colocándose el cinturón de seguridad.  Eran las cuatro y cuarto de la tarde, así es que podría apreciar el paisaje del atardecer cuando el avión, al dejar el  altiplano, volara primero sobre los nevados del Tolima y el Ruiz y luego sobre el Valle, con su  río Cauca serpenteando perezosamente de sur a norte. No prestó atención a los dos pasajeros que se sentaron en las sillas contiguas.

 

Cuando el avión correteaba por la pista para decolar, se sorprendió de escuchar que lo llamaban por su nombre:

 

Hola, ¿Tú no eres  Marino Marín, cómo estás?

 

Miró a la persona que le hablaba, tratando de localizarlo en alguna parte de su memoria

 

Parece que no te acuerdas de mí, yo soy Antonio Daza, estudiamos juntos en el bachillerato, ¿No te acuerdas?

 

Perdona, pero tú me estás hablando de algo que ocurrió hace años y la verdad es que no logro ubicarte muy bien.

 

Antonio empezó a hablarle de sus estudios en el Colegio de Santa Librada, los nombres y apodos de los profesores y muchos detalles más, que poco a poco trajeron a la memoria de Marino sus compañeros de estudio, hasta que finalmente logró recordar a su interlocutor. No había sido uno de sus mejores amigos y la verdad era que estaba muy diferente. Era robusto, bastante corpulento y por lo visto conversaba hasta por los codos. A partir de ese momento, tuvo que soportar su cháchara todo el vuelo. Antonio le contó que acababa de regresar de Madrid donde tenía negocios y le presentó a su socio, cuyo nombre olvidó inmediatamente.-Tenía ese condenado problema -nunca se acordaba del nombre de las personas que le presentaban.

 

Sin darse cuenta, fue respondiendo a las preguntas que Antonio le hacía sobre su vida, que si era casado, que a qué se dedicaba, que si le iba bien en su profesión de ingeniero, con qué frecuencia viajaba, que si traía mucho equipaje, en fin, lo último que supo fue que el avión estaba aterrizando en el aeropuerto de Palmaseca y no había visto los nevados ni el Valle del Cauca.

 

Cuando el avión llegó al terminal, Antonio le dijo:

 

Oiga hermanito, por qué no me hace el gran favor de sacarmeeste maletín que yo traigo varias maletas de Madrid y no tengo cómo llevarlo.

 

Con mucho gusto, no hay ningún problema – respondió Marino y tomó el maletín.

 

Al bajar del avión, Marino observó que Antonio y su socio se quedaron atrás de los demás pasajeros.

 

Salió a la sala de recepción y como había viajado a Bogotá en la mañana, no necesitó reclamar maletas, así es que pasó por entre los guardas de seguridad sin ningún problema y fue a encontrarse con Emilia su esposa, quien lo recibió con un beso cariñoso. Le dio la mala noticia de que le habían negado la visa y que tendrían que seguir buscando en otras embajadas a ver si se podían ir del país a buscar fortuna en otra parte.

 

Sentémonos un momento que tengo que esperar a un par de personas, ellos están reclamando las maletas y tengo que entregarles este maletín que me pidieron que se los bajara -le dijo Marino a suesposa.

 

¿Cómo? ¿Tú le bajaste un maletín a una persona extraña? ¿No te das cuenta del peligro? ¡No estás cansado de ver los líos en que se mete la gente por hacer eso! Es el colmo tuyo, que tal que sea contrabando o algo peor como drogas. ¡Usted si es muy bruto mijo!

 

Bueno, bueno, dejemos la cantaleta, es un viejo conocido que traía muchas maletas y me pidió el favor. No te preocupes le entrego el maletín y listo, nos vamos para la casa.

