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Como atrapar a un ladrón

Mención de Honor, concurso de narradores organizado por el Instituto de Cultura del Perú, Embajada de Miami, Julio del 2010. Publicado en el libro “Poetas y narradores del 2010” ediciones del Instituto de Cultura Peruana.

Desde el día en que sus padres murieron en un trágico accidente de carretera, la señorita Doralina se retiró de sus estudios de música, vistió de riguroso luto y nunca más volvió a bajar al pueblo. Fue la heredera única de la inmensa fortuna de la familia que, a través de varias generaciones, trabajaron las tierras creando inmensos cultivos cafeteros y, con mucho orgullo, la mejor ganadería de la región. Nunca tuvo preocupaciones financieras o de manejo de las tierras, porque don Pedro Marín, un hombre serio y de la absoluta confianza de sus padres, aceptó seguir administrando con eficacia y honestidad sus propiedades.

De esta manera, ella pasaba los días leyendo los libros de la extensa biblioteca que formaron  su abuelo y su  padre por muchos años y practicando incansablemente el piano hasta convertirse en una virtuosa con un exquisito y extenso repertorio para el concierto que nunca el mundo escucharía. Su buena criada Herminia, además de hacerle compañía, atendía todos los menesteres de la casa y en la noche se retiraba a sus habitaciones en la pequeña casa que tenía asignada, unos doscientos metros de la casa principal.

Dos o tres veces a la semana, cabalgaba por los alrededores o caminaba un buen rato por los bien atendidos jardines de la casa y aprovechaba para conversar con su jardinero, el viejo Gregorio que había estado al servicio de la familia desde muchos años antes de que ella naciera, y le contaba con pelos y señales las historias y pecadillos de sus antepasados. Cada día que pasaba, se sentía más unida al viejo jardinero, quien se había convertido en su amigo y consejero, siendo la única persona con la que ella conversaba, incluso en algunas ocasiones sobre sus propias intimidades e ilusiones de mujer.  

Así pasaron los años hasta que un buen día Gregorio, derrotado por la vejez y la artritis, apareció con su nieto Venancio, un musculoso y atractivo mozo en la flor de la juventud, anunciándole que, a partir de ese día, él lo reemplazaría en las labores de jardinería. La señorita Doralina que para ese entonces se había convertido en una mujer adusta y solitaria, sintió un enorme pesar de perder a su buen amigo y cierta aprensión  y nerviosismo de que un hombre joven llegara a la casa. Por un par de semanas dejó de caminar por los jardines.

Un caluroso día de verano, cuando estaba en la biblioteca, vio al jardinero, que estaba sin camisa, trabajando  en su jardín predilecto, los rosales. Tomando un antiguo catalejo de bronce que debió pertenecer a un antepasado con deseos de ser marinero, lo contempló largo rato y sintió que algo nuevo y perturbador despertaba dentro de ella. Era una sensación extraña que no podía explicarse. A pesar de ser una mujer atractiva, nunca había tenido pretendientes cuando era joven y mucho menos contacto con persona alguna desde que se aisló del mundo y se encerró en su finca. Recordaba que su madre cuando vivía le decía que ella era una joven de “Una belleza rara”. Ahora a los cuarenta años la presencia de ese mozo en sus dominios empezaba a despertar pasiones que nunca en su vida había sentido.

Esa  noche, la señorita Doralina no pudo dormir bien. Cada rato se despertaba, atormentada por sueños eróticos que nunca había tenido. Finalmente, sólo pudo conciliar el sueño cuando, de una manera casi inconsciente, dejó que las  manos recorrieran su cuerpo para, que, por vez primera en su vida y casi que por accidente, experimentara la indeleble delicia de los placeres solitarios.

Al día siguiente, después de contemplar a Venancio por mucho tiempo desde la ventana de su alcoba, por primera vez se atrevió a bajar al jardín. Sin que él se diera cuenta porque estaba concentrado en su trabajo podando unos rosales, parada a unos cuatro metros de distancia,  contempló al joven jardinero por unos minutos, luego acercándose un poco más y cerrando sus ojos, aspiró profundamente los olores que emanaban de su cuerpo. Olía al perfume de la tierra. Una combinación  de sudor, musgo, hierbas, flores y maderas de rosas. Silenciosamente regresó a la casa y pasó el resto del día tocando románticas y apasionadas melodías de los grandes maestros. El tiempo pasó y la señorita Doralina agregó a su rutina de la lectura de los clásicos de la literatura y la práctica de piano, la contemplación del joven jardinero desde la ventana de su alcoba.

Hasta que una noche, unos meses más tarde, a eso de las dos de la mañana escuchó los distantes ladridos de los perros a la entrada de la finca. Minutos más tarde, escuchó ruidos dentro de la casa. Sentándose en la cama, prestó profunda atención y sintió nuevamente ruidos tenues en la sala. Como una suave corriente eléctrica que recorría su cuerpo, el miedo invadió su cuerpo, paralizándola. Trato de gritar en vano. La voz se negaba a salir de su garganta,  temblaba y un sudor frío manaba copiosamente de sus poros. Respirando profundamente, después de unos angustiosos segundos logró recuperar el valor, se levantó de la cama y caminando cautelosamente, abrió la puerta de la alcoba dirigiéndose hacia la sala  sigilosamente. Ayudada por la tenue luz que entraba por las ventanas por ser noche de luna llena, Doralina pudo ver que alguien se movía, tomando objetos y colocándolos en una bolsa. Angustiada dio un paso atrás, chocando con una mesa y tumbando un florero.

La persona que estaba allí, sintiéndose descubierta, se dirigió hacia ella y caminando lentamente se le aproximó.  Repentinamente ella, reconociendo el olor a sudor, musgo, hierbas, flores y madera de rosas, removiendo de los hombros las cintas que sostenían su bata de dormir, la dejó caer al suelo, quedando desnuda y extendiéndole la mano al ladrón le dijo tranquilamente: “Llevo muchos días esperándote Venancio, ven conmigo”. Esa noche Doralina se dio cuenta que el paraíso estaba en la tierra y llena de felicidad decidió que era hora de tirar al carajo el luto que había llevado por veinte años. 

Dos días más tarde Don Pedro Marín recibió una corta misiva de la señorita Doralina, en la cual le decía que había habido un intento de robo en la finca y que a partir de la fecha el sueldo de Venancio debía triplicarse porque él viviría en la finca cumpliendo las funciones de jardinero y guarda de seguridad.   

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Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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