Para disfrutarlos

Memorias perrunas

Cómo les parece que por ser animal, nunca pude aprender a leer y escribir, por lo tanto como oía decir que mi papá era bueno para eso, le pedí que me ayudara con  mis memorias.

Nací en Octubre de 1989 y llegué bebecito a la casa de Mount Colah, en Diciembre. Fui el regalo de Adriana y Shane, próximos a casarse, para que los viejos no se sintieran muy solos cuando ella abandonara la casa paterna.

Me llamaron: “Balú”. Era un flamante Cocker Spaniel, blancuzco con manchas doradas en mi pelo. Obviamente que no se podía esperar mucho de mí, porque los Cocker Spaniel somos considerados por los expertos caninos, como los perros más inmaduros y desobedientes del mundo. Pero eso sí, cuando se trata de jugar, joder la vida, escarbar, hacer huecos y volarnos, somos número uno. Otra cosa muy importante es que aunque nací en Australia, yo aprendí a ladrar en español y en inglés, así es que era un flamante perro bilingüe y me sentía más colombiano que australiano porque todo el tiempo hablaba español con los viejos.

Por esos tiempos vivía en la casa un gatito, se llamaba Niño. Qué niño ni qué carajo, apenas yo llegué a la casa él la abandonó porque el pendejito ese creyó que era de mejor mama que yo y no había espacio para los dos. Por otra parte me tenía miedo y rabia, y como era todo mariconcito y estiradito, se fue a vivir a una casa vecina. Algunos días venía a visitar a los viejos, pero poco a poco sus visitas se hicieron más espaciadas porque me odiaba, hasta que  decidió quedarse a vivir del todo en el otro sitio.

Como es de suponer, me convertí en el niño de la casa y gocé del cariño de todos. Como buen perro cachorro, lo primero que hice fue empezar a comerme cuanta cosa veía. No quedaron medias, zapatos y chancletas buenas y hasta la alfombra en el hall de entrada me la comí en mi desespero de irme a callejear. Recuerdo lo bravo que se ponía mi papá y los regaños que me pegaba. Pero viejo, las ganas de masticar eran más fuertes que los regaños y seguí comiendo todo lo que me encontraba.

A los pocos días conocí a mi primo Ben, el perro de Nathalie, que vivía en la casa siguiente. La vida que nos dimos con Ben fue simplemente fantástica. Cuantas veces pudimos volarnos lo hacíamos. Abríamos huecos en las rejas y salíamos al monte a correr y darnos la gran vida, regresando hechos una ruina de mugre, barro y cadillo.

Un día que salimos con Ben, me le atravesé a un carro y me pegó un golpe tremendo en la cabeza. Vi estrellas y salí corriendo para la casa chillando del dolor y el tipo del carro se bajó y se vino detrás de  mí a averiguar qué me había pasado y a mostrarle a mi papá el daño que yo le había hecho al carro. Le había partido la rejilla frontal con mi cabeza. Como resultado, me tocó estar un día en el hospital en observación y eso costó $250 dólares, el daño del carro también costó otros $250 dólares, así es que por unos días estuve con dolor de cabeza y medio bizco y escondido de mi papá que no me podía ver. Sin embargo… ¡quién dijo miedo!, a los pocos días andaba buscando la forma de irme a la calle  otra vez con Ben. Y seguimos así, por el resto de nuestras vidas; atrevidos, osados y  valentones.

En 1993 nos fuimos a vivir a Kariong, la nueva casa muy bonita y grande, con un patio muy bueno que era todo mío, mi papá trabajaba para mí,  limpiando mis cacas y arreglando las matas que yo me encargaba de dañar haciéndole hoyos por todas partes. Un día sembró unos tulipanes y a punto de miados y escarbadera se los destruí.  Lo que más me gustaba era cuando llovía y me iba al jardín a hacer huecos, luego entraba corriendo a la casa con las patas embarradas y les ensuciaba la alfombra. Mi papá llamaba a mi mamá y decía: “mirá éste animal cómo volvió la casa, vení sinvergüenza para acá”, me sacaba de las greñas y me dejaba afuera como castigo. Yo era el verraco de Guacas y dueño absoluto de Langford Drive. Nadie podía pasar por esa calle sin mi permiso, porque desde la reja, yo les regañaba y les hacía saber quién era yo con mis ladridos. Mi papá era el que me envalentonaba diciéndome que yo era muy guapo y que la gente me tenía miedo. Eso me daba más coraje para hacer más bulla a quienes pasaban por ahí.      