 

Cinco minutos más tarde, Marino vio salir de recepción a Antonio y su socio. Se extrañó un poco porque, contrario a lo que le habían dicho, cada uno traía una valija de tamaño medio. Cuando se trataba de levantar de la silla para ir a entregarle el maletín, dos individuos pasaron apresuradamente por su lado y casi se lo llevan por delante. Se dirigieron a los dos viajeros, sacaron sendas pistolas y les dispararon hasta descargar sus armas. El pánico se apoderó del numeroso grupo de personas que estaban en la sala. Gritos, alaridos, todo el mundo tirándose al piso, buscando dónde protegerse de las balas. Marino, que estaba en el suelo cubriendo con el cuerpo a su esposa, levantó la cabeza y vio cuando los dos individuos tomaron las maletas de sus “amigos” y corrieron hacia la salida, pero fueron interceptados por la policía y los guardas de seguridad del aeropuerto quienes les dispararon hasta que cayeron al suelo.

 

Cuando se restableció la calma, había cuatro cadáveres en el piso, dos personas lastimadas y cerca de cincuenta testigos del hecho, pálidos y temblorosos. La policía les pidió evacuar el aeropuerto lo más pronto posible, mientras llegaban los paramédicos a atender la situación.

 

¿Y ahora qué hago yo con este maletín? -le pregunto Marino a su esposa.

 

¡Nada bruto! ni se le ocurra decirle algo a la policía porque lo implican en la matazón, vámonos para la casa callados. 

 

Salieron al parqueadero, se subieron al carro y aun temblorosos se dirigieron a la casa.

 

¿Vio alguien cuando ese tipo te entregó el maletín en el avión? –le preguntó Emilia.

 

No, no creo, estábamos sentados todavía y su socio estaba en el otro asiento, así es que creo que nadie se dio cuenta cuando me lo entregó.

 

¿Y si es droga, qué diablos hacemos gordo?

 

¿Estás loca? Nosotros los colombianos no importamos drogas, nosotros la exportamos. ¿Por qué crees que somos famosos en todo el mundo?

 

 Durante el resto del viaje ninguno pronunció una palabra.

 

Al llegar a casa lo primero que hicieron fue echar doble llave a la puerta de entrada y Marino fue al dormitorio y colocó el maletín debajo de la cama. Regresó a la sala a ver televisión mientras Emilia preparaba una comida rápida.

 

Después de cenar se entretuvieron viendo los noticieros y luego “Betty la fea”, telenovela que no se perdían por nada del mundo, hasta que llegó la hora de ir a dormir. 

 

Entraron al dormitorio y se pusieron las pijamas, apagaron la luz y se acostaron a pensar en el dichoso maletín. Unos minutos más tarde Emilia prendió la luz y le dijo:

 

¡Carajo, no me puedo dormir pensando en ese condenado maletín! ¿Por qué no lo abrimos?

 

Ni riesgos mija, usted sabe que no es de nosotros. Qué tal que venga alguien a reclamarlo, ¿Qué hacemos, con qué le salimos, qué le decimos?

 

Perdone gordo, pero usted sí es una dulce pelota, quién putas sabe que nosotros tenemos el maletín. ¿No dice usted que nadie vio cuando el tipo ese se lo entregó?

 

Si, eso es cierto, pero de todas maneras el maletín no es de nosotros. Uno no puede ir abriendo las cosas ajenas así porque así.

 

Durante varios minutos siguieron discutiendo hasta que al final acordaron que ante la muerte del tal Antonio y su socio, ellos eran los dueños legítimos del maletín y que si en él había droga, la echarían por el inodoro, que si había papeles los quemaban y si había plata, era para ellos y solo para ellos dos.

 

Marino le puso llave a la alcoba y sacó el maletín de debajo de la cama, extendieron las cobijas y lo colocaron encima. Al revisarlo se dieron cuenta que era de cerradura de clave.

 

Emilia dijo:

 

Este si que es un problema, ¿quién diablos va a saber la clave para abrirlo?

 

¿Y quién dijo que necesitamos la clave, mujer? Espérame un momento.

