Para disfrutarlos

A la memoria de Hernando Rivera

Humanista, maestro y pescador

Los dos carros llegaron hasta el final de la carretera y fueron parqueados debajo de los frondosos árboles para protegerlos del calor infernal de ese día de marzo en que por primera vez viajaba a esta alejada aldea a cumplir con mis obligaciones de funcionario del departamento de recursos naturales. Me acompañaban cinco subalternos que se encontraban tan emocionados como yo de visitar la selva tropical del pacifico colombiano. La verdad es que no estábamos muy lejos de la civilización, pues Buenaventura quedaba sólo a dos horas de distancia, sin embargo nos sentíamos a miles de kilómetros de la civilización. Una vegetación tupida con todos los tonos de verdes y amarillos, el canto de las chicharras, las ranas  y los pájaros era algo incomparable y hermoso y en las cercanías el rumor de las aguas del río que corrían suavemente hacia su destino final, el mar.

Después de unos minutos de espera, apareció Rafael nuestro guía, y pasados los saludos del caso, nos echamos las mochilas a la espalda, nos subimos a la canoa e iniciamos nuestro recorrido de cinco kilómetros viajando rio arriba hacia San Marcos que era la aldea a la que nos dirigíamos.

Perdonen ustedes, pero no me he presentado. Soy Emiliano Moreno, ingeniero de minas de profesión y en este caso particular, les estoy narrando las hechos que ocurrieron en esta región cuando fuimos a estudiar la posibilidad de explotar comercialmente oro en el río Munguidó, gracias al descubrimiento casual de una rica veta de oro por uno de los habitantes de esta aldea. Era nuestra labor la de recomendar la mejor manera para que los habitantes de San Marcos se beneficiaran económicamente de esta inesperada riqueza que les cambiaría su forma de vida radicalmente, pues hasta el momento ellos dependían de la tala de los bosques, vendiendo la madera a compañías papeleras y vivían felices sin afanes ni preocupaciones como lo habían hecho sus antecesores desde los tiempos de la esclavitud, cuando fugándose de las haciendas y de las minas, buscando la libertad, vinieron a vivir a estas selvas que les recordaban sus paraísos africanos y como ellos, los habitantes de hoy en día, viven de la abundante pesca de los rios y quebradas, los cultivos de plátanos, yuca y frutas, especialmente el chontaduro, que en la época de cosecha vendían a los comerciantes que los llevaban a las ciudades. Dicen las malas lenguas que debido a la fama de esta última fruta de ser un  afrodisiaco, la población de la aldea aumentaba en un buen número de negritos nueve meses después de la cosecha.

Al salir de un recodo del río divisamos la aldea, un buen número de casas de bahareque unas con techos de láminas de zinc oxidadas por el tiempo y otras con techo de palmas típicas de los sitios donde viven las comunidades negras de la costa del pacifico, gente buena y alegre que ha desarrollado una cultura muy particular, especialmente en el folclor que lo vive, lo canta y lo baila con el alma, el cuerpo y el espíritu. En el playón del río, un buen número de personas nos esperaban, entre ellas Emilio Buitrago el inspector de policía que había sido la persona que solicitó nuestros servicios y Jesús María Ocoró, el baqueano que descubrió la veta de oro en la quebrada Valenzuela.

En las horas de la tarde recorrimos todos los ranchos y conocimos la mayoría de los habitantes, todos ellos muy simpáticos, alegres, dicharacheros, en fin con una alegría contagiosa que nos hizo sentir en casa. Cuando el sol empezaba a ocultarse, varias personas organizaron unos fogones en la playa y nos regalaron una deliciosa comida de pescado frito con arroz, fríjoles, plátanos y yuca. La noche llega temprana en la  selva y de pronto desde una de las casa salió un grupo de músicos  seguida de un grupo de bailarines y hasta muy tarde en la noche presenciamos el más extraordinario desfile musical al son de currulaos, la juga, el berejú y el patacoré, ritmos que esta gente lleva en lo más profundo de sus almas contándonos las tradiciones que se han venido transmitiendo de generación en generación desde los tiempos de la esclavitud. La música de la marimba y los tambores creaban un ambiente mágico acentuado por las fogatas que iluminaban a los bailarines en esa danza sensual y cadenciosa donde los cuerpos se acercan y se alejan incitando e invitando al amor en un juego en el cual el hombre propone y la mujer dispone. Habían cuatro parejas jóvenes bailando y una de las chicas se distinguía por su hermosura. Su piel de ébano, su rostro hermoso, su sonrisa, su porte y el movimiento de sus brazos, sus caderas y pies llevando con absoluta perfección el ritmo del baile y un algo en toda ella que no se puede describir ya que simplemente lo único que un ser humano desearía hacer al encontrársela, sería morir de felicidad haciéndole al amor.      

Con disimulo le pregunté al inspector por ella y me dijo que llamaba Josefa y era la chica más popular de la aldea y por consiguiente la más pretendida. Que su belleza era conocida por todos los negros de la región que querían llevársela para sus ranchos, pero la muy condenada solo tenía ojos para su novio Ramiro, que era el apuesto y musculoso negro que estaba bailando con ella. Bien tarde en la noche terminó la fiesta y en la playa solo quedaron tres o cuatro personas durmiendo la borrachera.

Al día siguiente, a eso de las nueve cargamos las canoas con todo lo necesario y los bogas iniciaron la marcha río arriba hacia la quebrada donde estaba la veta de oro. Alegres cánticos salían de las gargantas de los negros llevando el ritmo de la música con los remos. 

“Cuando dos se están queriendo... oí... ve...
y no se alcanzan a hablar... oí... ve...
por el ojo de una aguja... oí... ve...
se mandan a saludar... oí... ve...”

En medio de la alegría de todo el grupo y los cantos, contemplamos un paisaje de fantasía, aguas puras transparentes en charcos de engañosa profundidad ya que el fondo parece que se pudiese tocar  con la mano y en realidad es de cuatro o cinco metros de profundidad. De vez en cuando podíamos ver pescados enormes pasar a toda velocidad.

Unos minutos más tarde, llegamos al primer raudal, que los negros llaman “Chorros”, son sitios donde se hace más fuerte la pendiente y el río adquiere gran velocidad golpeando las rocas y el fondo, el agua da a las rodillas y es necesario bajarse y empujas las canoas río arriba en medio del ruido ensordecedor de la corriente. De esta manera alternándose los charcos y los chorros, después de cuatro horas llegamos a la quebrada. Los bogas limpiaron con sus machetes el sitio escogido para campar y en el término de dos horas armaron el campamente donde estaremos por una semana diseñando y organizando la mejor manera de explotar el oro aluvial.

Jesús María nos llevo al sitio donde descubrió la veta de oro. Mientras caminábamos vadeando la quebrada, nos contó como al estar cortando madera, una noche mientras dormía cayó una fuerte tormenta y la quebrada se creció llevándose varios árboles de la orilla. Al otro día mientras pasaba por uno de los árboles caídos vio la roca con la veta de oro y en el fondo una pepita de oro unos tres centímetros de tamaño. Olvidándose de la madera, pasó el resto de la semana buscando y recogiendo pepitas que pesaron 6 gramos de oro puro que le dieron unos cuantos miles de pesos. Con la inocencia propia de quienes viven en estas selvas, compartió su hallazgo con los compañeros de la aldea y en unos cuantos días lograron cambiar completamente sus condiciones de vida. Fue el inspector de policía, un hombre honrado y cauteloso quien les recomendó asesorarse del gobierno para legalizar la situación y lograr explotar adecuadamente la riqueza aurífera de la quebrada. Esta es la razón por la cual viajé a este sitio con personas de mi absoluta confianza para establecer el más conveniente sistema de explotación  del oro.

En el transcurso de la semana recorrimos el área y determinamos los sitios donde se abrirían los canales para lavar el oro, recomendamos el sistema del bateo como el más apropiado que aunque se hace a base del lavado manual, no contamina como es el caso de sistemas mecánicos de separación y el uso de cianuro y mercurio que son altamente contaminantes y peligrosos para la salud.

En las horas de la tarde de cada día, disfrutábamos de la pesca, nos reuníamos a comer y terminábamos con una alegre velada donde los negros nos deleitaban con su buen humor, sus historias y canciones que han pasado de generación en generación. Una vez definida la manera de desarrollar la minería regresamos a San Marcos y luego a nuestras oficinas dando por terminada nuestra labor en la costa del pacífico y con la creencia de que todo iba a funcionar bien.       

Cinco años más tarde tuve la oportunidad de regresar a San Marcos en un viaje de pesca y me encontré un panorama desolador: La fiebre del oro al igual que en Norteamérica trajo gente extraña al poblado, gente cuya ambición superaba la hermandad imperante en ese villorrio, gente cuyo objetivo era enriquecerse rápidamente, atropellando las costumbres e idiosincrasia de los nativos de San Marcos. Aparecieron las casas de lenocinio en las cuales los hombres dejaban el fruto de estar toda una semana con el agua a la cintura moviendo una batea en busca de unos brillantes pedacitos de polvo de oro, hombres y mujeres que tumbaban parte de la ribera del río en busca del precioso pero dañino metal. Dañino por que las peleas estaban a la orden de día, terminaban con la mutilación de alguno de los miembros de uno o varios contendientes e incluso con difuntos que dejaban huérfanos  familias con numerosa prole. Aparecieron los paisas comerciantes como ellos solos, que fiaban a los mineros las provisiones de la semana para luego cobrar con gramos de oro lo fiado con balanzas arregladas a favor suyo.