La vida en Kariong era placentera, casi todos los días yo sacaba a la mamá  a caminar por las calles y bosques del barrio. Cuando mi papá se retiró del trabajo la pasamos mucho mejor, y era mi mayor alegría, tan pronto veía que se ponía los zapatos tenis yo me alborotaba todo, corría como loco por la casa y cuando la mamá se sentaba en la banca de la pérgola a ponerse los zapatos yo saltaba de banca en banca esperando que me pusieran el collar para irnos de caminata. Casi  todos los días salíamos con los viejos por el camino de atrás del barrio hasta la quebrada, donde tomaba agua. Otras veces caminábamos por las canchas de deporte, las represas para recoger las aguas lluvias e íbamos hasta la esquina de la bomba de gasolina. En cada caminata orinaba como cien veces y me pegaba unas dos o tres cagaditas. ¡Eso sí era vida, viejo! Después de la caminata descansaba un buen rato y luego acompañaba todo el día  a los viejos. Para donde ellos se movían para allá me iba yo.

A la hora de la comida, todos los días mi papá me daba un pedacito de rollito dulce con la bendita pastilla para que no me dieran gusanos en el corazón. Por otra parte, mi mamá me envició a las papitas de McDonald. Qué cosa tan sabrosa, me fascinaban las benditas papitas. Cada vez que salía me traía un paquete  o cualquier cosa que ella comiera por fuera. Papá se burlaba y le decía que parecía una viejita pensionada recogiendo las sobras de la comida y poniéndolas en una bolsa para traérmelas.

Mi mayor felicidad era irme para el monte. Cuando alguien timbraba y abrían la puerta salía volando por entre las piernas de los viejos y no me alcanzaba nadie. Otras veces cuando abrían el garaje y no se daban cuenta que yo estaba en el jardín salía a mil y me perdía por las calles y mangas de Kariong. Corría a las canchas del barrio, me iba hasta la autopista, en cuanto charco había me metía, luego pasaba por las calles dándole melo a mi papá que siempre culpaba a mi mamá de mis fugas. Yo me hacía el tonto y dejaba que papá se acercara y cuando estaba a dos metros volvía a pegar carrera y como sabía que mamá estaba parada en la esquina al pie de la casa, me le pasaba como un rayo por entre las piernas. Después de una o dos horas regresaba hecho un gamín, sucio, embarrado, lleno de cadillo, y mi papá me pegaba unos regaños tremendos, diciéndome  salvaje, irresponsable y todo lo demás, pero no me pegaba sino que se ponía a limpiarme y a quitarme todo el cadillo.

 En el invierno mi mamá me ponía una pijama de lana y obligaba a mi papá a dejarme dormir dentro de la casa en un canasto que tenía en el cuarto de la televisión. Ella decía que era un crimen dejarme dormir afuera con ese frío tan tremendo. Cuando papá se levantaba y abría la puerta para  hacer el tinto, de un salto me encaramaba a la cama a saludar a la mamá y de paso quedarme un rato en la cama con ella. Después me daban el huesito de todos los días, nos arreglábamos y nos íbamos a caminar.

Como el pelo me crecía mucho, al principio me llevaron a un salón para que me peluquearan y no me diera tanto calor en el verano.  Mi mamá salía brava del salón porque decía que era muy caro y había quedado mal peluqueado y me veía muy feo. A raíz de esto papá decidió peluquearme, y aprovechaba que mi mamá se iba a alguna parte para cortarme el pelo. Cuando mamá volvía se demoraba horas y horas regañando a mi papá por lo mal peluqueado que me dejaba. Decía: “Es el colmo negro, que usted se parrandee así al pobre animalito, cómo se le ocurre dejarlo así, mire como quedó de feo la criaturita.  Vea negro, nunca lo vuelva a peluquear porque usted no tiene idea de eso”. Durante la época de verano, mamá peleaba con el viejo al anochecer porque el no me dejaba quedar dentro de la casa y me hacia salir a la fuerza.  Yo me frenaba con las patas para que no me sacara pero al final me levantaba de las nalgas y me tiraba afuera. El único consuelo que me quedaba era ladrarle muerto de la rabia.