 

Fue al garaje y regresó con un martillo y un destornillador y de un soberano golpe voló la cerradura. Al ver el contenido, ambos abrieron simultáneamente los ojos asombrados, se llevaron las manos a la cabeza y gritaron al unísono “¡Ah hijueputa!”.

Perfectamente organizados, el maletín contenía dólares. Una enorme cantidad en billetes de veinte, cincuenta y cien, unos usados, otros como acabados de salir de la imprenta. Miles y miles de dólares de los verdecitos que todo el mundo apetecía y buscaba como la solución a todos los males de los pobres y desventurados.

 

Marino sacó los billetes y los distribuyó en la cama por denominaciones, chequeó y se aseguró de que en cada fajo había cien billetes. Fue al estudio por la calculadora y una libreta y empezó a contar y anotar:

 

55 fajos de a 20  por cien billetes     =      110.000 dólares

36 fajos de a 50 por cien billetes      =      180.000  dólares

15 fajos de a 100 por cien billetes    =      150.000  dólares

       ¡Total = 440.000 dolaretes del alma mía!

 

¡Mija, vaya busque el periódico para ver a cómo está el cambio hoy!

 

A Emilia le faltaron paticas para correr a buscar el periódico y regresó a los dos minutos, diciéndole que estaba a $ 768.31

 

Tembloroso de la dicha, Marino oprimió los botones de la calculadora y le dijo:

 

Mija, somos ricos, somos millonarios, tenemos trescientos treinta y ocho millones, cincuenta y seis mil cuatrocientos pesos colombianos. ¡Se acabaron los sufrimientos, se acabaron las angustias! ¡Vivan los muertos! ¡Viva la vida! Bueno, la suerte ha tocado nuestra puerta y no lo hace sino una vez. ¡Así es que de ahora en adelante a disfrutarla!

 

Colocó nuevamente el dinero en el maletín, bien organizado, lo puso debajo de la cama, fue hasta el comedor y regresó con dos tragos de whisky. Brindaron por la buena suerte, se abrazaron y se besaron como en los mejores tiempos, apagaron la luz y como no podían dormir de la emoción, se desnudaron e hicieron el amor como nunca lo habían hecho. Lo hicieron tantas veces, que al final cuando no daban más del cansancio se quedaron profundos soñando con el futuro luminoso que les esperaba.

 

Al día siguiente, Marino se levantó temprano a comprar el periódico. Se cuidó de echarle llave doble a la puerta no fuera a ser que algún ladrón se le metiera a la casa como era la costumbre. Regresó y  leyó las noticias de la página roja. ¡Si señor! ahí estaba confirmado que la gente estaba muerta, bien muerta. “El País” decía:

 

“En extrañas circunstancias, dos personas fueron asesinadas en el aeropuerto de Palmaseca en la tarde de ayer. Los asaltantes fueron dados de baja por la policía cuando intentaban volarse con las valijas de las personas asesinadas. Por razones de la investigación, los nombres de las personas involucradas en el hecho no fueron revelados. Sin embargo se presume que se trataba de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, ya que las cuatro personas muertas figuran en las listas de sospechosos que tiene la fiscalía.”

 

Desayunaron y luego se sentaron a pensar cómo iban a hacer para cambiar los dólares. Eran muchos y tenían que ser cuidadosos para no levantar sospechas de los vecinos,  familiares ni desconocidos. Nadie debería saber de ese golpe de suerte. Tendrían que sacar pequeñas cantidades para cambiar poco a poco y abrir una cuenta en un banco para ir depositándolo como si fuera un buen sueldo mensual. Después de dos o tres años podían comprar una buena casa, abrir una cuenta en un banco de las Bahamas y pedir una visa para cualquier lugar del mundo.

 

Claro que había problemas inmediatos que necesitaban solución. Moverse a una casa en un estrato social más alto. Tendrían que hablar con el propietario para que les permitiera poner la seguridad que se necesitaba para que no fueran a entrarse los ladrones, comprar un nuevo carro, en fin poco a poco ir mejorando su situación sin que nadie se enterara de lo de los dólares.