Muchas parejas se dejaron  influenciar por el brillo del oro, y así, cada día San Marcos se descomponía más socialmente y todos estaban preocupados hasta el punto de que tanto los sacerdotes como los pastores que visitaban el caserío, hacían sus mejores esfuerzos con los feligreses para que regresaran a la paz y temor de Dios que en otra hora imperaba en el villorrio. Tanto invocando el amor mutuo como con el temor del más allá, el infierno y Satanás se oían las prédicas de los representantes del Supremo para que los nativos y extraños cambiaran su ligereza en la vida. Incluso Camila que era una negra que tenía fama de bruja sentenció “si este pueblo no se compone vendrá una avalancha y se lo llevará, pero además aparecerán monstruos que cobrarán ese desordenado vivir a todos”

Tuve la suerte de encontrar a Emilio Buitrago, que todavía ejercía las funciones de inspector de policía contándome como todo había cambiado por la ambición, causando un terrible daño ecológico con el uso de técnicas no recomendadas, tales como ácidos y mercurio que habían degradado el río de tal manera que el pescado había desaparecido  y me contó la triste historia de Ramiro y su novia, la hermosa y sensual negrita Josefa, que un buen día le dio la buena noticia de que estaba embarazada. Con el transcurso de los días, la exuberancia y sensualidad de Josefa dio paso a las bellas formas de una futura madre, su lujurioso caminar se volvió cansino, pero en sus ojos brillaba la felicidad y  sus perfectos y blancos dientes seguían  riendo con gracia sin par.

Llegado el día, las parteras del poblado se alistaron y a los primeros dolores de Josefa, estuvieron prestas a auxiliarla. Negros, paisas y todo tipo de gente estaba pendiente del parto de Josefa. Dentro del rancho, Josefa seguía las indicaciones de las comadronas y cuando ocurrió el nacimiento, un grito desgarrador rompió el silencio, Ramiro y las parteras no podían  creer lo que veían, una hermosa criatura con la belleza de su madre, pero con los pies unidos semejando una sirena.

Cada uno cobró su predicción, la bruja Camila reclamó para sí la predicción de que nacerían monstruos, el sacerdote católico, el pastor protestante argumentaban que era castigo del Supremo, mientras el rio moría por los altos contenidos de mercurio que tenía.

El inspector terminó la historia, diciéndome que la sirena de San Marcos, había muerto a los cinco días de nacida y Ramiro y Josefa se habían marchado del pueblo rio arriba a buscar el hogar de sus ancestros en las profundidades de la selva del pacífico colombiano.

 

Cuando terminaron de hacer el amor, Jorge supo que algo raro pasaba con Catalina. Había estado fría y distante. Cuando ella salió de la ducha la contempló mientras se vestía y se maquillaba, se notaba preocupada, era como si estuviese luchando internamente para decirle algo.

 

Jorge, todavía en la cama, prendió un cigarrillo y después de aspirarlo profundamente le preguntó que le pasaba. Mirándolo a través del espejo ella le dijo:

 

—Creo que ha llegado la hora de que no nos veamos más. Tengo que pensar en mi futuro y quiero decirte que tengo un amigo que está enamorado de mí y quiere que nos casemos.

 

Las palabras le cayeron a Jorge como una pedrada.

 

¿Cómo? ¿Estás diciéndome que tienes un novio o un amante? ¿Me estás siendo infiel? 

 

— ¡No se cómo te atreves a decirme que te soy infiel. ¡Mírate en el espejo!, ¿no eres tú el infiel? ¿No eres tú el que eres casado y traicionas a tu esposa? Creo que ha llegado la hora de terminar lo nuestro, además, estás equivocado porque mi amigo no es mi amante. Jamás me he acostado con él y espero hacerlo después de nuestro matrimonio. Lo siento mucho pero lo nuestro no tiene futuro. Simplemente me cansé de ser tu amante secreta, de ser un ser invisible en tu mundo a quien recoges a hurtadillas en un parque y llevas a un hotel por unas horas para disfrutarla. La mujer que nunca puedes llevar a un sitio público, o a un concierto porque tus amigos y amigas te pueden ver y le van con el cuento a tu esposa. Ahora hay un buen hombre que me quiere por las buenas y desea casarse conmigo.

 

Catalina, tienes que recordar que yo nunca te oculté que era un hombre casado y tú me aceptaste así, ¿Por qué vienes ahora con esas? ¿No te he complacido siempre en tus caprichos de niña mimada? ¿Qué más quieres? 

 

Mira Jorge, si realmente me quieres como lo dices, es hora que enfrentes la realidad. Es hora de que escojas, es ella, tu mujer o yo. Ya me cansé de ser tu amante secreta. Hasta luego.

 

Espera, no te vayas, déjame decirte que te quiero y te necesito como necesito el aire para respirar, tú eres el amor de mi vida, no sabes cuánto te quiero. Tú llegaste a mi vida en el momento en que estaba completamente desesperado y me diste una nueva razón para vivir, nunca te lo dije, pero creo que ha llegado el momento de hacerlo y quiero ser muy honesto contigo. Cuando me casé, amaba profundamente a mi esposa, creí que era el hombre más feliz del mudo, nuestra vida era llena de sueños y planes para el futuro, disfrutamos cada minuto de nuestras vidas, sexualmente nos entregamos el uno al otro como un par de locos enamorados; sin embargo, cuando ella quedó embarazada todo empezó a cambiar, luego cuando nació nuestro hijo, ella se dedicó de tiempo completo a él y se olvidó de mí. No sabes lo que es vivir en ese infierno de ver pasar el tiempo, de querer hacer el amor con el ser que uno ama para ser rechazado una y otra vez. Pero no fue el rechazo únicamente, ella empezó a descuidarse, a no arreglarse, estar de mal genio, aumentar de peso sin importarle un comino si estaba presentable o no. De esta manera transcurrieron tres años hasta que me cansé de sufrir por mi amor y empecé a salir con mis amigos, queriendo diluir mi frustración tomándome unos tragos, divirtiéndome, hasta que un buen día te encontré en mi camino y supe que la vida me daba uno segunda oportunidad de ser feliz. Por favor, no me dejes ahora. Dame tiempo para organizar mi vida.  

 

— ¿Y cómo piensas organizarla? ¿Te vas a separar de ella?

 

La pregunta sorprendió a Jorge a quien nunca le había pasado por la cabeza que él tenía que separarse. A pesar de todo, tenían un hijo y una obligación familiar.

—Bueno, la verdad es que no he pensado muy bien que voy a hacer, pero si tú me das tiempo, puedo empezar a buscar una solución y tú tienes que ayudarme. Lo importante es que ella y el niño no sufran las consecuencias de una separación.

 

—Lo que me estás diciendo es simplemente que continuemos como hasta ahora. Eres un cínico y un sinvergüenza tanto con tu mujer como conmigo. A mí me tienes para satisfacerte sexualmente y a ella y el niño para aparentar respetabilidad matrimonial. No mi estimado amigo, esto se acabó. Hasta luego.

 

Cerrando violentamente la puerta, Catalina se marchó del hotel.

 

Mientras regresaba a casa  en un taxi, Catalina se sintió liberada; había tenido que mentir inventándose un novio para poder terminar esa relación que sólo le había hecho daño. Recordaba como se había enamorado tontamente de un hombre atractivo que prácticamente la sedujo con palabras dulces y promesas falsas que la ilusionaron en una forma tal, que la condujeron por un camino equivocado que no podía desandar. Sentía dolor y rabia de haber traicionado la confianza que sus padres habían depositado en ella y miedo de que sus amigos y compañeros de trabajo la señalaran con el dedo.

 

 Cuando descubrió que Jorge era casado, ya era demasiado tarde, se le había entregado como una tonta y estaba tan profundamente enamorada de él, que en esos momentos aceptó las explicaciones que le había dado. Fue solamente a través del tiempo que descubrió la cara oculta de su amante cuando primero una amiga le contó que ella lo había rechazado porque él tenía fama de enamorado y lo único que le interesaba de las mujeres era llevárselas a la cama y luego escuchó una historia más tenebrosa cuando una compañera de trabajo le contó confidencialmente que conocía a una chica que había quedado embarazada y él la llevó a una clínica clandestina de abortos. 

 

* * * *

 

Durante los días siguientes, Jorge trató de comunicarse con Catalina desesperadamente pero una y otra vez fue rechazado enfáticamente. Finalmente se dio por vencido y dejó de insistir hasta que un día, tres meses más tarde, Catalina entró a un restaurante con una amiga.

 

Cuando cenaban y conversaban animadamente, Catalina vio a Jorge cenando con una agraciada chica en una mesa que estaba hacia el fondo casi oculta del resto de los comensales. Sostenía la mano de la chica y le hablaba mirándola a los ojos. Inmediatamente recordó que ella había estado con él en ese mismo sitio cuando iniciaron su romance. A mitad de la cena, pidiéndole permiso a su amiga para ir al baño, caminó resueltamente y al pasar cerca de la pareja, se dirigió a Jorge diciéndole: 

 

 —Qué sorpresa encontrarte aquí Jorge, ¿me presentas a tu señora?— Dirigiéndose a la chica le dijo: Mucho gusto en conocerla señora. ¿Te acuerdas cuando vinimos a cenar a este restaurante? Tú escogiste la misma mesa, qué coincidencia.

 

Con el rabillo del ojo vio que Jorge cambiaba de color. Continuó su camino al baño y cuando regresó vio que la pareja se alejaba discutiendo airadamente. Alcanzó a escuchar cuando la joven le decía. 

 

— ¡Eres un desgraciado, tú me dijiste que te llamabas Luis!

Con una sonrisa de satisfacción, Catalina retornó a la mesa y disfrutó del resto de la velada inmensamente.           

Se conocieron en el baile de cumpleaños de Domitila. Carmen era atractiva, bien parecida y un cuerpo con suaves redondeces que invitaban de inmediato al coqueteo.

 

Sonaba un vallenato y la invitó a bailar. Además de ser bonita resultó ser una gran pareja, llevaban con sus pasos el ritmo lento y cadencioso de los buenos bailarines y poco a poco sus cuerpos fueron acercándose, uniéndose en un  acople perfecto de música y baile.

 

Carmen se sintió bien, su pareja era atractiva, varonil, irradiaba una simpatía arrolladora y se veía seguro, confiado y optimista. Se llamaba Carlos y hacía poco había terminado sus estudios de ingeniería. Había venido al pueblo a pasar vacaciones con su familia.

 

Sonó una salsa y una vez más se entendieron a la perfección en los intricados pasos de este baile. Sus cuerpos empezaron a tener un contacto más estrecho y de una manera espontánea se entregaban al placer de bailar como si fueran los únicos en el salón, moviéndose al son de la música con rápidos y diestros movimientos de sus cuerpos que podían hacer creer que habían ensayado previamente.