Mi vida sexual fue un capitulo aparte, ¡un completo fracaso! Me da pena decirlo pero todo un macho como era yo, morí señorito. Nunca me ayudaron a conseguir novia y mi único chance, cuando llegaba la primavera y me daban esos calores tan verracos, era encaramarme en las piernas de mi papá, quien de un sopapo y un regaño me  mandaba para el canasto. Creería que yo era medio dañado, pero no era eso, sino las fuerzas del instinto. Como en el canasto tenia unos cojines entonces el único consuelo que me quedaba era hacer un bulto con los cojines y mis cobijas para masturbarme con ellos, hasta que venía otro regaño del viejo y tenía que acostarme a soñar con una perrita bien sexy. Claro que cuando venían niñitos me ponía a jugar con ellos y con mucho disimulo y haciéndome el tonto me les encaramaba en las piernas hasta que oía el grito: ¡Balú, qué estas haciendo, sinvergüenza, anda para el canasto!

Otra cosa que me gustaba mucho era cuando me acostaba  en el canasto o en el piso y mi papá me hacía cosquillas en los pelos de mis patas, en las orejas o el costillar. Las cosquillas me hacían pegar saltos reflejos y le daba patadas en las manos. Otra cosa buena era mi sentido musical. Papá me silbaba pasito en la oreja y yo llevaba el ritmo con mis aullidos hasta que me daba una especie de desespero y me levantaba verraco y me iba lejos para que el  viejo no me jodiera tanto.

Papá decía que yo era un perro malicioso y de mala fe, porque le dañaba los paseos. Cada vez que yo veía que ellos estaban de viaje, me daba mucha tristeza que me dejaran, me tiraba en el piso con mirada lánguida de ternero huérfano y era tal el efecto en mi mamá, que muchas veces tenían que irse de paseo conmigo, pero para donde el veterinario, creyendo que me iba a morir. Claro que entre otras cosas, yo era un cobarde para andar en carro. Todo el tiempo chillaba y eso enfurecía al viejo, quien le decía a mamá: “es la última vez que le saco a pasear ese perro maricón, que no hace sino chillar todo el tiempo”.

Durante el último año empecé a perder mis sentidos. Claro ya tenía doce años, que es una edad muy avanzada en los perros. No veía bien, ni oía cuando me llamaban, ni olía las cosas.  Papa decía que el pobre Balú  ya “ni oye, ni veye ni peye”.

Finalmente, en Diciembre de 2001 me empezó a dar tos, me cansaba mucho, me sentía muy enfermo y tuvieron que llevarme al veterinario, quien me mandó unas pastillas, pero luego después que mamá se fue para Colombia, me empeoré, hasta que finalmente ya no pude caminar más y el miércoles 19 de diciembre me tomaron unas radiografías y se descubrió que mi corazón se había crecido enormemente, quizás de tanto amor que me dieron, y que estaba presionando mis pulmones, impidiéndome respirar. Que el mal era muy grave y no había nada que hacer. Podría tomar unas drogas, que me prolongarían la vida uno o dos meses, pero no iba a aliviarme. Mi papá tomó la mejor de las decisiones y le pidió al veterinario que me pusiera a dormir.

Me aplicó una inyección (un anestésico fuerte) que paralizó todas mis funciones vitales y en cuestión de 20 segundos me quedé dormido en los brazos de papá. Así terminó una vida feliz, sin dolor y sin sufrimiento. Los quise mucho a vos mamá y a papá, a Fernando y Adriana y a todos los amigos que venían a la casa. Hasta el tío Julián y Mariela que me miraban desde lejitos y no consentían que me les arrimara. ¿tan pendejos no?

Hoy soy sólo un recuerdo perruno que seguirá viviendo en ustedes. En el jardín queda una matita de rosas azules, que Mandy, nuestra vecina, le regaló a papá en memoria mía.

Adiós queridos. Nos quisimos mucho y se que nunca me olvidarán. Cada que lleguen a casa oirán mis ladridos y les parecerá verme salir a recibirlos.

 

Balú

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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