 

Pero lo primero era lo primero. Tomó quinientos dólares en billetes de veinte usados, su mujer se quedó en la casa bajo doble cerradura y una barra de hierro como refuerzo en la puerta y se fue a una casa de cambio. No hubo preguntas, solo que se los pagaron a $ 755 pesos, pero eso no importaba, al fin y al cabo la casa de cambio se merecía una pequeña comisión.

 

Feliz regresó a la casa con trescientos setenta y siete mil, quinientos pesos, cifra que jamás había visto junta en toda su  vida. Era una diferencia enorme. En su taxi de contrabando, a duras penas hacía treinta o cuarenta mil pesos al mes y eso que le tocaba trabajar como una mula y darle una buena tajada a la policía cuando lo pillaban de taxista sin licencia en su pichirilo¹. Claro está que él tenía muy buena clientela, porque no manejaba como los demás taxistas de Cali a mil por hora, con el radio a todo volumen con vallenatos o salsa y pasándose los semáforos en rojo. No señor, él manejaba a sesenta y les ponía música estilizada a medio volumen.

 

Al siguiente día, se fue para San Andresito. Allí, en los mercados libres se movían los dólares como si fuera la moneda del país. Esta vez solo se llevó doscientos para que no le  hicieran mucho bulto. Después de cambiarlos, los colocó en la bolsa porta billetes que tenía bien asegurada en la cintura. Cuando salió al andén se encontró con un par de tipos peleando y uno de ellos mentándole la madre al otro, lo empujó y éste se llevó a Marino por delante, quien fue a dar contra un grupo de personas que presenciaban la pelea. Como pudo se salió de la pelotera y se fue para la casa. Cuando Emilia abrió la puerta y Marino buscó su plata, ¡Velorio, lo habían robado, en su bolsa  había un paquete hecho con hojas de periódico como si fueran billetes!  

 

¡Que vida tan hijueputa, carajo! Cómo fui de pelota que no caí en cuenta de la jugada de esos manes. Vamos a tener que ponernos las baterías cada vez que vamos a cambiar la platica.

 

   Decidieron que era mejor no salir por unos días. Hicieron una buena compra de comida en el almacén Ley de Unicentro con la plata que tenían y se encerraron en la casa a pensar en una estrategia de cómo lograr cambiar los dólares y proteger su dinero. A partir de la fecha, se turnarían; uno iría una vez y la siguiente el otro. Así habría alguien en la casa siempre y el otro se encargaría de cambiar la plata. Durante las siguientes semanas lo hicieron sin contratiempos y al cabo de un mes habían logrado cambiar ocho mil dólares o sea algo así como siete millones doscientos mil pesos colombianos.

 

El paso siguiente fue abrir la cuenta bancaria y como hicieron un depósito inicial de cinco millones de pesos, la gente del banco no se preocupó por referencias de ninguna clase. El resto lo dejaron en efectivo en la casa guardado en una maleta en uno de los armarios.

 

Marino hizo una cuenta rápida y se dio cuenta que a ese paso necesitaría más o menos seis años para cambiar toda la plata. Era demasiado tiempo, por lo tanto tendría que buscar la forma de acelerar el cambio. Por otra parte necesitaba más seguridad y alquilaron un apartamento en una unidad residencial que tenía todas lo que necesitaban: portería, circuito cerrado de televisión, citófonos, rejas de seguridad; bueno, al menos podían respirar un poco más tranquilos.

 

Un día, cuando Emilia salía de una de las agencias de cambio, al caminar vio que en el andén del frente alguien la saludaba. Era un hombre joven que le sonreía y se dirigió hacia ella. Su corazón empezó a palpitar del susto y al devolverse para regresar a la casa de cambio se chocó con una hermosa y despampanante chica. Ambas cayeron al suelo y Emilia vio con horror que el joven corrió y se inclinó hacia ellas. Creyendo que le iba a robar su dinero, empezó a gritar desaforadamente mientras el tipo ayudaba a la chica a levantarse. 