 

Desde la puerta de la sala, Joaquín miraba a las parejas bailar y seguía con recelo los movimientos de Carlos y Carmen quienes, disfrutando inmensamente de la música, conversaban animadamente y reían. Tenía que contentarse con ver bailar ya que las muchachas del pueblo lo evitaban por ser un pésimo bailarín. Estaba enamorado de Carmen y se sentía incómodo de verla tan dichosa bailando con el forastero.

 

Al terminar la pieza musical, Carmen se sentó y él buscó otra pareja. Joaquín se dirigió a ella y le pidió que bailaran a lo cual se negó, diciéndole que estaba cansada. Se sintió rechazado y le dijo:

 

Parece que solo estás disponible para los forasteros.

 

Ella ignoró el comentario y buscó la compañía de sus amigas, dejándolo parado.

 

Con los dientes apretados y el ceño fruncido fue al bar. De mala manera pidió un trago y se lo tomó de un golpe. Con rabia dio un puñetazo en el mostrador y regresó a la sala parándose en la puerta con  una mirada sombría y recelosa.

 

Sonó un bolero y Joaquín se dirigió nuevamente hacia Carmen para invitarla a bailar, sólo para verla alejarse hacia la pista con el forastero. Se sintió haciendo el ridículo y tratando de hacerse invisible, regresó a su puesto y se sentó mordisqueando la rabia que sentía hacia ella y su pareja. Los vio bailar muy despacio, hablando y mirándose a los ojos y moviéndose cadenciosamente a lo largo y ancho de la pista.

 

Él la dirigía en el baile como todo un maestro, en uno de sus movimientos juntó su cuerpo más estrechamente y suavemente la atrajo hacia sí, logrando un contacto más íntimo de sus muslos con el bajo vientre de Carmen. Sintió que ella se estremecía ligeramente y esperó unos segundos por un rechazo a sus avances. Supo que era aceptado ya que solo se sonrojó, le miró a los ojos y en vez de retirar su cuerpo, con la presión de sus brazos y reclinando el rostro en su hombro le indicó que estaba a gusto en esa danza sensual que se había iniciado.

 

Rozó suavemente con los labios su cabello y el cuello y le acarició el rostro de una manera lenta y deliberada. Carmen sintió que se quemaba internamente y se sintió húmeda por dentro. Algo presionaba contra su cuerpo y sentía un deseo inmenso de ser amada hasta la locura. Desde ese momento se olvidaron de todo. Esta danza íntima continuó por un largo rato, y las demás parejas los miraban y comentaban sobre la manera como bailaban.

 

Luisa, una de las amigas de Carmen, le hizo señas con disimulo, para que al terminar el baile fuera donde ella. Cuando terminó se dirigió hacia ella, y ésta tomándola de la mano la llevó a un rincón y le dijo:

 

Parece que estás muy contenta bailando con tu pareja. Mi mamá está furiosa y otras señoras dicen que tú eres una desvergonzada. Ten más cuidado con lo que haces para que no hablen mal de ti. Por otra parte, si no te has fijado, Joaquín está que trina de la rabia y dice que eres la putica del pueblo.

 

No me importa lo que la gente diga. Y en cuanto a Joaquín, yo no tengo ningún compromiso con él. Mil veces le he dicho que nunca podré quererlo, lo siento mucho pero no siento nada por él. Quiero disfrutar el momento. Estoy feliz y nadie tiene por qué meterse en mi vida.

 

Regresó al salón, se dirigió a Carlos y le dijo que quería seguir bailando con él.

 

*   *  *  *  *

Joaquín salió a la calle y se dirigió a su casa. Entró sin hacer ruido y se encerró en su alcoba. Se tiró en la cama y trató inútilmente de dormir. Con los brazos cruzados, detrás de su cabeza, se dedicó a pensar. Sabía que era un perdedor, en el colegio había sido siempre un estudiante mediocre, a duras penas pasaba las materias. Pésimo para el deporte, siempre se había sentido echado a un lado por su falta de destreza, para cualquier juego.

 

A pesar de ser bien parecido, las muchachas del pueblo lo hacían a un lado por aburridor y cansón, además, desde que se había metido en una de esas nuevas iglesias que aparecen por todas partes, se la pasaba hablando de que Jesús era la salvación y había que ser puro y sin pecado para ganar la recompensa eterna. Se había enamorado desde hacía mucho tiempo de Carmen, quien le había dicho con toda franqueza que no lo quería y que no perdiera su tiempo insistiendo.

 

Esto lo hizo un poco insociable, evitaba en lo posible otra gente. Quizás por esta razón, se dedicó a la cacería y a la pesca, que son actividades que requieren muy poca compañía. Con Roberto, a quien conocía desde chico, llevaba una amistad más íntima y era su amigo de aventuras. Vivían en tierra fría y los campos aledaños eran fructíferos en las expediciones de caza y pesca de trucha en las cuales habían logrado convertirse en verdaderos maestros.

Pensó una vez más en Carmen y la vio en su imaginación haciendo el amor con el forastero. “maldita, maldita putica”, dijo para sus adentros. Sin poder dormir, se dedicó a dar vueltas en la cama mientras que por su mente cruzaban ideas de cómo castigarlos. Era casi la madrugada cuando logró conciliar el sueño.

*   *  *  *  *

Al día siguiente, Joaquín, conversando con Roberto le preguntó qué quién era el forastero y éste le dijo que se llamaba Carlos Arango. Acababa de graduarse en sistemas y estaba pasando tres meses de vacaciones con la familia en el pueblo. Habían alquilado la finca “La Leona” en el camino al páramo. Había conversado con él durante la fiesta y era muy simpático y además le gustaba la pesca. Parece que estaba de novio con Carmen pues toda la noche habían bailado muy arrimaditos y muy felices y habían salido juntos cuando terminó el baile. Al oír esto a Joaquín se le revolvieron todos los hígados.

 

¿Juntos, para dónde? -preguntó irritado.

 

Bueno, eso si se lo tienes que preguntar a ellos -le replicó Roberto riéndose.

 

Oye Roberto, por qué no lo invitas a una pesquería en uno o dos días, ahora que estamos de vacaciones podemos llevarlo y ver qué tanto es que sabe el pretencioso ese de la pesca de trucha.

 

 Bueno, hablaré con él y te aviso.

 

Dos días más tarde, Joaquín y Roberto llegaron a la Leona a las seis de la mañana con sus equipos de pesca. Carlos los estaba esperando, se saludaron, tomaron desayuno tempranero y se dirigieron al río que pasaba no muy lejos de la finca.

 

Carlos quedó impresionado. Aguas rápidas, color chocolate, indicio de su origen paramuno. Grandes rocas dando nacimiento a hermosos charcos. La corriente se veía muy fuerte y Carlos supo de inmediato que era perfecto para la pesca de la trucha.

 

Joaquín lo conocía como la palma de su mano. Cada caída de agua, las rocas, las orillas difíciles de caminar por las zarzamoras que exigían vadear el río. Este tenía una sucesión de charcos tranquilos con aguas profundas y frías, que desembocaban en una fuerte caída, una especie de cascada de uno a tres metros de altura de ruido ensordecedor al precipitarse al siguiente charco.

 

La pesca fue todo un éxito y Carlos se destacó con la pesca de la mosca, que era desconocida para Joaquín y Roberto, que utilizaban cucharas metálicas como señuelos. Después de seis horas de caminar río arriba, llegaron a un pozo que se curvaba y alcanzaba unos diez metros de ancho. Joaquín sabía lo difícil que era, debido a la fuerte corriente que empujaba hacia un paredón de rocas todo lo que cogía y lo hundía en unos remolinos que se formaban al final. 

 

Además, la orilla opuesta estaba llena de matas espinosas impenetrables. Terminaba abruptamente saltando por entre las rocas y caía unos dos metros sobre una cama de rocas redondas y resbaladizas. Por otra parte, y sólo él lo sabía, allí estaba la trucha más grande y hermosa y a la vez la más maliciosa y elusiva, a la que había tratado inútilmente de pescar cientos de veces y nunca lo había conseguido.

 

Mejor nos regresamos -dijo Joaquín -aquí no hay nada y el río se hace muy difícil de caminar por las orillas tan resbaladizas y enmontadas.

 

Carlos escudriñó cuidadosamente las aguas con sus lentes polarizados y cuando se aprestaba a creer que efectivamente allí no había nada, descubrió la trucha. Estaba majestuosa debajo de las sombras que producían los arbustos.  Era difícil distinguirla, pero allí estaba, reina absoluta del río. Sólo la ventaja de los lentes polarizados le había permitido descubrirla por el leve movimiento de su aleta caudal.

 

Espérenme un momento -dijo. -Voy a probar por si acaso. Ensayó dos de sus falsos lanzamientos para asegurarse de llegar hasta la trucha.

 

Joaquín pensó para sus adentros: “Este forastero de mierda me quitó a Carmen y ahora me va a quitar mi trucha. Me las va a pagar todas juntas, por Dios bendito que me las va a pagar”.

 

El primer lanzamiento que hizo no tuvo respuesta, se preparó nuevamente y esta vez la mosca se posó suavemente en el agua y él la dejó que se fuera con la corriente hacia la otra orilla donde había visto la trucha. Un borbotón de agua le indicó que había tomado el engaño, esperó un par de segundos y levantó la caña de pescar rápidamente. La línea se tensó y se inició la más sensacional pelea entre el pescador y la trucha. Ella saltaba, se elevaba sobre el agua, corría locamente toda la extensión del agua, volvía a saltar con sus iridiscentes colores lastimando las retinas de Joaquín y Roberto, testigos de esa lucha titánica. Joaquín rezaba mentalmente para que se escapara porque esa era su trucha, no la del forastero. “Dios mío, Dios mío, ayúdame, haz que se ahogue, no dejes que saque mi pescado”.  

