Para disfrutarlos

Bodas de plomo

Adela! ¡Adela! El grito retumbó en la montaña y el eco se encargó de repetirlo cinco o seis veces.

Quedaron petrificados, sudorosos y acezantes. Hacían el amor en la pequeña casita de madera que se utilizaba como bodega de café en tiempos de cosecha. Rápidamente Emilio se levantó y miró por las rendijas de las tablas que servían de pared.

—Es la voz de mi hermano Ernesto -dijo Adela-. Está en la loma. Tenemos que volarnos de aquí.

—Hay otra persona con él -replicó Emilio.     

—Ese debe ser mi papá -contestó Adela.

Escucharon cuando Ernesto le decía al papá que siguiera a buscarla por los  cafetales mientras él bajaba a la bodega.

Emilio miró con desespero en la semioscuridad  de la casita. Era imposible salir sin que los vieran y por otra parte, ya Ernesto estaba muy próximo.

Vio el pequeño zarzo de la bodega y le dijo a Adela que recogiera la ropa y se subiera rápido. Como pudo tomó unos costales y la siguió, se escondieron detrás de unos bultos de café y acostándose encima de ella, se cubrieron lo mejor que pudieron. 

Los dos cuerpos se fundieron en uno solo y podían escuchar los latidos de sus corazones que sonaban como tambores en sus pechos. Cerraron los ojos abrazados, mientras un sudor frío los bañaba por la angustia de ser descubiertos.

Ernesto entró a la casita, acostumbró sus ojos a la oscuridad, caminó por la estancia y la revisó detenidamente, escudriñando cada milímetro. Todo estaba en silencio y no había rastros de persona alguna. Al darse vuelta para salir, tropezó con algo en el suelo. Eran unos zapatos. Los recogió y los saco a la luz del día. Eran  botas de cuero con filigranas tejidas de las que usan los rancheros en el cine y estaban muy de moda entre los jóvenes de las ciudades. Las miró con cuidado y por un momento pensó en llevárselas, pero volvió a tirarlas en la bodega. Luego se alejó y continuó la búsqueda.

Con un suspiro de alivio, Adela y Emilio se miraron a los ojos. Esperaron inmóviles en silencio a que el hermano se alejara y, luego de unos minutos ya relajados del susto pasado, él empezó a acariciarla suavemente besándola en los labios y el cuello, mientras sus manos diestras guiadas por enseñanzas milenarias le recorrían los senos y el vientre despertando nuevamente el fuego que había sido apagado tan violentamente por el primer grito. Volvieron a hacer el amor entre los costales.

Se habían conocido hacia tres meses durante las fiestas patronales. Ella era  una chica atractiva de diez y ocho años, hija de campesinos cafeteros y había acordado con sus padres que se quedaría en la casa de las Bedoya esa noche de fiesta en el pueblo. Él era hijo del doctor Arbeláez, el médico director del hospital. Desde pequeño lo habían llevado para la capital donde se había educado y terminado su carrera de ingeniero civil.

Antes de empezar a trabajar en su propia oficina, que ya estaba completamente montada,  había decidido pasar unos días de vacaciones en su pueblo natal y conoció a Adela en la caseta de las ferias.  Desde el momento que salieron a bailar supieron y sintieron que se amaban y se deseaban desesperadamente. Esa fuerza misteriosa que nos acompaña desde el principio de la vida puso en marcha la transmisión de sutiles mensajes que sólo ellos entendían.

Él la invitó a dar una vuelta por el pueblo. Caminaron unos minutos por la plaza principal y luego se dirigieron hacia las afueras, por el sendero que conduce al río. Desde esa noche, que sería inolvidable para ambos, se embriagaron de amor. Ella no supo cuántas veces hicieron el amor en la vega del río. Sólo supo que era inmensamente feliz y que deseaba estar con él para siempre. Al regresar para reencontrarse con sus amigas,  venía toda coronada de flores, caminando, no como lo hacen los seres mortales, sino como caminan los ángeles, flotando en una nube dorada que solo ella veía. 

Se siguieron viendo todas las noches en la bodega del café, sitio que ella le indicó como el más seguro para verse en la finca de sus padres y que le permitía  escaparse fácilmente de la casa cuando todos dormían, para encontrarse y satisfacerse mutuamente en arrebatos apasionados hasta las madrugadas  sin que nadie los descubriera

Las noches no fueron  suficientes para amarse y por eso habían cometido la imprudencia de encontrarse de día. Ésta había sido la causa de que casi los sorprendieran.

*   *  *  *  *

El sábado siguiente, como era costumbre, Ernesto bajó al pueblo, y después de hacer algunas diligencias, se fue al café Rialto a tomarse unas cervezas con sus amigos. Conversaba con Luis González, cuando Emilio entró en el café, saludó a Luis quien lo llamó y le presentó a Ernesto. Inmediatamente supo quien era, lo había visto bajando la loma. Campanillas de alarma le sonaron en el cerebro y muy reservado extendió la mano para saludarle.

—Emilio Arbeláez, es un placer conocerlo.

—Igualmente, contestó Ernesto.

Conversaron unos minutos y cuando Emilio se alejó para hablar con otros amigos, Ernesto vio las botas que llevaba. No había duda, esas eran las mismas botas que él había visto en la bodega del café.  ¿Era una coincidencia?  ¿Qué diablos habría estado haciendo en la finca? Recordó que él estaba buscando a Adela quien había salido de la casa muy temprano y se había demorado mucho tiempo en regresar. Cuando ella apareció explicó que se había ido al pueblo y allí había almorzado con sus amigas, demorándose más de la cuenta.