 

¿La lastimó esa vieja, mi amor?– y usted vieja tetona por qué grita tanto si usted fue la que tumbó a mi novia.

 

Se marcharon mirándola mal, dejándola sentada en el andén. Cuando llegó al apartamento todavía estaba temblorosa y le dijo a Marino “ni riesgos mijo que yo vuelva a ir a una agencia a cambiar dólares”.

 

Con incidentes como esos que los convertían en un manojo de nervios, fueron transcurriendo los meses y poco a poco se fueron acostumbrando, como todo el mundo, a vivir con el miedo, sabían que la ciudad era insegura, todos los días había atracos, robos, crímenes.

 

De esta manera, el tiempo fue pasando y al cabo de tres años Marino era ahora el “Doctor Marín” y vivía en Ciudad Jardín en una confortable y segura casa de su propiedad. Estableció una firma de ingeniería y logró magníficos contratos cuando el “Boom”  de la construcción en Cali. El dinero del narcotráfico movía la ciudad desde los estratos más altos hasta los más humildes. Directa o indirectamente miles de personas se beneficiaban de los grandes negocios de “los dos hermanos”. El dinero alcanzó hasta para hacer al América campeón y financiar campañas presidenciales.

 

Claro está, que el Doctor Marín jamás, ni por equivocación, hizo un contrato o algo que no estuviera dentro de las normas y leyes y mucho menos que tuviera alguna relación con las drogas.

 

Todo en la casa de Marino y Emilia era felicidad hasta que un buen día empezaron las dificultades, cuando ella le dijo que quería hacerse operar por el Doctor Gurunday.

 

¿Y de qué diablos estás enferma que te vas a hacer operar?

 

—No mijo, yo no estoy enferma, solamente que desde el día que fui a la casa de cambio y ese tipo me dijo “vieja tetona”, he estado pensando que ha llegado el momento de mejorar mi silueta. Usted ve todos los días como lucen de bonitas esa cantidad de caleñas que andan por todas partes deslumbrado con esos cuerpos esculturales. Vea mijo, todas ellas han sido operadas por el Doctor Gurunday que es lo último en guarachas en cirugía estética.

 

No sea boba mija, usted me gusta así como está. No sé por qué le ha dado por ahí. Ya quiere parecerse a todas esas fufurufas² que se han puesto de moda. Ni riesgos mija, yo para eso no le doy ni un centavo. Yo la quiero mucho y es mucho el gusto que nos damos en la cama, de manera que olvídese de operaciones.

 

Desde ese día, Emilia le cortó los servicios a Marino, ni siquiera le hablaba. Es más, se fue a vivir a otra alcoba y no lo dejaba arrimar a más de dos metros. Cada vez que se encontraban, le daba la espalda y lo miraba con desdén. Después de dos meses viviendo en esa tirantez, a Marino no le quedó otra alternativa que acceder a su capricho. Quince días después de darle el consentimiento, Emilia regresó a casa convertida en un monumento a la belleza y la juventud. Marino tuvo serias dificultades para reconocer a su mujer en medio de todas las modificaciones maravillosas que la silicona y las manos de orfebre mágico de Gurunday habían obrado. Fue tan delicado el doctor ese, que hasta virgen se la devolvió.

 

El hecho es que Emilia, para sufrimiento de Marino, se convirtió en el centro de atención de todos los varones en las reuniones sociales que frecuentaban. Todos querían bailar con ella, que entre otras cosas era muy buena bailarina, como toda caleña que se respete. Los ojos de los hombres no se apartaban de sus senos y sus nalgas. Sin embargo ella jamás aceptó una mala propuesta o alguna insinuación de mal gusto. Ahora que el miedo había quedado atrás, tenía que aprender a vivir con la adulación, los intentos de los atrevidos que querían manosearla y los piropos de mal gusto.