 

Carlos se movía ágilmente, recogiendo y soltando línea para no perder la trucha, se metió al agua hasta la cintura para evitar unos arbustos y de pronto, como si Dios escuchara los rezos de Joaquín, se dio cuenta que perdía la firmeza de sus pies, empezaba a resbalarse, trató de caminar hacia atrás buscando algo firme pero el fondo del río se inclinaba agudamente hacia las rocas, una corriente poderosa lo empujaba y en su esfuerzo por no perderla, se dejó llevar. Estaba en peligro, lo supo intuitivamente, trató de nadar, pero no pudo hacer nada contra la corriente que se lo llevó aguas abajo. Soltó la caña de pescar y nadó con todas sus fuerzas. Todo fue inútil. Como un muñeco fue arrastrado contra las rocas del final del pozo, la velocidad y fuerza del agua era impresionante y sintió un golpe seco al chocar contra las rocas. Se sumergió inconsciente en las frías aguas.

 

Joaquín y Roberto corrieron detrás de él, llegaron al otro charco y Roberto, sin pensarlo dos veces, se lanzó al agua a rescatarlo, mientras Joaquín que era un excelente nadador se quedaba en la orilla indeciso. No sabía qué hacer, de todas maneras, ese hombre que estaba en peligro era “su enemigo”. Roberto salió a la superficie a tomar aire y viendo a Joaquín parado en la orilla le gritó:

 

¡Y tú qué haces allí, carajo, ven ayúdame a sacarlo!

 

Joaquín reaccionó ante el grito y se lanzó al agua. Mientras buceaba buscándolo, Joaquín pensaba que era extraño que él estuviera arriesgando su vida para salvar a alguien que solo amarguras le había dado durante los últimos días. “Quizás el Señor tenga otros designios para él o para ellos”. Salió a la superficie, tomó aire y se sumergió nuevamente. Esta vez sintió su cuerpo. Estaba aprisionado entre dos grandes rocas, lo tomó del pelo y lo sacó arrastrándolo hacia la orilla.

 

Carlos no respiraba y sangraba profusamente de la cabeza. Lo voltearon un poco y le hicieron vomitar el agua que había tomado, Joaquín sabía lo que había que hacer, lo puso boca arriba, le dio respiración artificial hasta que, finalmente, Carlos respondió. Cuando su pulso y respiración se hicieron rítmicos, lo volteó de costado, recogió una de sus piernas y lo dejó reposar. Le revisó la herida de la cabeza y con un vendaje improvisado de su camisa le cubrió la herida, suavemente presionó hasta que dejó de sangrar y le pidió a Roberto que fuera a buscar ayuda en alguna de las fincas próximas.

 

Dos días más tarde, Carlos completamente recuperado, bajó al pueblo y buscó a Joaquín en su casa.

 

Quiero agradecerte mucho por tu ayuda, realmente me salvaste la vida.

 

No te preocupes -contestó fríamente -Hubiera hecho lo mismo por cualquier persona, lo único que hice fue aplazar tu muerte. Algún día te llegará, lógico, como a todo el mundo.

 

Después de unos días, todo regresó a la normalidad, la relación amorosa de Carlos y Carmen se hizo más íntima, algunos decían que los habían visto bailar muy apretaditos en el bailadero de Agapito, alguien más dijo que los habían visto entrar a un motel. Como todo pueblo que se respete, los chismes iban y venían acerca de este par de novios o amantes, según quien los mirara.

 

*   *  *  *  *

 

Faltando pocos días para terminar la temporada de vacaciones los muchachos del pueblo organizaron un paseo a la Laguna Verde, sitio donde nacía el río, allá arriba en el páramo. Todos aceptaron, excepto Joaquín, quien se disculpó por estar ocupado ese fin de semana en una excursión de cacería. Carlos y Carmen se apuntaron al paseo, igualmente se formaron otras parejas de amigos y novios dispuestos a disfrutar de esta aventura. Se pusieron de acuerdo en la comida que iban a llevar y prepararon viaje para el sábado siguiente.

 

Muy temprano salieron siete parejas hacia la laguna. En un recodo de la carretera dejaron sus carros y emprendieron a pie el ascenso hacia el páramo. El camino hacia la laguna era escarpado y difícil, turnándose en la llevada de los avíos para tres días de permanencia. Después de varias horas de ascenso llegaron a la zona conocida como el fangal. Eran unos dos kilómetros de una área semiplana que recogía las aguas del páramo y formaba una serie de ciénagas continuas, difíciles de caminar. Los paseantes se hundían hasta las rodillas en el fango, la presión del lodo en sus piernas hacía que muchas veces perdieran los zapatos que se quedaban enterrados y tenían que ayudarse mutuamente para sacarlos. Finalmente, después de unas dos agotadoras horas, llegaron a tierra seca y todos se acostaron a descansar en el suelo.

 

Carlos y Carmen estaban abrazados contemplando el paisaje y, de pronto, éste descubrió que perfilándose en una colina a unos cuatrocientos metros de distancia, alguien los observaba. Se dirigió al grupo y les dijo:

 

Muchachos, parece que tenemos compañía, allá arriba hay alguien que nos está vigilando.

 

Todos dirigieron sus miradas hacia el sitio indicado y comprobaron que una persona, al parecer con unos binoculares estaba mirándolos y además parecía armado.

 

Roberto, que estaba en el grupo le dijo:

 

No te preocupes, debe ser uno de los vigías de la guerrilla, tú debes saber que ésta es tierra de guerrillas, pero no nos van a hacer ningún daño. Algunos de los muchachos del pueblo se han unido a ella, nosotros no los denunciamos y ellos no se meten con nosotros. Quédate tranquilo y no tengas ningún temor.

 

Sin embargo, Roberto pensó para si mismo, que era extraño que el supuesto vigía estuviera solo. En ocasiones anteriores había visto que ellos marchaban en grupos de tres o cuatro, quizás como medida de seguridad. Además, le parecía ver un aire familiar en el supuesto guerrillero.

 

Cuando el grupo reinició el ascenso, Carlos vio que el guerrillero hizo lo mismo. Para su asombro, la velocidad con que ese individuo se desplazaba por las lomas era increíble. En cuestión de minutos ascendía las lomas y de pronto estaba a la derecha de ellos y minutos más tarde desaparecía y reaparecía al lado izquierdo, siempre manteniendo la misma distancia del grupo, distancia que no permitía identificar su rostro.

 

Finalmente, tras otras dos horas de ascenso, Carlos se encontró el paisaje más hermoso que sus ojos habían visto: el Nevado del Huíla en toda su majestuosidad, despejado, desafiante e inaccesible sirviendo de fondo a una laguna que dejaba caer sus aguas a través de una cascada de unos cuatro metros de altura y unos quince metros de ancho en otra más pequeña pero tan hermosa como la primera. Realmente había valido la pena llegar hasta allí. Habían sido siete horas de ascenso desde que dejaron los carros y todas las dificultades quedaban olvidadas con el paisaje, aún con guerrilla y todo.

 

A la margen izquierda había un refugio que se veía atractivo e invitador. Carlos se sorprendió de lo bien construido, si bien era rústico, tenia un salón amplio y cuatro amplias habitaciones que acomodaban perfectamente a unas quince, quizás veinte personas. Un balcón con una vista espléndida de las lagunas y el nevado. Se veía ordenado y limpio, seña de que alguien vivía allí. ¿Quizás el guerrillero?  “Bueno por esos tres días iba a tener que dormir en el monte”, pensó Carlos para sus adentros.

 

Después de unos breves minutos de descanso reparador, se distribuyeron las tareas de cocina y limpieza, todos se encontraron listos para iniciar un reconocimiento del área. Roberto le prestó una caña de pescar a Carlos que había perdido la suya en el incidente del río y decidieron que esa noche cenarían truchas frescas.

 

Pasaron el resto de la tarde caminando por los alrededores y luego los dos pescadores del grupo se dedicaron a su tarea. La pesca era magnífica, truchas enormes y luchadoras les dieron largos minutos de placer y muy pronto tuvieron la cantidad que necesitaban para la cena. De vez en cuando Carlos miraba hacia las colinas y podía ver al guerrillero que seguía agachado, enruanado y sin perder detalle de lo que el grupo hacía.

 

Carlos demostró que no sólo era buen pescador sino que era un maestro para la cocina y al caer de la noche sirvió un verdadero banquete para todos los integrantes del grupo.

 

Alguien había traído una radio portátil y cintas con música bailable. Destaparon una botella de aguardiente y se dedicaron a conversar, contar chistes y unos minutos más tarde todas las parejas bailaban y se acariciaban como si cada una de ellas estuviera en privado. Alrededor de la diez, alguien apagó las lámparas y las parejas se retiraron a dormir.

 

Carlos invitó a Carmen a dormir en su talego de campar en la orilla del lago. A pesar de la altura, la temperatura estaba agradable y se podía tolerar. Carmen aceptó gustosa y en medio de caricias, frases amorosas y risas dejaron el grupo y se dirigieron al lago.

 

Después de desnudarse, se metieron en el saco de dormir e iniciaron una lenta y minuciosa exploración de sus cuerpos jóvenes y hermosos, besándose apasionada y suavemente.  Finalmente empezaron a hacer el amor.

 

*   *  *  *  *

Un tiro se escuchó muy cerca del refugio. Sobresaltado Roberto se levantó rápido de la cama, se puso los pantalones y prendió una lámpara, llamó a sus compañeros, se vistieron y salieron a buscar a Carlos y Carmen. Caminaron por la orilla del lago, se distribuyeron por parejas y buscaron por secciones, cuidándose de no alejarse mucho del refugio. Después de dos horas se reunieron con resultados negativos. Nadie los encontraba.

 

Al día siguiente y bien de madrugada reanudaron la  búsqueda. Finalmente, al pie de la cascada y oculto por unos arbustos encontraron el saco de dormir y dentro de él, desnudos los cadáveres de Carlos y Carmen. Un agujero se destacaba en el saco de dormir. Un solo tiro a quemaropa había acabado con sus vidas cuando hacían el amor.