Algo molestaba a Ernesto, pensaba en la historia de Adela y las botas en la bodega. ¿Sería posible que ellos hubiesen estado allí? No, él había revisado muy bien y estaba seguro que estaba  vacía… ¿y  las botas? Fue interrumpido en sus pensamientos por Luis que se despedía.

Ernesto se dirigió donde estaba Emilio y le dijo:

—Perdone, pero necesito hacerle una pregunta en privado.

 Se separaron unos pasos del grupo.

—¿Conoce usted a Adela Santa?

Emilio se puso tenso, a la defensiva y respondió:

—No, no la conozco, ¿quién es ella?

—Es mi hermana y si alguna vez lo llego a ver con ella, lo mato.

Salió, tomó su carro y se fue para la finca.

*   *  *  *  *

Al regresar esa noche a casa, Emilio le dijo a su padre:

—He decidido regresar a la capital mañana mismo y empezar a trabajar.  Al día siguiente muy temprano se marchó.

La semana siguiente Adela esperó inútilmente la llegada de Emilio a la bodega. Desde el alto de la loma atisbaba el caminito que subía del río a la cabaña. Disimuladamente bajaba a la bodega buscándolo y regresaba rápidamente a la casa. Nunca más apareció

Se desesperaba añorando sus caricias, sus besos, soñaba dormida y despierta con ese cuerpo fuerte pegado a ella, poseyéndola, haciéndola inmensamente feliz.

No era la primera vez que había hecho el amor. Tenía recuerdos borrosos de algo que había empezado inocentemente desde niños y había ocurrido en la bodega del cafetal. Eso estaba ahora en esa parte del cerebro donde se guardan las cosas inconfesables. Esta vez era distinto, se sentía transportada a otra esfera, a otra dimensión, a un estado de inmensa felicidad y sabía que era un amor que podía pregonarlo a todo el mundo.

Pasaron cuatro semanas y Adela empezó a desmejorar, se puso melancólica, y ojerosa. Perdió el apetito y su cuerpo rechazaba violentamente los alimentos.

Su madre Mercedes la llevó a la fuerza a ver el doctor Arbeláez, quien después de examinarla le dijo:

—Lo que tiene su hija no es grave, esas maluqueras se le quitarán cuando tenga el bebé que esta esperando. Adela esta embarazada.

Regresaron a la finca sin decir palabra. El ceño fruncido de su madre, llenaba de aprehensión y temor a Adela. Esa noche, después de la comida y como era costumbre, Doña Mercedes encabezó el rosario y al terminar dijo:

—Adela esta preñada, ¡maldita sea la desgracia!

Estas palabras sonaron como un cañonazo. Ramón su padre saltó de la silla y aproximándose a Adela le gritó:

—¡Quiero saber ya mismo quién es el padre! ¿Con quién diablos has estado acostándote?

Adela agachó la cabeza y permaneció callada. Ramón tomándola del pelo y tirando hacia atrás volvió a preguntar.

—¿Con quién diablos has estado acostándote, vagabunda?

Ante el silencio de Adela, dio un puñetazo en la mesa, tumbando vasos y platos  y salió del comedor.

Ernesto se levantó, pasó junto Adela y agachándose le dijo en el oído:

—Yo sé quién es el padre. Eso te pasa por abrirle las piernas al primer extraño que te lo  pide,   ¡desgraciada!

Le dio una bofetada que la hizo caer aparatosamente. Mercedes, la madre, no entendió el significado oculto de la reacción de Ernesto. Adela se levantó y se fue a su alcoba a llorar por su amor descubierto. Desde ese momento decidió hacerse invisible para la familia y vivir acompañada por sus sueños e ilusiones.

*   *  *  *  *

A través de su amigo Luis González, Ernesto averiguó la dirección de Emilio en la capital y, sin perder tiempo, viajó hasta allá. Llegó justo cuando él, al término de la jornada de trabajo, se dirigía hacia su carro.

Cruzándose en su camino, Ernesto le dijo:

—Necesito hablar contigo, Adela está embarazada. ¿Estás dispuesto a casarte con ella?

Emilio se sorprendió al verlo y  dándose cuenta que no era el momento de negativas le respondió.

—Sí, sí me caso con ella

Montaron en el carro y se marcharon. El silencio fue la única compañía durante el viaje. A las once de la noche llegaron al pueblo y siguieron derecho hacia la finca.

Ernesto despertó a Adela sin que sus padres se dieran cuenta. Ella se sorprendió enormemente cuando vio a Emilio y corrió hacia él para abrazarlo. Mientras Ernesto entraba a la casa a buscar algo, los amantes se besaron largamente.

—Emilio ha aceptado casarse contigo, acompáñenme hasta la bodega que he preparado algo para ustedes -les dijo Ernesto.

Unos minutos más tarde, caminaban por el sendero loma abajo, Ernesto unos diez metros  adelante y ellos tomados de las manos felices de encontrarse otra vez, ahora sí juntos para siempre y conversando animadamente. Ernesto llevaba una lámpara, que no necesitó prender pues la luna llena iluminaba perfectamente el camino entre los cafetales, que estando en flor, despedían un fuerte y embriagador perfume de azahares.

Al llegar a la bodega, Ernesto abrió la puerta, prendió la lámpara, y en la mitad de la estancia, Emilio y Adela vieron el hoyo.

Sonaron dos disparos que el eco repitió hasta el cansancio en las montañas.

Una hora más tarde, Ernesto, sudoroso, desandaba el sendero, en  ese momento maravilloso en el que la naturaleza ordena a  las flores del cafetal asoltar todo su perfume al  aire y morir para dar vida a la cereza del café. La fragancia era tan intensa que casi se podía tocar con los dedos.

Ernesto habló consigo mismo:

“Este año vamos a tener una cosecha de café extraordinaria. Bendito y alabado sea el nombre del Señor”.

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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