 

Una mañana, después de asistir la noche anterior a una de las tantas fiestas que atendían, cuando estaban en la piscina de la casa refrescándose y tomando jugos y Alka-Seltzer para el guayabo, Emilia le dijo a Marino:

 

Anoche cuando estaba bailando con un tipo que nunca había visto antes, me preguntó que como habíamos empezado nuestra fortuna. Que era periodista y le interesaba mucho publicar un artículo sobre los triunfos económicos y sociales de un grupo de personas de la ciudad que tenían orígenes humildes y habían logrado salir adelante convirtiéndose en la nueva alta clase social, política y empresarial, reemplazando a los dinosaurios que habían dominado a Cali por dos siglos. Yo traté de evadir el tema, pero él insistió tanto que al final le dije que nos habíamos ganado el gordo de navidad y habíamos mantenido nuestros nombres anónimos. Al terminar el baile, el tipo me preguntó: “¿Y les entregaron el premio en un maletín?”

 

 ¿Cómo te parece la preguntita, ah?

 

Marino guardó silencio por unos segundos y luego le dijo a su mujer:

 

Eso está bien raro, creo que es mejor que tengamos cuidado y dejemos a un lado todas estas fiestitas y usted va a tener que visitar a su doctor Gurunday otra vez para que la deje como era antes y no llame tanto la atención de la gente.

 

A partir de ese momento el miedo volvió a vivir con ellos. Cada vez que salían creían ver gente extraña siguiéndolos; cuando algún desconocido se les acercaba el corazón trataba de

 

²Fufurufas.  Prostitutas - Término con el que se designa en Colombia, a las mujeres que por su belleza natural o porque se hacen operaciones de cirugía estética para mejorar su apariencia, explotan  su cuerpo como atractivo sexual. 

 

salírseles del pecho; cuando paraban en un semáforo y los vendedores ambulantes los asediaban con sus frutas y cachivaches, creían que les iban a disparar, hasta que Marino no tuvo otra solución que contratar un servicio de seguridad para que los protegiera. 

 

Sin embargo, un día que salieron al centro comercial de Chipichape, al regresar a la casa a eso de las ocho de la noche,  fueron sorprendidos por un grupo de personas enmascaradas que los secuestraron. Los guardas de seguridad habían sido dominados. Después de tres horas de viaje hacia las montañas de los Farallones,  llegaron a una finca y llevados a la presencia de un hombre que se identificó como el “Comandante Facundo”.

 

El individuo se portó muy amable con ellos, los hizo sentar y les dijo:

 

Deben estar un poco cansados del viaje y con hambre, por favor acompáñenme a cenar y eso les sirve para relajarse un poco.

 

Les sirvieron una buena comida y hasta tuvieron el buen gusto de servirles unos vasos del vino preferido de ellos. Después de tomarse un buen café negro, el Comandante Facundo les dijo que era hora de hablar de negocios y les disparó esta pregunta:

 

¿Se acuerdan ustedes qué pasó el día 6 de Abril de 1993?

 

Marino y Emilia se miraron sorprendidos y le contestaron que no tenían idea que había pasado en esa fecha específica.

 

Bueno, les voy a ayudar un poco. Usted señor Marín, regresaba de Bogotá en un vuelo de Avianca, ¿le dice eso algo?

 

Palidecieron y sintieron que el mundo se les acababa.

 

¿Se acuerda usted que dos personas que fueron asesinadas esa tarde en el aeropuerto, le dieron a usted un maletín que contenía un dinero en dólares? Bueno señor Marín, esos dineros eran de la guerrilla y nos costó mucho trabajo y tiempo averiguar quién se los había llevado y por consiguiente, ahora ustedes van a ser juzgados por un tribunal del pueblo por apropiarse de nuestros fondos. Nosotros no olvidamos jamás ni perdonamos a quienes nos atacan o nos hacen daño. 

 

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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