 

*   *  *  *  *

Lo que siguió fue una pesadilla, enviar mensajero a avisar al pueblo, la llegada del inspector de policía y sus agentes, las investigaciones y recolección de pruebas, las interrogaciones y el doloroso traslado de los cadáveres de dos jóvenes hermosos y llenos de vida, que se había evaporado por un disparo asesino. Bajando el páramo, Roberto pensaba en el guerrillero que los había seguido y le parecía imposible que él los hubiera matado. ¿Por qué? ¿Qué razón tenía para seleccionar dos personas de un grupo de catorce? Esa no era la manera de actuar de la guerrilla. Ellos atacaban y acababan con todo el mundo. Cometían un genocidio sin dárseles nada. Así de simple.

 

Al llegar a casa tomó un baño reparador, decidió olvidarse de sus sospechas y durmió profundamente.

 

*   *  *  *  *

Transcurrieron los días y poco a poco la tragedia de los amantes del páramo fue pasando a un segundo plano. El pueblo retornó a su rutina diaria para ser sacudido violentamente veinte días más tarde cuando encontraron a Joaquín ahorcado en su casa. No había ninguna nota explicativa y nadie supo por qué lo hizo.

 

En la noche del velorio, mirando el cadáver en el ataúd, Roberto pensaba en  la figura elusiva del guerrillero que le había parecido tan familiar cuando subían al páramo.

 

Cuando Marisoledad de la Milagrosa llegó a este mundo, el abuelo Martiniano la miró y dijo:

 

Parece una lombricita, qué pesar, yo no creo que ésta niñita vaya a vivir.

 

Sin embargo, el abuelo estaba equivocado. Marisol, como tuvieron que llamarla porque el nombre que le pusieron era demasiado largo y rimbombante, se levantó sana, linda y con la tendencia de hacer preguntas que causaban malestar a los adultos. -Qué por qué esto, qué por qué aquello, qué quién lo dijo, qué de dónde vienen, hasta que tenían que decirle que se callara, que no fuera tan cansona y que no jodiera tanto. Su padre era un hombre bueno y cariñoso, aunque autoritario y apegado a los pergaminos de la familia; una de las más antiguas y tradicionalistas del pueblo. Su madre era una mujer hermosa y soñadora que, desde la edad más temprana, llenó la mente y el corazón de la niña con las historias de los patriarcas de la biblia y las de los caballeros andantes que recorrían el mundo deshaciendo entuertos, impartiendo justicia, rescatando princesas y haciéndolas felices.

 

A los cuatro años tuvo la primera gran frustración de su vida cuando el hermanito mayor, que se llamaba Sebastián en honor de un santo que murió a flechazos, salió llorando del inodoro con el pipí en la mano a decirle a la mamáque esa cosa ya no servía para nada, porque apuntaba a la taza y el chorro le salía para un lado, a lo que ella le respondió que no se preocupara que ese era mal de todos los hombres. Cuando Marisol vio lo que su hermano tenía en la mano se levantó la falda y estiró el resorte de su pantaloncito y  mirándose le preguntó a la madre que por qué ella no tenía lo mismo y empezó a llorar pidiéndole que le comprara uno porque ella quería tener pipí como su hermanito. De nada valieron las explicaciones de que ella era una niña y que ellas  eran distintas a los niños. Durante dos semanas peleó y amenazó que no se tomaba la sopa hasta que no le comprara uno. Finalmente, la mamáperdió la paciencia y le dijo que si seguía molestando con lo del pipí  hablaba con el   papá para que le diera una pela. 

 

Y así transcurría la vida de Marisol con esas alegrías y tragedias que tienen todos los niños de su edad hasta que a los seis años llegó el día de su primera experiencia sexual. Habían ido de visita a la finca de su tío Ramón. Cuando jugaban a los buenos y los malos en el jardín, su primo Carlitos, que era uno de los bandidos,  la llevó presa a ella que era la heroína, a una cueva que formaban los arbustos y le dijo que para recobrar la libertad tenía que acostarse en el piso y mostrarle la cosa. Ella obediente y deseosa de recobrar la libertad para matar a todos los bandidos, se bajó los calzones y Carlitos, después de darle una escrutadora mirada, delicadamente se la cubrió con una rosa roja y le dijo que no entendía por qué sus papás hacían tanto escándalo cuando estaban en la cama. -que esa cosa era muy fea.

 

La segunda experiencia sexual ocurrió cuando estaba en quinto año de primaria y  estando en recreo, un compañero de clases le dijo que cerrara los ojos y ella de pura tonta lo había hecho y él abusivamente la había besado en la boca. Anduvo preocupada pensando que había quedado embarazada y que iba a ser mamá hasta que una amiga le dijo que uno era mamá por la parte de abajo y no porque la besaran. Le explicó en forma minuciosa y científica que las mujeres para tener hijos, tenían que casarse y luego el papá contagiaba a la mamá con unos animalitos como renacuajos, pero mucho más chiquitos que eran babosos y transparentes y que se llamaban protozoarios o algo parecido y que la mamá entonces se enfermaba y vomitaba y se le hinchaba la barriga; que luego, después de muchos días le decían que tenía que irse a quedar a la casa de una tía y cuando  regresaba ya tenía otro hermanito.

 

Llegó el tiempo de ir al colegio de bachillerato y cuando Marisol andaba por los trece años le ocurrió la gran tragedia. Llegó del colegio y se encerró en un closet. No valieron ni las súplicas ni las amenazas de la madre. A todo le que le decía le respondía que la dejara sola que quería morir en paz. Finalmente, después  de muchos ruegos salióy, abrazándosea su madre, le dijo llorando que creía que se iba a morir porque la sangre se le estaba saliendo del cuerpo por sus calzoncitos. Acariciándola la mamá le dijo que no se preocupara que todo eso era un proceso natural y que a partir de ese día ella ya no era una niña sino toda una mujer.     

Cómo voy a ser una mujer madre, si yo no tengo tetas grandes como tú, le replicó mirándose el pecho y volvió a llorar desconsoladamente.    

 

Cuando Marisol llegó a la pubertad, se convirtió en una mujer tan hermosa, que las otras chicas de su edad la trataban con un poco de recelo porque se sentían disminuidas y ofendidas en su amor propio, ya que su presencia las opacaba, pues ella era siempre el foco de atención de la gente.

 

Para los mozos del pueblo, la historia era diferente. Desde el mismo instante que la veían, sus almas se trastornaban y empezaban a sufrir delirios de amor y males de poetas. Todos desfilaban por el andén de la casa tarareando y silbando canciones de amores desesperados con la ilusión de llamar su atención y se asomara a la ventana. Otros más arriesgados, escribían  sus poemas que colocaban en mazos de flores que lanzaban a su balcón.

 

Y así, en medio de las ocurrencias de la vida, con su familia y grupo de amigos y amigas, transcurría la vida feliz de Marisol. A los diez y siete años su corazón no se conmovía por  ninguno de sus pretendientes. Fueron muchos los que le juraron amor eterno, otros le decían que si no les paraba bolas se suicidarían -aunque a la hora de la verdad ninguno lo hizo- y otros, al final, decidieron conseguirse otra novia porque Marisol era como el tesoro al final del arco iris: inalcanzable.

 

Un buen día, llegó al pueblo un extraño. Era un hombre joven cuyo origen nadie pudo averiguar. Su piel color de ébano, sus facciones de dios menor caído del Olimpo. Se llamaba Reinaldo y era buscador de tesoros perdidos, oro y otros metales nobles. En una casa, no muy lejana de la plaza principal, montó su oficina de cazatesoros y se dedicó a recorrer los alrededores tratando de arrancarle a la tierra sus bien guardados secretos.

 

Un día, al regresar Marisol del colegio, su madre le dijo que tenían un invitado a comer. Una persona estaba hablando con su padre en la oficina y comería con ellos al terminar la charla. Minutos más tarde, el padre le presentó a Reinaldo, y les explicó que le había concedido permiso para que hiciera exploraciones en las tierras que la familia poseía en las afueras del pueblo. Durante la cena, Marisol se sintió cautivada, no sólo por lo atractivo que era Reinaldo, si no por la manera fluida y agradable de conversar, dando indicaciones de poseer una cultura general bien por encima del común de la gente. Por otra parte, al mirarle sus ojos verdes de laguna encantada, sintió una sensación que nunca había experimentado y  un dulce dolor muy adentro de su corazón.

 

Cuando Reinaldo se despidió dos horas más tarde, el padre de Marisol comentó que estaba muy bien impresionado con ese joven con pinta de gitano que hasta un postgrado en geología tenía y que de pronto era tan de buenas que descubría oro en sus tierras. Para terminar dijo:

 

Es una lástima que sea negro.

 

Marisol sintió rabia y le replicó:

 

No sabía padre que tú eras uno de esos bastardos que discriminan por el color de la piel.

 

No le permito que me hable en esos términos señorita, ¡yo no soy racista! Lo que pasa es que usted debe darse cuenta que en este país existe un racismo velado. Por esa razón no hay obispos, ni congresistas, ni coroneles, ni presidentes negros. Cuando encuentra uno, si acaso lo encuentra, es simplemente la excepción que confirma la regla. Es por eso que dije que era una lástima que fuera negro. ¿Por qué cree que él anda de buscador de tesoros? Me contó queno encuentra trabajo en ninguna parte como geólogo. Nadie lo contrata, a pesar de lo bien preparado que está.

 

Esa noche Marisol soñó con el mancebo de los ojos verdes que la libraba de las acechanzas de los hombres malos que querían secuestrarla y llevarla al castillo del ogro para que la violara. En su sueño él, vestido de árabe, después de matar a todos con su espada, la rescataba y montándola en su blanco corcel, la llevaba a vivir a su palacio que quedaba arriba en la montaña, donde vivirían para siempre felices.

 

El sábado siguiente, temprano en la mañana, Marisol vio pasar a Reinaldo por la calle rumbo a las afueras a buscar sus tesoros. Lo siguió a la distancia y vio cuando se internó en las cuevas formadas por el río  que cruzaba el pueblo. Algunas ranuras en las rocas de la bóveda, dejaban entrar rayos de sol que formaban una cortina de luz y creaban un  ambiente de claroscuros que permitían distinguir las formas y figuras en la cueva. Sigilosamente, Marisol entró y se sentó en un promontorio que la dejaba oculta pero que le permitía ver claramente lo que Reinaldo hacía. Él  golpeaba las rocas con su piqueta desprendiendo lajas que examinaba con una linterna y una lupa. Descartaba la mayoría y, de vez en cuando, guardaba una en la mochila que cargaba.

 

Hacia media mañana, Reinaldo caminó unos pocos metros hasta la orilla de uno de los pozos del río, se desnudó y entró en las aguas cristalinas. Con sus dos manos se mojó el pelo y luego se deslizó en el agua. Los claroscuros dibujaban las líneas de un hermoso y poderoso cuerpo. Marisol se sintió confundida y avergonzada porque sabía que estaba violando la privacidad de un ser humano, sin embargo, se sintió clavada en el sitio en que estaba. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo y no podía quitar su mirada porque se encontraba como en una especie de trance, presenciando un rito íntimo acentuado por las luces y sombras de la cueva que le daban un aire místico y surrealista a la escena. Marisol caminó lentamente hacia atrás buscando la salida de la cueva. Conocía desde niña todos los recovecos de esa área y, como en estado hipnótico, se dirigió al sitio donde el río entraba a la cueva y, despojándose de la ropa, se sumergió en las aguas dejándose llevar por la corriente hasta donde estaba Reinaldo. Fue un momento mágico cuando los dos cuerpos se encontraron y se entregaron mutuamente en comunión y ofrenda de amor sin pronunciar una sola palabra.

 

Esa noche, Marisol no pudo dormir tranquila. En su mente se dibujaba una y otra vez la silueta  de ese  hombre desnudo que se le aproximaba, la acariciaba y le hablaba de amor. Dando vueltas en la cama trataba inútilmente de borrarla, pero la figura en blanco y negro volvía a aparecer susurrándole al oído que la amaba, que la amaba, que la amaba.

 

Desde ese momento, Marisol entró en estado de ensoñación y sólo deseaba volver a encontrarse con Reinaldo. A duras penas comía y pasaba las mayoría de las horas encerrada en su alcoba espiando por la ventana, esperando ver a su amor dirigirse hacia las cuevas. Tan pronto él pasaba por la calle, ella lo seguía procurando que nadie la viera. De esta manera los amantes del río pasaban el día buscando tesoros inexistentes y haciendo el amor en las aguas cristalinas.      

 

La tormenta estalló el día que su padre fue informado por el director del colegio que su hija llevaba dos semanas sin asistir a clases. Furioso llegó a la casa y llamó a Marisol para que le explicara qué estaba pasando. Incapaz de mentir, ella con su manera clara y directa de decir las cosas le contó a su padre que desde días atrás, pasaba el tiempo acompañando a Reinaldo en sus exploraciones y que además eran amantes y que nadie iba a impedir que se quisieran porque  tenían el propósito de casarse.

 

¡Esto era lo que nos faltaba! Que usted enlodara nuestro apellido. Arregle sus ropas y sus cosas que nos vamos para la capital mañana mismo. Voy a internarla en un colegio de monjas y olvídese de ese tipo. ¿Qué clase de vida le puede dar una persona que no tiene trabajo y se dedica a soñar con encontrar tesoros? Mi decisión es irreversible, así que empiece a empacar.

 

De nada valieron las protestas y los lloros, el padre se mantuvo firme y aunque no lo dijo, por temor a que lo volviera a llamar racista, dio a entender que no quería saber de Reinaldo por el resto de su vida.

 

Esa noche a la madrugada Marisol se escapó de la casa por la ventana del balcón, buscó a Reinaldo  y, en su compañía se dirigieron a las cuevas. Alrededor de las once de la mañana, el pueblo fue conmocionado con la noticia de que los cuerpos de los dos amantes, adornados con guirnaldas de flores en las cabezas, habían bajado por el río rumbo al cercano mar a vivir su amor en una cueva submarina formada por corales y tapizada de caracolas y madreperlas.

 

 

 

A media mañana del viernes, estalló el alborotó con la llegada de los gitanos. Hacía muchos años que no venían a este pueblo lejano y olvidado. Cuando el barco recaló en el puerto, una caravana larga de carretas multicolores descendió y atravesó la población para sentar sus reales en los potreros de don Venicio Sotomayor quien había sido contactado previamente.

 

El desfile estaba encabezado por una carreta con cuatro hombres que lucían pañoletas rojas en la cabeza, rasgando las cuerdas de guitarras y violines, acompañados por un apuesto joven que tocaba un tamboril, entonando la pintoresca música tradicional de los gitanos, seguido por seis niñas que cantaban y bailaban al son de sus panderetas. Seguían ocho carretas con adornos multicolores, pailas de cobre, alambiques, y toda la parafernalia propia de los gitanos. En la segunda venían al pescante Baudelino el rey de la tribu, quien vestía pantalón rojo, chaleco azul lleno de lentejuelas que dejaban sus brazos musculosos y su pecho descubiertos como para que todo el mundo admirara sus tatuajes, acompañado por  su mujer, Paulina. Ella se distinguía ampliamente de sus compañeras de la tribu porque rebasaba ampliamente cualquier descripción de lo que es una mujer grande y abundante de carnes y su esposo, a pesar de ser un hombre alto y fornido, se veía insignificante al lado de ella.  Cuando cruzaban la plaza, la voz inconfundible de Agustina Mejía paró de un sopetón el desfile.

 

— ¡Mujeres de Arbolete, mejor abran bien los ojos porque los maridos y cosas tienden a desaparecer misteriosamente cuando los gitanos y sus concubinas, que son unas perdidas, nos visitan!

 

Paulina la inmensa, parándose en la carreta para hacerse más grande, le contestó:

 

— ¡Cállate mujer y deja quieta esa lengua viperina, que nosotros los gitanos somos gente de bien y no le hacemos daño a nadie! Déjanos acomodar tranquilos y tendrás la oportunidad de ver por tus propios ojos los últimos adelantos de la tecnología y la ciencia. A eso hemos venido, a beneficiar este pueblo abandonado por Dios y sus gobernantes.

 

— ¡Ustedes los gitanos nacieron para ser vagos, ladrones y estafadores! - le gritó Agustina.

 

—Acuérdate mujer que dios no castiga ni con palo ni con rejo, sino en el propio pellejo ¡Mejor te entras antes de que se derrumbe ese balcón con tu peso! - replicó Paulina.

 

No había acabado de pronunciar esas palabras, cuando, con un estruendo ensordecedor el balcón se desplomó y Agustina cayó encima de un grupo de personas que presenciaban la llegada de los gitanos y que, para su fortuna, amortiguaron la caída. Lastimada más en su amor propio que en su cuerpo, Agustina se sacudió el polvo, le gritó a la gitana: “gorda mal nacida” luego entró a la casa cojeando y sobándose la cintura, dejando en el andén dos descalabrados y seis contusos.

 

Entre risas, silbidos y aplausos de la concurrencia continuó el alegre desfile. Los gitanos siguieron su marcha hacia los predios designados para armar el campamento.

 

Más tarde, cuando Juvenal, el nieto de Agustina, que había presenciado lo ocurrido entró en la casa, encontró a su abuela encamada. Cleotilde, su fiel sirvienta, le aplicaba compresas de hierbas y árnica, mientras le daba masajes a su adolorido cuerpo.

 

—Lo que no entiendo abuela, es por qué tú, sin motivo alguno insultaste a los gitanos. Me parece que no había razón alguna para decirles esas cosas.

 

— Ay hijo, tú eres muy joven y no sabes qué tan mañosos y corrompidos son los gitanos. Ese balcón se cayó no porque estuviera viejo sino porque esa gorda me lanzó un maleficio. Y es hora de que sepas que las desgracias de esta casa se las debemos a los gitanos. Tu madre murió cuando naciste, pero lo que la mató fue el amor. Mi hijo la abandonó cuando tenía tres meses de embarazo por irse detrás de una gitana que lo embrujó y mi nuera, que lo amaba profundamente, entró en un estado de melancolía y mal de amor del cual no se pudo recuperar. Es por eso que yo tuve que criarte a ti. Así es que no me hagas reclamos ni me llames injusta.

 

Desde el pueblo se escuchaba la música y la bullaranga de los gitanos. Habían llegado a los terrenos alquilados y formado un amplio círculo con las carretas, en el centro armaron el campamento con vistosas carpas. Poco a poco toda la gente menuda del pueblo y algunos adultos empezaron a llegar a curiosear y se sentían fascinados de oírlos hablar en una jerigonza que ninguno entendía. Cuando la tarde moría y el sol se ocultaba detrás de las montañas, prendieron varias fogatas que creaban un hermoso ambiente, mientras las guitarras, violines y tamboriles llenaban el aire de canciones gitanas milenarias transmitidas de generación a generación desde su éxodo de la India.

 

Después de la hora de la comida, atraídos por la música que se escuchaba en todo el pueblo, todos los habitantes se acercaron a noveleriar los gitanos. Entre los curiosos se encontraba Juvenal, era un hombre de veintidós años, buen mozo y de mirada ensoñadora como la del padre que nunca había conocido.

 

Cuando los músicos empezaron a tocar una melodía nacida cientos de años atrás en las cuevas moras de España, empezó a escucharse en alguna parte una voz de tonos lastimeros cantando en un idioma desconocido. Mientras las notas danzaban en espirales sobre las fogatas, la figura de una hermosa joven gitana fue emergiendo de la oscuridad, hasta llegar al centro del campamento e iluminada por las llamas inició una danza sensual y voluptuosa acompañada por una hermosa voz de soprano. Como bajo hipnosis, gitanos y curiosos, guardaron un silencio reverencial mientras presenciaban algo que parecía más un sueño que una realidad. Bañada por las luces y sombras que producían las fogatas, con un rostro hermoso y un cuerpo armonioso que movía sinuosamente al ritmo de la música, la gitana dejaba salir de su garganta sonidos que hablaban de la nostalgia y el amor a la tierra de sus antepasados.  De la misma manera como había llegado, lentamente, aun cantando y danzando, se fue retirando hasta que desapareció al terminar la canción.

 

Juvenal sintió algo nuevo; como si su cuerpo fuese invadido por una extraña sensación que no podía definir; un nudo en la garganta, un deseo de llorar y de reír al mismo tiempo y un dolor profundo en su corazón. Sin poder dar crédito a lo que había presenciado, corrió detrás de la gitana, para ser detenido bruscamente por Baudelino, quien, agarrándole del brazo, le dijo:

 

— ¡Cuidado jovencito, ella es mi nieta y es fruta prohibida para quienes no llevan nuestra sangre! Devuélvete por el mismo camino por donde viniste. Si quieres ver nuevamente a la Minela, regresa mañana a la misma hora, pero te advierto, desde lejos.

 

Esa noche, Juvenal no pudo dormir. La imagen de la gitanilla lo acompañó toda la noche, cantando y danzando sólo para él. La veía moverse al ritmo de las llamas de una fogata que la envolvían y le parecía que ella salía como una extensión del fuego, acariciándolo con sus manos, mientras en su canto le decía suavemente en sus oídos: soy tuya, soy tuya. Finalmente, trastornado por el mal de amor, se levantó a la madrugada a caminar a la orilla del mar hasta que el sueño lo venció y se quedó dormido en una canoa que encontró varada en la playa acompañado por la imagen sonriente y amorosa de la gitana.

 

*  *  *

Al otro día, desde muy temprano, las gitanas recorrieron el pueblo adivinando la suerte y vendiendo abalorios y baratijas a los curiosos. A media mañana el pueblo fue sorprendido con un inmenso globo de colores deslumbrantes que se elevó, llevando en su canastilla un grupo de niños del pueblo que felices saludaban a sus padres desde las alturas. Poco a poco se perdió en la distancia y cuando los padres preocupados pensaban que eran artimañas para robarse a los muchachitos y que los habían perdido para siempre, el globo retornó y se posó suavemente en el centro del campamento. A partir de ese momento, todos los habitantes del pueblo hicieron una cola larga, para pagar cinco pesos y disfrutar de algo que jamás habían experimentado en su vida y les parecía imposible que el ser humano pudiera hacer: volar. De esta manera todos tuvieron la oportunidad de ver desde cien metros de altura todos los alrededores de Arboletes. Desde el globo podían divisar todas las casas, el parque, las tierras de los alrededores y a la distancia las montañas azules del gran nevado y la inmensidad del océano. Fue tal la emoción de los pobladores que los que terminaban el vuelo, inmediatamente volvían a hacer la cola para volver a ver el pueblo desde el espacio, sin importarles gastarse la plata en aventuras aéreas así se quedasen sin dinero para la comida del día siguiente.

 

*  *  *

 

Cuando Juvenal empezó a despertar, se sintió meciéndose y al abrir los ojos vio que estaba bien adentro en el mar. La marea se había llevado el bote. Por el sol supo que eran las horas de la tarde. Para su desconsuelo, el bote iba a la deriva y no tenía remos. Nacido en un pueblo costero, supo que era inútil gastar sus fuerzas luchando contra el mar y que, al no divisar la costa, era un riesgo muy grande tratar de nadar. Se acostó nuevamente y dejó que las corrientes marinas se lo llevaran para alguna parte. El hambre y la sed lo acosaron, pero sabía muy bien que no podía tomar agua salada. Para mitigar las necesidades del cuerpo, decidió sumergirse nuevamente en el encantamiento de pensar en la gitana y poco a poco entró en estado de sopor y perdió conciencia de la realidad.

 

Un constante golpear del bote contra un tronco despertó nuevamente a Juvenal, no sabía si habían transcurrido horas o días. Sentándose en el bote, solo supo que era de noche por la oscuridad y que estaba en medio de los manglares en algún sitio de la costa. Asiéndose de las ramas caminó por los lodazales de la marisma buscando tierra firme. Las ramas y los horcones de los mangles lo lastimaban y le cortaban la piel de los brazos y piernas. En el barro pútrido perdió los zapatos y finalmente completamente agotado encontró tierra seca. Se tiró al suelo a dormir y nuevamente soñó con la gitanilla que se había apoderado de su alma.

 

Al amanecer, trató de orientarse sin ningún resultado y decidió caminar bordeando el mar hacia lo que creía era el occidente. Cruzó marismas, bosques y pedregales tratando de llegar a algún sitio habitado. Lo hizo así por muchos días retrocediendo a los tiempos ancestrales de sus antepasados, alimentándose de hierbas y las escasas frutas salvajes que encontraba en el camino. El único faro que lo guiaba por esas soledades era la imagen de Mínela la gitana, que le decía que no desfalleciera que ella lo estaba esperando. Poco a poco su cuerpo se fue debilitando y entró en estado de delirio hasta que finalmente se desplomó cuando cruzaba unas salinas a la orilla del mar. Quedó tendido en un charco, mirando el cielo y antes de que la imagen de Mínela se diluyera en su conciencia, vio aparecer en el cielo un grupo de ángeles que desde una canastilla dorada le decían adiós.

      

*  *  *

 

Cuando Juvenal abrió los ojos, después de varios días, vio el rostro hermoso de Minela inclinándose hacia él, limpiándole las heridas, al fondo el rostro cobrizo y sonriente de Baudelino y más atrás, sentada en una poltrona Paulina la inmensa con cara de consternación por el estado lastimoso en que se encontraba el joven rescatado de la muerte.

 

—No te muevas, déjate que te limpien las heridas que están muy infectadas. –Le dijo Baudelino en tono amistoso, y continuó:

 

—Es la segunda vez que nos encontramos. La primera fue en Arboletes hace mes y medio, cuando viste cantar a Minela. Luego te desapareciste hasta la semana pasada que por un golpe de suerte te encontramos moribundo en los desiertos de la guajira. Perdimos el camino a Uribia y por pura casualidad elevé el globo para buscar la ruta y así te encontramos. ¿Quién eres?

 

Juvenal le dijo como se llamaba y le contó como se había encontrado a la deriva en el bote y luego los muchos días que caminó perdido por los montes y llanos costeros tratando de encontrar el camino de regreso a su pueblo. Guardó silencio en relación al embrujo que Minela había producido en él.

 

Con el paso de los días, el joven se recuperó y cuando estuvo en mejores condiciones físicas pudo recorrer el campamento y los alrededores acompañado por Minela que se había convertido en su ángel de la guarda y enfermera. Sentirla y estar a su lado era la mayor felicidad de Juvenal. No solo era una chica que acababa de abrirse como una hermosa rosa a la pubertad, sino que era inteligente, vivaz y bondadosa. Aunque habían parado en descampado ante el insólito rescate de Juvenal, por las noches, acompañada por los músicos a la luz de las fogatas, la gitanilla cantaba canciones que llegaban hasta lo más profundo del corazón del joven enamorado.

 

Una tarde, Baudelino invitó a los dos jóvenes a volar en el globo por los alrededores y se sorprendió enormemente de ver que Juvenal después de una hora de vuelo le había pedido que lo dejara manejar el aparato y con solo haberlo mirado a él, se había convertido en un experto en las difíciles artes aeronáuticas que a él le había tomado meses aprender. Esta insólita proeza le ganó la admiración de toda la tribu a quién Baudelino no se cansó de contarles de las alturas y distancias que habían recorrido en el globo bajo la intrépida dirección del joven piloto.

 

Durante los siguientes días, Juvenal y Minela se volvieron inseparables. A ella le gustaba estar con él, le fascinaban las historias que le contaba y sobre todo la forma amorosa como la miraba. Empezó a notar la diferencia entre un hombre bien educado, amable y cariñoso, completamente opuesto a la ordinariez y vulgaridad de sus hermanos de tribu. Poco a poco las arañas del amor empezaron a tejer los hilos invisibles de sus redes y sentimientos y afectos especiales empezaron a nacer en sus corazones, que se fueron intensificando con el paso de los días. Una tarde cuando estaban a la orilla de un riachuelo, se besaron por primera vez. Desde la distancia Baudelino los observaba y en su rostro se reflejó la preocupación.

 

A la hora de la cena, Baudelino anunció a la tribu de que al día siguiente levantarían campamento y continuarían la jornada hacia Uribia. Después de la comida, se dirigió a Juvenal y llevándoselo aparte le dijo:

 

—En el primer cruce de caminos que encontremos mañana, usted se devuelve para su pueblo. Ya está bien de salud y es hora de que retorne a su hogar.

 

—Por favor, déjeme seguir con ustedes, yo no quiero regresar al pueblo. Quiero volverme gitano, estoy dispuesto a hacer cualquier oficio; manejar el globo o las carretas, cuidar de los caballos, lo que sea, pero no me pida que me vaya.

 

—Se olvida de una cosa jovencito, uno nace gitano, no se hace. Es algo que llevamos en la sangre y por otra parte, no quiero verlo todo el día al lado de Minela. Eso no le conviene a ella porque está destinada a ser la mujer de un gitano. Su matrimonio fue arreglado hace varios meses de acuerdo a nuestras leyes. Así es que lo mejor que usted puede hacer es irse y no interferir en nuestra forma de vida.

 

—En eso se equivoca Baudelino. Según entiendo, mi padre se unió a una tribu gitana hace muchos años. ¿Por qué no puedo hacerlo yo? Además, si no lo sabe, Minela y yo nos amamos y yo deseo vivir con ustedes. ¿Sabe ella que usted arregló su matrimonio? ¿Conoce a su prometido? –preguntó Juvenal.

 

— ¡Ella no necesita saber nada! Nosotros los mayores sabemos que es lo que más le conviene. Vamos a darle una buena dote y en el momento de su boda conocerá a su marido.

 

—Lo que usted me está diciendo es que ustedes los gitanos negocian las hijas como si fueran mercancía. –Respondió Juvenal con rabia. – Ahora usted le da una dote y después recibe el pago. ¿No se da cuenta en qué tiempos vivimos? Es ella como ser humano quien tiene que decidir su propia vida.

 

— ¡No le permito que me hable así! Usted jamás podrá entender nuestra forma de vida. ¡No tenemos nada más que hablar! Yo soy el que tomo las decisiones en esta tribu y deseo que se vaya porque usted no tiene nada que ofrecerle a mi nieta.

 

*  *  *

 

Esa noche Juvenal esperó que todos se recogieran a descansar. Deslizándose bajo la carpa de la abuela, se aseguró que todos estuvieran dormidos, luego arrastrándose en los codos se aproximó a Minela y cubriéndole la boca con sus manos, muy suavemente llamó su nombre hasta que la despertó. En susurros le dijo que necesitaba hablarle y la hizo seguirlo. Le contó lo que había hablado con Baudelino y le preguntó si ella sabía de su compromiso matrimonial.

 

—Claro que lo sé. Así se ha hecho por tradición entre los gitanos. Si estamos de suerte nos toca un buen marido, si no, mala suerte. Es algo que no podemos cambiar así no nos guste.

 

— ¿Y yo? ¿No cuento para nada?

 

—La verdad es que te quiero mucho, me gusta estar a tu lado, pero no sé si me atrevería a desafiar a mi abuelo. Las tradiciones gitanas pesan mucho y nos exigen sacrificios.

 

— ¿Y qué tal si huimos? ¿Serías capaz de seguirme? Mira allá en la mitad del campamento, el globo ¿Te atreverías a venir conmigo?

 

—No lo sé, tengo miedo por ti. No sé cómo reaccionarían mis abuelos. Aunque son muy buenos conmigo, podrían hacerte daño. No te olvides que mis hermanos de tribu obedecen ciegamente las órdenes que el rey les dé.

 

—Deja el miedo, camina vámonos, es la única oportunidad. En caso contrario, mañana nos tendremos que separar forzosamente. Baudelino fue enfático en decirme que tenía que irme.

 

Tomándola de la mano, Juvenal se la llevó hacia el globo y prendió los quemadores de gas.

 

En mitad de su sueño, Baudelino escuchó el siseo y le tomó unos minutos mientras salía del aletargamiento, darse cuenta que algo estaba ocurriendo con el globo. Cuando se asomó a la entrada de la carpa, sólo vio las llamas mientras el globo se elevaba y se perdía en la distancia. A los gritos de Baudelino toda la tribu se despertó y después de unos minutos, se dieron cuenta de que la gitanilla y Juvenal se habían fugado.

 

*  *  *

Guiándose por las estrellas, Juvenal dirigió el globo hacia el oriente y después de cuatro días de navegar a lo largo de la costa, reconoció los alrededores de Arboletes. Era media tarde cuando ante el asombro del pueblo los dos jóvenes aterrizaron en la mitad del parque y se dirigieron a la casa de Agustina.

 

Al ver llegar a su nieto con la gitana, Agustina exclamó:

 

— ¡Hijo, yo creía que te habías muerto! Y fíjate, me llegas hasta con mujer ¡Esto era lo que nos faltaba! Y si no me equivoco, por la pinta que tiene esa flacuchentita, es gitana. ¡Definitivamente los hombres de esta casa son todos locos de remate! Yo no sé qué pecado cometí para que esta gente me persiga. Y usted hija, no se quede ahí parada como si fuera boba, camine yo le doy un buen baño que eso es lo que necesita y luego se acuesta a descansar.

 

*  *  *

 

Dos meses más tarde un forastero joven con una pañoleta roja en la cabeza, gruesas pulseras de oro en sus muñecas y arete en una oreja, llegó en un barco al pueblo. Eran las dos de la tarde y el sol azotaba con toda intensidad las calles de Arboletes. Los habitantes del pueblo dormían la siesta en las hamacas colgadas en los árboles de los patios, refugiándose del calor bajo las sombras.

 

El forastero caminó bajo la resolana hasta el café localizado al frente de la plaza principal. Entró y pidió una cerveza fría. Al atender su pedido y servirle, Metodio el cantinero, lo miró detenidamente y al regresar al mostrador le susurró a Luduvina su mujer:

 

—Me parece que ese mozalbete ha llegado a este pueblo a crear problemas, por su pinta es fácil saber que es gitano y tengo el presentimiento de que viene a reclamar la novia de Juvenal.

 

—Ojalá estés equivocado –le respondió la mujer.

 

Unos minutos más tarde el forastero pidió otra cerveza, y al atender su pedido, Metodio le preguntó:

 

— ¿Qué lo trae por estas tierras forastero?

 

—Eso es asunto mío –respondió secamente. Y a continuación le preguntó al cantinero:

 

— ¿Conoce usted a una gitanilla de nombre Minela que está viviendo en este pueblo?

 

—Sí, vive un poquito más abajo en la casa de Agustina. No tiene pérdida porque es la casa de puertas verdes. Llegó hace poco tiempo con su novio y parece que se casan pronto. ¿Tiene usted algo que ver con ella?

 

—No creo que eso le interese a usted –volvió a responder.

 

Pagó la cuenta y salió del café, dirigiéndose bajo el sol canicular hacia la casa de puertas verdes. Desde la puerta, Metodio y su mujer le siguieron con las miradas, mientras rostros intrigados aparecían en las ventanas de las casas circundantes.

 

*  *  *

 

Juvenal fue despertado de la siesta por tres golpes secos de la aldaba. Aun medio dormido abrió la puerta y se encontró con un gitano quien le dijo en tono seco:

 

—Sé que Minela vive en esta casa, vengo por ella y no quiero problemas.

 

— ¿Y quién es usted y con qué autoridad viene a llevársela?

 

—Me llamo Martín de los Hierros y soy su prometido. Mi padre arregló nuestro matrimonio con su abuelo Baudelino hace varios meses.

 

Viendo que la gente del pueblo empezaba a arremolinarse a su alrededor, Juvenal le dijo al visitante que entrara y cerrando la puerta lo llevó a la sala ofreciéndole un asiento. Sentándose, Martín continuó:

 

—Como le dije, vengo de buenas maneras, espero que usted entienda que vengo a reclamar a Minela porque ella me fue prometida en matrimonio de acuerdo a las leyes gitanas. Baudelino nos informó de la manera como usted la secuestró y por eso he venido, a reclamar lo que me pertenece.

 

—Por la manera como lo dice, usted la trata a ella como si fuera un objeto, algo que se vende y se compra.

 

—Puede interpretarlo de la manera que le dé la gana. Usted no conoce las tradiciones gitanas. Para nosotros ellas tienen el mismo valor que tienen para ustedes las leyes. Así ha sido por cientos de años y nadie va a cambiarnos ahora. Por otra parte, hay cosas que usted no conoce acerca de Minela.

 

—Creo que usted está equivocado, lo único que yo puedo asegurarle es que ella y yo nos amamos y vamos a casarnos muy pronto. Soy un hombre de bien, y aunque ella vive en nuestra casa, la he respetado y de ello da garantía mi abuela. Ellas no demoran en regresar y es mejor que las esperemos para que sea la misma Minela quien le confirme lo que yo le he dicho y a la vez le indique como debe regresarse porque ella se queda aquí.

 

Por unos minutos los dos jóvenes se miraron de cabeza a los pies, sin animosidad, luego Juvenal trajo un par de cervezas frías y mientras las bebían continuaron examinándose, como si midiesen sus fuerzas. Se trataba de un desafío entre dos rivales que iba a ser resuelto por la decisión que tomara la gitanilla. Media hora más tarde ellas entraron a la casa extrañadas del grupo de personas que se habían reunido en la puerta. Se sorprendieron de ver al visitante. Juvenal les explicó de manera breve cual era la razón por la cual ese desconocido estaba en la sala conversando con él. Después de dar dos vueltas en torno al visitante, mirándolo detenidamente, Minela le dijo:

 

—Entiendo las razones para venir en mi búsqueda, sin embargo, ha de saber que yo estoy aquí por mi propia voluntad. Amo a Juvenal y pensamos casarnos muy pronto. Usted para mí, es un completo desconocido. Conozco muy bien las tradiciones gitanas, pero también sé que los seres humanos tenemos la libertad de escoger nuestro futuro. Lamento profundamente si lo lastimo con mis palabras y confío que usted entienda que vivimos en otra época y que somos nosotros y sólo nosotros quienes decidimos que hacer de acuerdo a nuestra forma de pensar y nuestros sentimientos. Por lo tanto, le pido que regrese a su tribu y nos deje en paz.

 

Guardando silencio por unos minutos, el gitano se puso de pie, caminó lentamente por la sala pensando en las palabras de Minela  y finalmente le dijo:

 

—Sí, usted tiene toda la razón, entiendo perfectamente que se aman y me piden que renuncie al compromiso que hicieron nuestros mayores y yo lo haré gustoso. Estoy de acuerdo que los tiempos han cambiado, esa costumbre gitana de obligarnos a casarnos con la persona que nuestros mayores escogen, tampoco cuenta para mí. Esta tarde me regreso en el mismo barco en el que llegué. Sin embargo, antes de irme quiero decirles algo que ustedes no saben. Señalando a la chica, dijo lentamente:

 

—La madre suya se llamaba Minela como usted y su padre se llamaba Juvenal Mejía como su novio. Si ustedes no me creen, vayan a ver a su abuelo Baudelino que los espera en Uribia. Él les contará en detalle sobre los desgraciados amores de una gitana que renegó de la tribu y se fugó con un amante. Dos años más tarde fueron asesinados por un gitano que nunca perdonó haber sido traicionado por la mujer que le había sido prometida en matrimonio.

 

Sin decir más, Martín salió de la casa, se abrió paso entre los curiosos y caminó bajo el sol abrasador por la calle principal de Arboletes, rumbo al embarcadero.

 

 

Latest comments

18.05 | 08:58

Bárbara, lamentablemente no pude leer su comentario porque está incompleto. Gracias, Humberto.

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18.05 | 01:17

Mi nombre es Barbara y me baso en Noruega. Mi vida está de vuelta! Después de un año de matrimonio roto, mi marido me dejó con dos hijos. Sentí que mi vida esta

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26.03 | 08:54

Felicitaciones Humberto por esta pagina donde nos pones en contacto con tu personalidad y encontramos un momento de esparcimiento y paz al leer tus escritos.

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05.09 | 05:21

Un saludo literario, cargado de todo el afecto y admiración que se merece mi primo. Soy tu seguidora y te leo con ahínco, y prisa, soy adicta y tu fans

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